Categoría: Cuento
24 Abril 2012
Percibía mi cuerpo rígido. Ello y el ligero hormigueo de pies a cabeza me incomodaba. Tanto, que todo junto consiguió al fin hacerme despertar.
Quizá fue esa incomodidad, inconsciente y a duermevela, la que me hizo creer que no estaba donde debía. Por eso, y porque tampoco sabía muy bien a qué obedecía aquel hormigueo, no moví ni un músculo más de los necesarios para abrir los párpados.
Despacio y entornados al principio, pero no... No era posible... Por un momento, creí hallarme aun en el país de Oniros. En ese sopor entre neblinas en que empiezas a tomar conciencia de dónde te encuentras... No sé por qué, quizá por esa molestia de la que antes hablaba, tenía la impresión de que no estaba en mi cama. Por eso y por la incredulidad de lo que en un principio estaba viendo, abrí del todo los ojos. Al mismo tiempo, como impulsado por un resorte, el ser diminuto que se hallaba sentado en mi nariz dio un brinco de saltimbanqui hacia atrás.
Tras unos parpadeos reflejos, pude enfocar la vista, para encarar un par de minúsculos ojos negros que me miraban. Abiertos como platos y tan sorprendidos como los míos... ¿Quién demonios eres?... la pregunta se formuló en mi cerebro. Pretendía discurrir por mi garganta y convertirse en sonido en mis labios. Pero no llego a salir de ellos, sencillamente porque chocaba contra algo que me lo impedía.
Después del sobresalto inicial, comprendí que aquel ser, tenía un semblante demasiado cómico y divertido como para representar ningún peligro. Iba vestido como un diminuto juglar, pero el gorrito y los botines rojos le daban un aspecto divertido y juguetón. El curioso personajillo también debió pensar que yo no representaba ningún peligro para él, a juzgar por la pose distendida que adoptó; dio unos pasos desde mi labio superior, y se sentó en una aleta nasal. Puso un brazo descansando en el puente, allá en la punta de mi nariz y me observó, entre curioso y divertido....
Tardé en moverme, reconozco que en parte fue para que no se cayera al incorporarme... más tarde descubrí, que no hubiese podido incorporarme aunque quisiera... una resistente enredadera me envolvía. Desde mis extremidades, pasando por la cintura, manteniéndome ligada a la cama.
Sólo podía ver, lo que mis ojos abarcaban desde mi posición estirada. No pude evitar pensar en Gullivert y Líliput.
Sí, estaba en mi cama, pero algo extraño pasaba. Un breve pero intenso dolor en el dedo gordo de mi pie derecho, me hizo emitir un involuntario quejido. Levanté la cabeza todo lo que pude y vi como un pequeño dragón alado, libraba una batalla contra un diminuto caballero que se protegía tras un reluciente escudo. El dolor lo motivó la lengua de fuego que el pobre dragón soltó al ser alcanzado de pleno por la espada del caballero. De la herida, en lugar de sangre, brotó un frondoso rosal de rosas rojas. De él, el caballero cortó la más hermosa para ofrecerla a la bella dama, tan diminuta como él, que buscaba protección tras una de las hojas de la enredadera que me mantenía inmóvil.
Miré incrédula al hombrecillo sentado en mi nariz. Mi expresión debió parecerle cómica, pues reía divertido y con su mirada me instaba a dirigir mi visión hacia mi rodilla izquierda... Seguí su indicación, justo en el momento en que un pequeño caballo alado se posaba en ella. Diminutos personajes, como el que se había acomodado en mi nariz, caminaban hacia él, para acariciarle y ofrecerle alguna manzana. Manjar que el blanco equino, devoraba agradeciendo con leves inclinaciones de cabeza y ligeros golpecitos de pezuña en el suelo... claro, suelo que era mi rodilla, y los golpecitos, yo los percibía como aguijonazos, más molestos que dolorosos.
Volví a intentar hablar, pero sólo sonó como una especie de zumbido. El hombrecillo de la nariz se incorporó, y fue a retirar la mordaza que me impedía hacerlo. Luego me dijo que, la habían puesto más por precaución de no caer dentro de mi boca, que por temor a que yo pudiese hacerles algún mal... ¡Jolin!... no sé quien era, pero él parecía conocerme bien...
-¿Quién eres?... ¿Por qué estoy atada?... ¿Qué es todo esto?
-Calma, calma... las preguntas de una en una. ¿Nadie te ha enseñado que acosar a preguntas es de mala educación?
Le miré, entre sorprendida y molesta, por esa última observación... Quién se había creído que era, para hablarme así... Pasé por alto el tema y volví a preguntar. Esta vez más despacio y en orden:
-¿Quién eres?
-Eso está mejor... Piensa un poco, me conoces más de lo que crees...
Pues, estábamos bien... si todas las respuestas iban a ser igual. No obstante, seguí preguntando, pero antes me detuve a mirar cómo, en mi costado izquierdo, unas ninfas se bañaban en el lago que formaba una cascada que brotaba no sé de donde. Por si esto pudiera parecer poco, además había un par de unicornios bebiendo plácidamente en la orilla.
-¿Por qué estoy atada?- pregunté maravillada aún por lo que estaba viendo.
-Tú sabrás, nosotros no hemos sido
-No entiendo nada, y con tus respuestas esquivas aún voy a entender menos.
-Usa la cabeza. Para eso la tienes
Empezaba a cargarme aquel insolente. Se dio cuenta, supongo que sería por los resoplidos que salían de mi nariz, a juzgar por las palmaditas que me dio en ella, y las palabras que le acompañaron.
-No te incomodes, impaciente. Es que soy así. Piensa, piensa y comprenderás.
-Pero... ¿Qué es todo esto? No comprendo. No puede ser real
-Vas por buen camino... ¡Chica lista!... Piensa un poco más y lo encontrarás
Volví a mirar, desde mi posición, lo que la vista abarcaba. Mi cuerpo, como ya he dicho, estaba envuelto de enredaderas. Por él se paseaban diminutos seres en todas direcciones. Discurrían ríos, por valles y montañas. Eché un vistazo al entorno, y en la habitación pude ver que había más hombrecillos como él, pululando por todas partes; el cabezal de la cama, la lámpara de la mesilla, el alfeizar de la ventana. Pero donde su presencia se volvía numerosa, era en la estantería de los libros. Subían y bajaban a su antojo...
La situación me inquietaba, pero la curiosidad era mayor que la inquietud. Lo observaba todo, intentando adivinar lo que estaba ocurriendo... pensando... pensando... pen...
De pronto, una extraña ave se posó en el pie izquierdo. Inesperadamente se envolvió en llamas, convirtiéndose después en cenizas. Eso fue demasiado, el dolor se hizo insoportable. Tanto, que salté involuntariamente, emitiendo algo a medio camino entre jadeo y alarido... Alarido que me despertó encontrándome, a mi misma, sentada en el cómodo sillón orejudo de mi rincón de lectura, con la última adquisición descansando en mi regazo... ¡¡Acabáramos!!... el duendecillo de la nariz tenía razón... Nadie más que yo sabría, cómo me había metido allí.
De nuevo me dejé apresar por el espíritu del día y en brazos de la lectura, volví a sumergirme en el mundo de la fantasía...
Ya debería saberlo. Ese espíritu, acude puntual a la cita. Me ocurre, cada 23 de abril...

servido por licemar
6 comentarios
compártelo
21 Junio 2010
Soy incapaz de poner una cifra al tiempo que pasé en aquel escaparate. No sé si porque fue mucho, o porque mi cabeza está rellena de algodón. Podría ser peor, las hay que están huecas o llenas de serrín...
La tienda, ubicada estratégicamente en el camino a una escuela cercana en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, atraía las miradas curiosas de todos los niños y niñas que desfilaban diariamente por allí. Los conocía prácticamente a todos:
Había un grupo, siempre bien vestidos y acicalados, que presumían entre ellos por las caras marcas de su indumentaria. El que ese día no llevaba nada con el logotipo de moda sufría las despiadadas mofas de sus compañeros. La más frecuente era que le dijeran que tenía mi aspecto, con el consiguiente cabreo por parte del mártir de turno. No me extraña, a mí tampoco me gustaba tener mi aspecto...
También pasaban diariamente por allí, otro grupito formado por dos niñas y un niño algo menores que los anteriores, tal vez por ello más inocentes y más sinceros, que se divertían ante el aparador imitando cómicamente mis mofletes regordetes, mis ojos redondos siempre abiertos, y mi boca desproporcionada con el resto en una diminuta y perpetua “O” de sorpresa. Se reían, los unos de ver las cómicas caras de los otros. Me gusta el sonido de las risas de los niños. ¿Hay algún sonido mejor?
Yo, permanecía tontamente impasible, testigo de todo aunque no quisiera. En el mismo lugar y en la misma postura. Sin pestañear; sencillamente, porque no podía. Pese a tener la cabeza de trapo, me daba perfecta cuenta de la diferencia entre lo que me rodeaba y yo:
Muñecos adorables, con aspecto de bebé casi real unos. Capaces de hacer las cosas más complicadas otros como; cantar comer, hablar, llorar... Hasta los que hacían las cosas más escatológicas eran mucho más atractivos que yo a los ojos de nuestro joven público itinerante.
Y qué decir de las Barbies: Tan emperifolladas ellas, con toda su moda y todos sus complementos exclusivos que podían compartir con las ocasionales amitas, la mayoría de ellos en un rosa estridente que llenaba de luz y vida aquella vidriera. Un tono al que las niñas, dándose cierta importancia delante de sus compañeros, llamaban fucsia.
Compartía el lugar con algunos juegos de mesa y dos o tres puzzles en cajas muy vistosas. También habían varios juguetes multifunciones y plurirruidosos llenos de luces parpadeantes de variados colores.
No, desde luego no me aburría en absoluto. Lo que me tenía al borde de la locura, (si hubiera sido una de las muñecas parlantes creo que hubiera gritado) era el trenecito. Venga dar vueltas y más vueltas, desde que se abría la juguetería hasta su cierre. Una vuelta y otra vuelta y otra, y otra... ¡Dios!... A veces pienso que mis ojos se han quedado así por su culpa. Producto, no se si del mareo o del hastío...
Con todo este derroche de alegría y destellos a mi alrededor. ¿Cómo podría llamar la atención de alguien? Yo, una tosca muñeca de trapo rechoncha, con la boquita pintada y el pelo de lana, de un marrón difícil de definir, peinado en dos coletas de tirabuzones sujetas con dos enormes lazos amarillos pasados de moda. Tan pasados de moda como el vestido de granjera estampado de pollitos que cubre mi cuerpo rollizo.
¿Y mis zapatos?... ¡Cielos! Son unas cosas negras, con gruesos cordones naranja, cosidas a los pies... De verdad que el que me diseñó, lo debió hacer después de haber tenido una noche de pesadillas... Pero... ¿Y yo?... ¿Qué culpa tenía?...
El único rasgo que juega a mi favor, es el tacto mullido y suave de mi cuerpo abultado. A algunos, les resulta bastante cómica la postura en cruz de los largos brazos con las manos abiertas en un eterno ademán, que parece querer abrazar a quién se atreva a adoptarme. Pero eso es algo en lo que muy pocos reparan, solo los más perceptivos o los necesitados de afecto.
Todos mis compañeros de exposición iban cambiando, algunos los ponían por la mañana y al mediodía ya no estaban. Casi no me daba tiempo a conocerlos. Otros tardaban un poco más, pero no demasiado. Yo, era la única que permanecía allí día tras día, semana tras semana, mes tras mes... Cada vez que don Vicente, el dueño de la juguetería, hacía la limpieza del aparador me cogía, me observaba y me apretujaba preguntándose en qué momento se le había ocurrido comprarme. Estaba seguro que él no había sido. Sin duda se la había colado doblada Sebastián, el mozo del almacén de juguetes... Es que este engendro- pensaba mirándome- o te lo ponen sin que te des cuenta, o no hay manera de que tenga salida.
Mientras torcía el gesto, su mirada iba alternativamente del rincón de la basura a mí y viceversa... Yo creo que en más de una ocasión lo único que me salvó fue su tacañería. Le dolía como si le sacaran una muela tener que deshacerse de algo por lo que había pagado, sin poder recuperar ni un euro de lo invertido. Las palabras donar y regalar, no figuraban en su vocabulario. En esta ocasión decidió que estaba harto de verme, así que me colocó un cartelón bien rampante rebajando bochornosamente mi precio. Según él; más valía eso que nada.
¡Eureka! el reclamo surtió efecto. A media tarde una señora algo desquiciada me adquirió, como por casualidad, junto con algunos de mis compañeros. Dijo que, yo, sería el premio de consolación en no sé qué concurso escolar. El dueño estaba encantado de poder perderme de vista, pero le oí mascullar mientras me envolvía:
-¡¿Consolación?!... ¡¿Quién será el pobre desgraciado que le toque acarrear con esto?! Para que encima le recuerde constantemente que ha perdido... Por supuesto, se guardó muy mucho que la señora oyera su comentario...
Mi nuevo amo me acepto resignado, avergonzado diría yo, pero fui a parar de golpe al rincón más escondido de su habitación, donde me lanzó en un ademán de frustración por no haber quedado en uno de los primeros puestos del concurso donde, además del prestigio, los regalos eran mucho mas atractivos que yo, sobre todo para un chavalote. ¿Qué iba a hacer él con una horrenda muñeca?... ¡Los niños no juegan con muñecas!...
Allí estuve durante meses, sepultada por el resto de peluches a los que el crío tampoco hacía ni caso. Solo cambiaba de lugar esporádicamente. Cuando la madre hacía limpieza de la habitación.
Al concluir esta, la mujer volvía a colocarme otra vez en el mismo sitio hasta que volvía a tocar limpiar.
En una ocasión, en las proximidades del cumpleaños del muchacho, la señora decidió que convenía hacer espacio para los nuevos regalos que recibiría su hijo. Resuelta, la vi aparecer con una gran bolsa de plástico negro, a cuyo fondo fueron a parar gran parte de mis compañeros de refugio. Los mutilados y los más estropeados fueron los sentenciados. También acabaron allí todos los trastos y restos de juguetes con los que ya no jugaba el niño.
Por último me cogió a mí dispuesta a darme el mismo destino pero se detuvo. Aún no sé por qué; quizás por que vio la etiqueta que todavía pendía de mi vestido.
-¡Santo cielo! ¡Pero si, ni siquiera la ha estrenado!... ¡Este niño tiene demasiados caprichos!-
No recordaba en ese momento de donde había salido yo... El hecho de que aún estuviera nueva hizo que se apiadara de dar ese triste fin a mi corta vida... Si supiera cuan equivocada estaba. No se imaginaba lo larga y tediosa que era mi existencia hasta ese momento. Acabó de llenar la bolsa, la ató y me colocó a mí bajo su brazo dispuesta a salir a la calle para tirar la basura. Cuando llegó al contenedor correspondiente, con la mano libre, levantó la tapa de éste y lanzó con fuerza la bolsa en su interior. Acto seguido lo cerró y me dejó encima bien a la vista, así, como crucificada, con mis grandes e inmóviles ojos mirando a un cielo que oscurecía en aquellos momentos y amenazaba con lloverme encima.
¡Solo me faltaba eso!... No se cuanto tiempo permanecí en aquel lugar y en la misma postura. Medir el tiempo no es lo mío, mi cerebro de algodón no da para más. Suplicaba, todo lo que una muñeca de tela es capaz de suplicar, para que alguien me encontrara antes de que empezara a llover.
De pronto noté como alguien me levantaba, me sacudía enérgicamente. ¿Así iban a ser escuchadas mis súplicas? Pero no, no era lo que parecía. Noté como aquel ser humano me colocaba bien la ropa, el pelo y me miraba detenidamente. Yo, imploraba que no se fijara demasiado, mi alma de trapo sabía que si me observaba en exceso mis posibilidades de ser acogida disminuirían poderosamente. Finalmente, vi dibujarse una sonrisa en su rostro.
Era la sonrisa de alivio, la de alguien que había encontrado una buena solución a algo. El hombre que me estaba mirando, me acarició los cabellos, se aseguró que todo estuviera en buen estado y en su sitio. Luego, me estrechó con ímpetu contra su pecho, donde noté que latía con fuerza un corazón. Eso me tranquilizó. Estoy segura de que, de haber podido, me habría puesto a temblar de emoción. Pero... ¿Qué podía haber visto aquel hombre de rostro amable en mí, para que se sintiera de aquella manera? No parecía tener edad de ponerse a jugar conmigo. ¿Tendría algún problema mental?
No tardé demasiado en conocer la respuesta. Si, tenía más de un problema, pero desde luego no eran mentales.
Me guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Nunca había estado tan confortable. Después de mucho, muchísimo, rato caminando llegamos a una casa donde me sacó de mi cómodo escondrijo y me entregó a dos niñas diciendo:
-Tomad hijas. Os dejo esto, para que la cuidéis juntas y os acordéis de mí siempre que juguéis con ella.
-¡¡Gracias papi, es preciosa!! Pero no es necesario que nos regales nada para que pensemos en ti.
-Si papá, claro que pensaremos en ti y solo por que nos la has regalado tu la cuidaremos mejor.
-Ya lo sé hijas, ya lo sé. Pero esta vez voy a estar mucho tiempo fuera. He de ir a otro país para trabajar y ganar el dinero necesario para que vosotras podáis estudiar y no tengáis que hacer lo mismo. También para que mamá y yo podamos vivir.
-Oye papi- dijo la más pequeña tirando de mi etiqueta- y si no tenemos dinero ¿Como has comprado una muñeca tan bonita?
- ¿Y eso que más da? -Contestó el hombre acariciando la cabecita de su pequeña curiosa, al tiempo que se encogía de hombros. A veces la vida tiene estas cosas, pensó, con una mano te ofrece un regalo oportuno, para compensarte por todo lo que niega con la otra.
Enseguida me di cuenta de mi error, no había entrado en una casa; había entrado en un hogar. Desde entonces estoy aquí, soy la mimada, la consentida de las dos pequeñas. Juegan conmigo durante horas y a mí me encanta. Me llevan a todas partes. Cuando alguna vez no me encuentran, remueven cielo y tierra gritando mi nombre: ¡Bonita! ¡Bonita!... Hasta que dan conmigo.
¿Os habéis dado cuenta? ¡Me han puesto como nombre Bonita!... ¿Cómo no las voy a querer?. Cada noche, después de cenar y poco antes de ir a dormir, se acurrucan en el sofá junto a su madre. Siempre hablan del padre e intentan imaginarse qué estará haciendo en ese momento, entonces ellas salen corriendo a buscarme para continuar hablando de él conmigo en brazos. Una me achucha, la otra me besa. La madre de vez en cuando también me coge y me abraza con nostalgia, haciendo como que me está poniendo bien la ropa para que las niñas no lo noten...
Ssssshhh... Que no se entre nadie; pero he notado más de una vez, como caía alguna lagrima suya sobre mi cuerpo de trapo.
Yo, rápidamente la he absorbido para que las pequeñas no se dieran cuenta. Ojala pudiera hacer algo más por ellas.
Qué vueltas da la vida; quién me iba a decir a mí, en aquel frío aparador, que mi vida sería tan útil y placentera. Si mis estirados compañeros de escaparate pudieran verme... Seguro que se morirían de la envidia. Apuesto lo que queráis, a que muchos de ellos yacen olvidados en algún rincón de la habitación de cualquiera de aquellos niños que nos visitaban a diario...
¡Quién lo iba a decir!... Yo, después de una larga espera, inicié mi andadura como premio de consolación y eso es lo que sigo haciendo; consolar a mis niñas de la ausencia de su padre y ellas me devuelven el favor con su cariño, abrazándome y jugando conmigo como si fuera la más hermosa de las muñecas.
Y es que... Cuando le importas a alguien de verdad; el aspecto exterior es lo de menos...

(Mientas vuelven las musas
)... Reedición especial para la Mini-Bruji... es su favorito
servido por licemar
4 comentarios
compártelo
27 Mayo 2010
Ya era septiembre, otra vez vuelta a empezar.
Con cada curso, el grupo de alumnos inmigrantes era mayor. Cada vez el lugar de procedencia de algunos era más lejano.
Las tonalidades de piel iban desde el café con leche claro hasta el ébano más oscuro. A causa de ello, ya desde el primer día, empezaron a formarse grupitos –embriones de futuros guetos- pensó.
Unos miraban con fastidio y recelo a los otros:
-Bien- se dijo- Creo que voy a tener que poner en marcha la lección de cada año...
Cuando, por fin consiguió mantenerlos a todos en clase, sentados y prestándole atención dijo:
-¡Venga!... Cerrad todos los ojos y pensad en la imagen más bella que se os ocurra. Transcurridos unos segundos: -¿Ya lo tenéis?
-¡Siiiii! –Gritaron todos a coro
-Pues ahora intentad dibujarla lo mejor que podáis con los colores que hay en las cajas que os he dejado encima de vuestras mesas.
Tras decir esto, volteó su sillón giratorio y se quedó contemplando el gran patio de juegos, desde los ventanales que, generalmente se encontraban a su espalda. Hizo este gesto, como para darles intimidad a sus discípulos ante lo que iban a ver, pero sabiendo que no tardaría en oír el rumor creciente de sus protestas:
-¡Oiga! ¡Que en nuestra caja solo hay azules!...
-¡Y en la nuestra rojos!...
-¡Pues esta solo tiene verdes!...
Se giró, con la sonrisa de quien se esperaba todo lo que estaba pasando:
-¿Y?...
-¡Pues que así no se puede dibujar lo que yo he imaginado!
-¡No! ¡Ni yo tampoco!- se sumó otro
-¡¡¿Cómo que no?!!- Contravino
-Bueno... Si... –dijo el siguiente- pero, queda muy soso, pierde belleza
-No tiene por qué – replico, disfrutando de lo que estaba ocurriendo- Si te esmeras, puede quedar un hermoso dibujo monocromático lleno de luces y sombras...
-Bueeeno...- Dijeron todos- pero es mucho más vistoso y cercano a lo que hemos imaginado si podemos usar todos los colores.
-¡¡Ahí quería yo llegar!! -Dijo, dando un salto y golpeando la mesa, para sorpresa de todos, al tiempo que elevaba ligeramente la voz- Entonces... ¿Por qué os empeñáis en agruparos por tonalidad de piel?...
Todos se quedaron boquiabiertos y mirándose como si se hubieran visto por primera vez en ese instante.
-¿Acaso los colores son necesarios para todo lo que nos rodea excepto para vosotros?...
Pues ahora cada uno cogerá un color de los que le ha tocado a su mesa y se ira a otro grupo donde falte ese tono y permanecerá en él hasta que concluya el primer trimestre haciendo los trabajos en equipo.
Todos sonrieron y empezaron a cambiar de mesa. Comprendieron que sin unir todos los colores no podían dibujar el Arco Iris.

servido por licemar
10 comentarios
compártelo
8 Diciembre 2009
Caminaba la dama, perdida en mundos mágicos, cuando por azar, de un frondoso manzano, llegó a sus manos uno de los jugosos frutos que pendían de sus ramas.
Sorprendida pero feliz por tan inesperado regalo, se sentó a degustarla dejándose impregnar por el relajante ambiente de olores y sonidos que se disfrutaban a su sombra.
Tomó por costumbre, en su deambular diario, el sentarse en aquel jardín a meditar, al tiempo que saboreaba las manzanas que aquél misterioso árbol le quisiera ofrecer ese día. Se estaba tan agusto en ese lugar.
Con el tiempo algo cambió, la dama aun hoy no se explica qué, pero el manzano cada vez le regalaba menos manzanas, ella pensó que el motivo sería porque el jardín permanecía demasiado tiempo sólo y cerrado. Dejó fluir el tiempo y se dedicó a cuidar su propio jardín; con la esperanza de que en ese retornase alguna vez la primavera.
De vez en cuando lo visitaba, dejaba que los olores y los sonidos la envolvieran, pero no era lo mismo. Añoraba de verdad aquellas sabrosas manzanas... El tiempo pasaba y las esperanzas de ella se fueron haciendo cada vez más pequeñas, diluyéndose ante las evidencias.
Un día, de pronto, advirtió una nueva floración en el jardín, sus ojos brillaron y una sonrisa asomó a sus labios, le faltó tiempo para visitarlo de nuevo, pero... Pero sólo el frío salió a recibirla. Ya no había manzanas para ella y las pocas que encontró eran bordes; lo comprobó cuando al morder una de ellas un áspero y amargo sabor invadió su boca... ¿Qué había pasado? ¿Qué le había pasado a aquel hermoso árbol? ¿Dónde estaban aquellas manzanas que podían convertirse en deliciosa sidra?...Volvió la primavera sí, pero ya nunca más para ella.
Los brillos de felicidad de sus ojos, se tornaron gotas saladas de desilusión y desconcierto... ¿Por qué?... ¿Por qué?... Sólo eso atinaba a susurrar al viento, pero el viento no contesta jamás, solo azotaba su rostro por toda explicación...
Resignada la dama y con el alma recogida en un puño, dejó de visitar y cuidar el jardín... Todo tiene un principio y todo tiene un final, se decía para sí intentando calmar el dolor de no entender... Pero el tiempo todo lo cura y lo pone en su lugar. Hasta las heridas sanan y aunque dejen cicatrices, molestan menos.
La dama ya no visita en sus largos paseos aquel remanso de paz, porque ya no lo es; ahora es un lugar demasiado triste para ella... Ya no hay manzanos, solo la maleza y los espinos lo cubren todo. Pero no puede evitar echar la vista atrás, al pasar por la puerta de donde ha sido feliz. Son demasiados buenos momentos vividos para olvidarlos todos de un día para otro.
Ahora, si alguna vez lo visita, una punzada aguijonea su ánimo, el desasosiego que reina allí es como una mano invisible que estruja su alma. El frondoso jardín ahora esta desierto, ya nadie deambula ni se sienta a la sombra del manzano.
Las malas hierbas se han apoderado del lugar y... y estando abierto, parece cerrado. Solo quedan ecos de tiempos pasados, que a veces, si fueron mejores.
No, ya no descansa nadie en el jardín y la dama, al pasar, sin poder evitarlo mira, y la tristeza de la bella mansión deshabitada la hace respirar hondo, bajar la cabeza y... Resignarse a seguir su camino.
Visita otros jardines, otros lugares, otros valles, otras montañas; paisajes donde siempre es bien recibida, donde sus palabras no incomodan, donde su presencia no molesta... Y es que, hasta los manzanos mágicos mueren, pero sigue la vida.

servido por licemar
7 comentarios
compártelo
3 Noviembre 2009
El patito feo, al correr del tiempo; hubiera seguido siendo feo?... O ¿Si Dumbo no hubiese conseguido volar con sus enormes orejotas ?...

Nico, era un chaval de poco más de siete años, con algún kilo de más.
Y, la verdad, salvo en eso; la naturaleza no había sido generosa con él en nada más. Por ello, no era el chico más popular; ni de la escuela, ni del barrio, ni de la familia. Sólo el amor que le demostraban sus padres era igual al de los otros.
Nico, tenía prisa por crecer. Quería saber si con el paso del tiempo, a él también le ocurriría como al patito del cuento que tanto le gustaba.
Otras veces; la madre lo descubría observándose detenidamente buscando, escudriñando en su ser,alguna peculiaridad innata en la que no hubiera reparado o algo especial en él que le hiciera volar como a Dumbo.
Pero nada, solo era un chico corriente. Menos agraciado que otros, sí, pero igual que todos, necesitado de afecto. Con interminables ganas de jugar y tener amigos.
-Mamá ¿Tú crees que cuando crezca cambiaré y me aceptarán, como al patito?
-No lo sé cariño, seguramente que si.- Apartaba el flequillo de su hijo para besarle mientras continuaba- En todo caso, no eres tú el que debe crecer y cambiar; si no que son los demás los que han de cambiar y crecer, para aceptarte a ti y a todo el mundo como es, aquí y ahora... Sin esperar transformación alguna para darte su amistad.

servido por licemar
9 comentarios
compártelo
20 Julio 2009
Una vez, un emperador de un país lejano, estaba harto de ver que no tenía ningún amigo de verdad. De aquellos que, igual te dicen lo bueno como lo malo.
Vivía rodeado de gente servil, que siempre le daban la razón en todo. Era listo y sabía que no se podía fiar de ninguno de ellos. Se sentía tremendamente solo para gobernar; que solo te adulen no es beneficioso, pues te impide ver cuando te estás equivocando.
Acostumbrado como estaba a tener de todo, entendía la vida de una forma muy materialista, por eso creyó que su mejor amigo, sería aquel que fuese capaz de llevarle como regalo la cosa más extravagante y exclusiva que existiera.
Convencido de que había tenido una magnífica idea, hizo colgar un bando anunciando que convertiría en su hombre de confianza, con todo lo que ello significaba, al hombre o mujer que llevara ante sus ojos algo, de lo que no hubiera igual en el mundo.
Al principio, los súbditos pensaban que su emperador era un estúpido, o se había vuelto loco. Aún así, se esforzaban en encontrar cualquier cosa que le pudiese agradar. El premio que estaba en juego, bien lo valía.
El primero que lo intentó, puso ante su soberano, un baúl hecho de oro plata y diamantes. Tremendamente valioso, pero...
El señor, se levantó y acto seguido, puso ante las narices de su súbdito otro cofre igual...

Éste, agachó la cabeza y salió del salón claramente decepcionado.
Poco después, llegó una mujer que traía de la brida a un espectacular caballo blanco; cuyas crines y cola trenzadas, también eran inmaculadamente blancas. El animal venía acompañado por un certificado que lo acreditaba como capeón universal en todas las carreras que se disputaban en el orbe.
Al instante, a petición del señor, un criado traía otro corcel que parecía un hermano gemelo del primero acompañado, cómo no, de un certificado idéntico...

Los días pasaban y cada cosa que le presentaban, él mostraba al momento otra de igual.
Empezaban a pensar todos en el imperio, que nunca encontrarían nada que fuese único en el mundo.
Pero un día; se presentó en palacio un hombre humildemente ataviado. Decía que él portaba algo, que no había nada de igual en todo el planeta.
Todos se lo miraban, medio extrañados, medio incrédulos, pensando:
¿Qué podrá tener este infeliz, que no tenga nadie más?
-¡¿Quién es ese hombre?!- preguntó el emperador a uno de sus sirvientes.
-No es nadie. Es un pordiosero, que se pasa el día en un rincón de la taberna del pueblo leyendo y escribiendo poemas. Nadie repara en él, solo los niños a quienes les cuenta cuentos, llenando de fantasías absurdas sus cabezas.
Intrigado, por saber qué era lo que podría ofrecerle aquel anciano, lo dejó pasar y le ofreció asiento:
-Dime, buen hombre; qué es lo que crees que me puedes ofrecer tú.
Él, rebuscó durante unos segundos en el interior de su zurrón y acto seguido extrajo un antiquísimo, pero humilde, espejo hecho de cobre y bronce...
El otro, sonriendo, dijo; gracias por tu esfuerzo, pero tengo cientos de iguales repartidos por todo el palacio.
-No, mi señor, se confunde... Yo, no le estoy mostrando el espejo. Lo que yo le estoy enseñando, es la imagen que se refleja en él... Estoy convencido de que, en todo el mundo, no hay otro igual... Yo, no puedo regalarle a usted mismo, pero sí que puedo hacer que se dé cuenta... Usted es único, igual que yo, o que ese, o aquel... Aclaró el poeta, señalando a cada uno con el dedo a la vez que hablaba.
El vanidoso emperador, quedó tan complacido con la ocurrencia de aquel hombre, que no dudó en ofrecerle su amistad incondicionalmente. Además, como daba muestras de ser alguien muy sabio, lo tomó como consejero personal.
También lo nombró poeta de la corte y le concedió el deseo de abrir una biblioteca, bien provista de libros, donde podría entrar todo aquel que quisiera ensanchar sus horizontes.En especial los niños; a los que él mismo se encargó de enseñar a leer....

servido por licemar
6 comentarios
compártelo
18 Julio 2009
Acostumbrada a pasar por la vida de puntillas, sin molestar, intentando no ser vista, como si de esa forma pudiera evitar que volvieran a herirla. Así, ceptaba agradecida lo que le daban, ignorante de que pudiera aspirar a más, de que tuviera derecho a desear más.
A solas, su mundo interior la mantenía viva, ayudándola a soportar el excluyente y tedioso mundo exterior. Hasta que, como si de una fabula se tratara, la técnica le brindó la oportunidad de navegar por mundos desconocidos. Y, navegó. ¡Vaya si navegó!...
Exploró lugares fantásticos. También topó con otros infernales, pero la vida real le había enseñado a esquivarlos sin problemas. Lo cierto es que fue mucho más lo bueno. Conoció a otras gentes que empezaron a tenerla en cuenta. Poco a poco se atrevió a desplegar sus alas y a probarlas sin temor. Cada vez más sorprendida de que su mundo fuera entendido, comprendido y valorado.
En uno de esos viajes virtuales, visitando lugares cargados de promesas, quiso la fortuna que fuera a parar a un extraño edén. Un lugar lleno de sonidos atrayentes y melodiosos. Un paraje de ensueño, ideal para sentarse a meditar.
Además de ser su pasatiempo favorito, las leyendas que en aquel oasis encontraba convidaban a hacerlo. Resultaba tan refrescante como pasear descalza sintiendo el rocío y la hierba bajo los pies.
Sumida en su mundo la sorprendió el jardinero. Un apuesto caballero, de trato amable, pero reacio a mostrar el lado humano. Prefería parecer egoísta y caprichoso a los ojos de los demás.
Ella, acostumbrada a escuchar y observar más que a hablar, percibía en su ocasional anfitrión, bastante más de lo que este estaba dispuesto a admitir.
El caso es que, no se sabe por qué, (Ella, aun no sabe por qué) congeniaron. Él le hablo, con palabras hermosas, de mundos increíbles. Le mostró cosas que ella nunca hubiera imaginado. La enseñó a confiar en sí misma, a entender, que tenía un lugar en el mundo. De su mano, descubrió que también era mujer.
Por animarla, hasta fue capaz de crear sueños mágicos, y le enseñó a convertirlos luego en posibles realidades. Dándole todo el coraje necesario para atreverse a soñarlas como propias. Y lo que es más dificil; a vivirlas.
Enormemente agradecida, la mujer prometió no revelar nunca su secreto. Si él no lo quería, nadie sabría que aquel vergel estaba cuidado por un entrañable y afectuoso ser humano. En poco tiempo le había demostrado saber de la vida mucho más que ella. Sus razones tendría para quererlo así.
Desde entonces, la dama, aprendió a caminar por el mundo con paso firme . A no pedir permiso para vivir. A reclamar su sitio y no dejarse eclipsar nunca más... Aun hoy, sigue dandole gracias al jardinero...

servido por licemar
15 comentarios
compártelo
14 Abril 2009
Había una vez un osito, al que le gustaba vivir la vida a tope, pero vivir la vida, no siempre es fácil. Por eso, nuestro osito recibió muchos reveses. A cada golpe, se resentía y ese resentimiento lo volvía cada vez más rebelde.

Era joven e inexperto, por ello a cada contratiempo tomaba la dirección equivocada y lo único que conseguía era hacerse más daño a sí mismo. La vida, implacable seguía dándole duras lecciones que cada vez le lastimaban más, y más, y más… Pero esa misma vida que le castigaba a su paso, le fue haciendo más fuerte. Le fue haciendo mayor. Con la edad fue madurando y aprendiendo de esas lecciones, a canalizarlas de forma positiva. También, bien es verdad, encontró a alguien en su camino que tomándole de la mano le ayudó a caminar con paso cada vez más firme.

El osito, harto de las malas pasadas del destino, decidió que lo mejor era ofrecer su cara mas fiera y desagradable. Pensó que esa era la mejor manera de que no le hicieran más daño ni le volvieran a hacer sufrir. Algo así como un oso amoroso, con caparazón de armadillo… Je je, porque además de oso fiero, también es algo exótico y diferente. Un caparazón de tortuga era algo demasiado convencional para él... Una vez tomada la determinación de ser oso arisco, acostumbraba a recibir a las visitas con estentóreos rugidos y tremendos zarpazos al aire... Por lo menos, a todo aquel que se asomara a la cueva por primera vez, él le advertía…
-¡¡Eeeeeh, forastero… kuidadito konmigo, valeee!!... Ké kuando me lo propongo; soy oso fiero, despiadado, irreverente y…. Hasta soy kapaz de hacer pupa a kién se propase en la osera…¿Entendido?... Akí mando yo y sólo te permitiré ke me visites según mis reglas… ¿OK?...

Pero claro, para todo hay que valer y él, al principio con sus rugidos y zarpazos daba el pego…. Hasta que… Empezó a decir a los visitantes cuales eran esas normas imprescindibles para poder visitar su cueva sin peligro de recibir un mordisco de oso y… Y resulta que sus reglas eran las básicas, las normales que se deben observar en cualquier lugar, sobre todo cuando estás de visita… Respetar al dueño de la cueva, hacer lo mismo con sus invitados. Conducirse con las normas básicas de educación… Vamos, algo muy sencillo de hacer… ¿No?...

Así que sólo probaron sus mordiscos en el culo y sus fuertes zarpazos, aquellos que no sabían comportarse en sociedad y se negaban a respetar a los demás, dentro y fuera de sus casas…
O sea, que a los amigos, los que van a su casa de buenas, no les supone nunca ninguna amenaza. Todo lo contrario. Él da cobijo en la cueva y bajo su mismo caparazón, a todo aquel que lo necesite… Aunque no se lo pidan directamente, pues es muy listo y sabe leer entre líneas cuando alguien necesita unas palabras que reconforten y hagan sentir mejor.
Total que al final; ese oso fiero, cascarrabias y gruñón... Es un adorable, noble y maravill-oso, tipo.Amigo de sus amigos, con el que siempre se puede contar.
Amante de la naturaleza, sabe disfrutar como nadie de sus rincones favoritos... Pero sobre todo, sobre todo, de lo que más disfruta es... De la repostería y de las plantas.
Algunas, las cuida con verdadero amor, su amor, el de la jardinera, que lo tiene encandilado y le entiende como nadie Si amigos, como veis este osito fiero, no está solo. Tiene un amor, y un montón de amigos… Eso no se consigue siendo un oso maloso… ¿Verdad chic@s?... Pues eso

Me apetecía volverlo a publicar.
Hasta siempre Puli, que todo sea como tú deseas.
Te quiero muchísimo... ¡¡GUAPO!!
servido por licemar
11 comentarios
compártelo