Había una vez, un pequeño rincón; que era la ventana por donde se veía todo. Un ágora en la que se hablaba de todo... incluso, de cómo se debía gobernar un gran país.
Cómo hacer para que todo funcionase a la perfección. A gusto de, por lo menos, la mayoría.
No atinaban a explicarse cómo, algo tan sencillo y tan claro, nadie era lo suficientemente capaz de llevarlo a la práctica.Ninguno de los que gobernaron, gobernaban, o gobernarían ese gran país... Los del pequeño rincón pensaban, pensaban... pensaban. Hablaban, hablaban... y hablaban.
Mientras tanto, en su rincón las cosas no funcionaban, el pequeño lugar, languidecía, moría sin que nadie hiciera nada para evitarlo. No había manera de ponerse de acuerdo en la forma de detener la caida.
Unos, pensaban que ya lo haría otro. Otros, que tampoco era para tanto. No pasaba nada si se perdía... Los más, que como no les ocurría a ellos, tampoco iban a mover un dedo.
Mientras tanto; pensaban, pensaban... pensaban... y seguían pensando:
¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué nadie se esfuerza por gobernar como es debido el gran país?... Es tan fácil...
En la falda de la montaña se habían reunido varios de los pequeños seres que por allí habitaban; la mariposa, el saltamontes, la libélula y el caracol. Descubrieron conversando que todos tenían el mismo sueño; todos querían subir a la cima de la montaña... Sentían curiosidad por saber qué era lo que se veía desde allí.
Puesto que querían lo mismo, decidieron que podían emprender el viaje juntos. Así, con la compañía, el ascenso se les haría más distraído y llevadero. Como eran diferentes; cada uno tenía su forma de caminar por la vida, y por supuesto, esta aventura no iba a ser una excepción.
La mariposa, bella y vanidosa; sabía de su hermosura elogiada, pero también sabía que sus horas estaban contadas, por eso vivía en una constante agitación. Demasiada impaciencia por conseguir sus metas. Iba y venía siempre inquieta, azuzando a sus compañeros:
-¡Venga muchachos! No os demoréis tanto, o no me dará tiempo a llegar…
Los otros le contestaban que no podían seguir su ritmo, que si tanta prisa tenía, que se adelantara a todos. Que ya se encontrarían arriba.
Solo la libélula, tan inquieta y curiosa como ella, se ofreció a acompañarla a su ritmo. Pero; se cansaba demasiado pronto de las cosas. Inconstante, emprendía cada nueva aventura con ganas, pero si no lo conseguía en poco tiempo, se cansaba y desistía… Como ahora; sólo continuaba porque la empujaban los demás, que si no… Ya hubiera abandonado.
El saltamontes, era el más ambicioso de los cuatro, solo le importaban las metas. Con sus saltos iba en busca del objetivo, ahorrándose tramos del camino, sin importarle a quién pisaba ni lo que dejaba tras de si.
El caracol, era lento y parsimonioso. Concienzudo; miraba y observaba cuanto encontraba a su paso. Pero su lento caminar exasperaba a los otros.
Se detenía a cada paso: ahora una hoja, ahora una rama, ahora una piedra... Todo llamaba su atención aunque no cedía en el ascenso; bebía de los riachuelos que formaban las gotas de rocío, disfrutaba de su sabor, de los destellos que el sol arrancaba de ellas...
Durante la subida, se detuvo a hablar con la lombriz, aprendió de ella todo lo que, de bueno, nos puede ofrecer la tierra.
También charló con el gusano, que le explicó el por qué de su manía por descomponer la materia del suelo. Él le contó que así hacía limpieza y gracias a ello, habría sitio para que las flores de la primavera siguiente volvieran a brotar en aquel lugar.
La abeja le contó como, agradecida, repartía el polen de esas mismas flores con sus patas, en pago por el delicioso néctar que ellas le permitían libar, y así convirtirlo en deliciosa miel.
Todo, todo merecía la atención del caracol. Debido a eso era un poco más sabio cada día y a cada paso. Se cansaba, sí, la elevación era muy pronunciada y la meta como siempre, estaba arriba de todo, pero no por ello abandonaba el ascenso. La curiosidad por saber qué había allí le impulsaba a seguir.
Por fin el grupo alcanzó la cima. Bueno, los tres que quedaban, por que la mariposa hacía horas que había partido y llegado. Tanto esfuerzo, la había dejado muy débil. Apenas si tenía aliento para apreciar lo que estaba viendo.
La libélula y el saltamontes llegaron casi a la vez y no pudieron reprimir el gesto de decepción en sus caras. Habían sido tantas las expectativas y tan grande el esfuerzo, que cuando por fin lo alcanzaron no se sintieron realmente compensados.
En cambio el caracol, a pesar del cansancio, había encontrado tan enriquecedor el trayecto, que cuando consiguió culminarlo dio por bien empleada la experiencia. Además sabia aceptar las cosas como le venían, sin crearse demasiadas expectativas, pues era consciente de sus limitaciones y cuando emprendía una tarea nunca sabía si podría llegar al final. Por eso se recreaba en el camino, permitiéndo así tomarse pequeños respiros. Y cuando lo sconseguía, la victoria era más dulce.
Cuando llegó, oteo el paisaje maravillándose de lo grande que era el mundo y de todo lo que aun le quedaba por aprender… Nuevos alicientes para seguir caminando. Nuevas ilusiones para continuar...
*Nota para visitantes novatos.... clicar en las palabras "The witch power". por favor.... gracias, la tripulación y yo, deseamos que hayan tenido un vuelo agradable.... espacio patrocinado por la compañía... Escobas-air... graciaaasss
Como de costumbre, paseaba por la parte de la montaña que más le gustaba. Al llegar a la altura de la gran roca, también como de costumbre, tomó asiento a su sombra.
Allá pasaba el rato en sus aficiones favoritas; leer, ojear el periódico, escribir, observar el paisaje, respirar paz... Con la espalda bien apoyada en ella, musitaba a veces, sobre lo bien que se estaría en un asiento mejor, mirando con deseo el hermoso banco de madera brillante que estaba unos cientos de metros más abajo... ¡Qué hermoso era! Cómo le gustaría que fuese aquel el asiento que estuviese en el lugar que ocupaba aquella tosca piedra... pero claro, desde el lugar que ocupaba el banco, las vistas no eran iguales... suspiraba resignado diciéndose a sí mismo que todo no se podía tener.
No obstante, no desperdiciaba ocasión para ensalzar las cualidades del asiento de madera, a la vez que reprochaba a la roca que no fuese perfecta. Ni era bonita, ni tan cómoda como a sus ojos prometía ser aquel banco....
Luego, para sí mismo, quizá reconociera que la roca, su roca, siempre estaba cuando y donde la necesitaba... Siempre en el mismo lugar, su lugar. Sin protestar, sin quejarse. Brindándole sombra en los días de calor y cobijándolo del viento los que hacía frío... Pero eso, muy raras veces se lo hacía saber a ella.
El asiento de madera, con las inclemencias del tiempo, fue perdiendo su lustre. No importó, fue sustituido por otro; más nuevo, más bonito, con el barniz flamante... pero... otra vez en el mismo lugar.
El caminante volvió a lamentarse de que aquel banco desaprovechado no estuviese en el lugar que ocupaba aquella roca ruda. Pero debía elegir, y siempre acababa escogiendo placer por encima de belleza. El paisaje que se divisaban desde el lado de la roca, no se podía ver desde ningún otro lugar... tenía que ser honesto y reconocerlo... pero, el banco era tan hermoso y la roca tan grotesca...
Un día, por motivos que él ignoraba, la roca desapareció de donde, durante años y años, había estado... Él, tras la desagradable sorpresa, sintió que algo le faltaba; un vacío en su interior que no supo identificar. La verdad es que no era su fuerte identificar ese tipo de sentimientos.
Se consoló pensando que trasladaría sus horas de ocio al banco deseado... aunque claro... no era lo mismo. No le satisfacía igual.
La echaba de menos; dentro de su fealdad, la roca era confortable y acogedora. Todo lo que había a su alrededor era mucho más interesante que cuanto pudiese ver y hacer desde aquel duro y frío banco... que además, sólo servía para estar sentado, como mucho tumbado... pero ni daba sombra, ni cobijaba del viento... Ni invitaba a meditar... ¡Cuanto quería a la roca ahora que ya no estaba! Lo que daría hoy porque volviese a su lugar.
Ignoraba que la roca, a su manera, no era tan dura, además tenía sentimientos. Por eso, cansada de los reproches del caminante, decidió buscar lugares donde sentirse mejor. Más valorada y respetada... Ahora decora un parque infantil, donde siempre hay niños que juegan con ella y aprecian las paredes llenas de huecos para guardar sus tesoros. Enamorados que, se dicen cosas hermosas al cobijo de su sombra, donde escriben sus nombres entrelazados en los salientes de las ásperas paredes... Ahora, lo que fueron defectos para él, se han vuelto virtudes para otros.
*Cuando encuentres lo que te gusta, ya sea objeto o persona; valóralo, cuídalo, aprécialo; de lo contrario puede ocurrir que se canse de sentirse desatendido y decida desaparecer... Siempre habrá quien sepa ver la belleza donde tú... sólo viste defectos.
En un bosque, mucho más cercano de lo que nos podemos imaginar; moraban tres ardillas a las que les gustaba salir temprano para recolectar nueces, bellotas, y todo tipo de alimentos que pudieran llevarse a la boca y/o a su despensa.
A las tres les gustaban más o menos las mismas cosas, pero se diferenciaban en que, mientras a dos de ellas les encantaba presumir y hacer ostentación de sus hallazgos, la tercera prefería escucharlas y observar el paisaje sin perder detalle de lo que por allá ocurría. Todo ello sin airear demasiado lo que había en su alacena. No por nada especial, es que ella era así de discreta.
Las otras dos, en cambio, no perdían oportunidad de enumerar y presumir de todo lo que poseían, no sólo para rivalizar entre ellas, que les encantaba, si no para que todo el mundo supiese lo afortunadas que eran y lo mucho que les sonreía la vida.
Ocurrió, que entre todos los habitantes del bosque que escuchaban sus conversaciones, había todo tipo de seres, incluso depredadores a los que les faltaba tiempo para querer apoderarse de sus posesiones. O peor aun; los habían que por envidia, pretendían destruir lo que las revoltosas ardillas conseguían con mucho esfuerzo.
La tercera lo sabía, y siempre intentaba avisarlas:
-Deberíais tener cuidado con lo que contáis en público, siempre hay alguien al acecho a quien le gustaría tener lo que vosotras tenéis. Y si no pueden, no dudarán en quererlo estropear...
Pero sus traviesas amigas no le prestaban oídos. Ello provocaba que tuviesen que vivir constantemente alerta de lo que hacían o decían los demás, para no quedarse sin sus preciados bienes.
En cambio la otra, vivía perfectamente tranquila sin tener que vigilar en exceso su tesoro, puesto que nadie sabía que existía.
Nadie, ni siquiera sus amigas, por eso cuando alguna vez se lo contaba en confianza, estas se sorprendían, pues las tres tenían más o menos la misma cantidad de frutos. Suficientes para pasar tranquilas el resto del invierno.
Pero claro, mientras la ardilla discreta podía dormir a pierna suelta sin más preocupación, las otras dos tenían que hacerlo continuamente con un ojo abierto....
Y es que, contarlo absolutamente todo, nos permite presumir de nuestros logros, pero es dar demasiada información al enemigo... Porque de estos, siempre hay alguno que, de una forma u otra, dará buena cuenta de sus conocimientos y pocas veces en nuestro beneficio.
Moraleja: Quizá la ardilla discreta no fuese la más lista... ¿?... Pero os aseguro que es la que más tranquila vivía...
En un lugar muuuyyy incierto; tan incierto que ni siquiera aparecía en los mapas, moraba un borrico cuya única obsesión era conquistar el bien preciado de la libertad.
El decía que eso, era un derecho intrínseco a todo ser vivo. Tan convencido estaba que pregonaba su libertad allá por donde pisaba, con pisar de borrico claro. Esas eran sus costumbres, y su libertad, le permitía no cambiarlas ni un ápice.
Y allá que iba el borrico tan contento gritando soy libre por aquí, soy libre por allá... Llamando la atención a todo aquel que se lo cruzaba.
Bufff... ¡Y pobre del que al cruzarse le recriminara sus burradas!
-¡Qué no eres libre hombre!... ¡¿No ves esa correa que llevas al cuello?!... Hasta que no te liberes de ella, no puedes decir que eres libre...
¡Madre mía! ¡¿Para qué le decían nada?!... Él, rebuznando aun más fuerte, repetía que era libre y que hacía lo que le salía de la punta de las orejas.
Pero, ya sabemos. No a todo el mundo le gusta tener en su casa a un burro que se comporta... claro, con las costumbres de un burro...
Era tanto el ruido que hacía, que los demás se apartaban y lo dejaban por imposible. Pero, el pobre rucio, no quería darse cuenta.
Luego, en su pesebre, volvían a sujetarle la correa del cuello a la anilla de hierro que había en la pared...
Allá que estaba nuestro borrico tan contento y feliz. Claro como era el rincón de la paja... De su paja...Una paja limpia, bien puesta y bien cuidada cada día, sólo para él.
Hubo una vez, que al moverse el viento, la puerta que tenía detrás, le golpeó inesperadamente en el trasero... ¡¿Pero cómo?!... ¡¿Vienen a molestarme en mi casa?!... -rebuznó enojado mientras seguía masticando la paja- ¡¡Esta es mi casa y en ella hago lo que quiero!!- gruñó, al tiempo que soltaba tremenda coz a la puerta.
Esta, robusta como ella sola, a causa de la reacción de la coz y ayudada de nuevo por el viento, volvió a golpearle con más fuerza en la grupa.
La reacción del pollino, aferrado a esas costumbres que no quería cambiar, fue cocear también más fuerte... La puerta, por supuesto, volvió a devolvérselo más fuerte aun... Y así estuvieron un rato el borrico y la puerta... coz va y portazo viene... Por supuesto, el borrico, gritando como un desesperado que; esa era su casa, que hacía lo que quería, que era libre, y no pensaba cambiar en nada su forma de ser... Y la puerta, vuelta una vez y otra a devolver el golpe... Hasta que, la coz del borrico fue tan intensa, que sacó la puerta de quicio, quedándosele incrustada en la grupa, mientras el pobre se desgañitaba:
-¡Soy libre!... ¡Soy libre! ¡Esta es mi libertad y no pienso cambiarla!...
Al oír tanto ruido y tanto lamento, se acerco uno de los ratoncillos que se colaban por los agujeros de la cuadra...
-¡¡Pero... serás borrico!!... ¡Si quieres ser libre!... ¡Si de verdad quieres ser libre, muerde de una vez esa correa que te ata a la pared y te mantiene anclado aquí!!... ¡¡Y deja de cocear ya a ciegas!!... Si te hubieras parado a escuchar, un solo minuto, te hubieras dado cuenta de que eso era el viento. ¡¡El viento!!.. Ese sí que es libre y no tú... Él va donde le place, y cuando quiere se amolda al paisaje. Cuando lo hace así siempre es bien recibido. En cambio tú, por esa paja segura, no has intentado nunca morder la correa que te ata a tú cuadra... Y por querer conservar tus costumbres, por ser preso de tus costumbres, no eres bien recibido más que en otras cuadras...
Y allí quedó nuestro liberal borrico, en el rincón de la paja segura, con la correa de sus costumbres al cuello, y con una puerta rota incrustada en el culo por andar por la vida coceando a ciegas...
¡Ah! Y viviendo en una cuadra fría, pues se quedó sin la puerta que le daba calor, a causa de sus coces...
Moraleja:
-Cuando pidas el derecho de libertad que nos pertenece a todos, párate de vez en cuando, escucha y observa a los demás. No vaya a ser que buscando ser libre, acabes preso... De ti...
Requeterreeditado porque... porque... ¡Pues porque viene a cuento!... Y porque no aprende... Y porque no hay manera... Y porque las coces no cesan... y siguen... y siguen... y siguen.... y a este paso, creo podré hacer una reedición mensual....
El Sr. Misifú, era un gato señorón. De esos privilegiados, que tienen la suerte de vivir en una gran mansión, rodeado de lujos, placeres y comodidades. Era endiabladamente inteligente, por eso, sabía disfrutar como buen sibarita de todos los placeres habidos y por haber, incapaz de apiadarse de los desafortunados. Estaba convencido de que cada uno tenía lo que se merecía...
Astuto. Muy astuto. Con la socarronería propia de quién une a estos ingredientes, la experiencia de la veteranía, que como ya sabemos es un grado. Y él poseía más de uno.... en realidad uno por cada lustro, lo que sumaban un total de unos... ¿Cien?...
A pesar de tener satisfechas las necesidades principales, le costaba olvidar su innato instinto de cazador. Por ello, se divertía probando sus garras con los inexpertos ratoncillos que cometían la imprudencia de cruzarse en su camino. Su intención no era comérselos, no. El fino paladar de Misifú, estaba acostumbrado a otras exquisiteces. El solo hecho de pensarlo le hacía torcer los bigotes. Definitivamente, aquellos vulgares ratones, no eran plato de su gusto. Sólo suponían un mero divertimento entre las zarpas de aquel gato egocéntrico, narcisista y caprichoso, algo para amenizar las tediosas horas del día que pasaba en soledad... Eran tantas...
Barrio selecto el suyo, frecuentado por otros gatos de alcurnia. Todos se conocían y se respetaban; entre gatos de pedigrí, no iban a pisarse... la cola. Aunque, de vez en cuando, alguno recibía un zarpazo al osar intervenir en juegos, de gato y ratón ajenos.
Sólo una gata; con tanto o más pedigrí que los ellos, era capaz de mantenerlos a raya cuando sus travesuras con los inocentes ratoncitos se convertían en crueles. Tenía, esta gata, bien afiladas las uñas... y la lengua… Por eso, no se metían demasiado con ella. Sabían que podían salir lastimados... Aunque, si el aburrimiento era muy grande, también probaban con ella.
El Sr. Misifú, salía al porche cada tarde a tomar el sol, muy estirado y engominado. Tumbándose plácidamente en su pomposo y exclusivo almohadón de plumas, a observar pasar la vida con semblante tedioso.
Las ratas, más veteranas y experimentadas que los ratoncitos, sabían que a la sombra de aquel gato, siempre había cosas buenas que llevarse a la boca.
Cautelosas, dejaban que el caprichoso gato jugara con ellas. ¿Qué podrían perder? Eso les afinaba la astucia, y en recompensa se alimentaban de manjares que no encontrarían en otros lugarares. Claro, que… Siempre había alguna cándida que, confiada, se acercaba demasiado y resultaba lastimada; por su lengua viperina, más que por sus zarpas... Desde luego, esa aprendía para la próxima vez… Todo tiene su parte positiva.
Estas roedoras, también eran objeto de las bromas del Sr. Gato, pero no era tonto, sabía que poseían dientes afilados; si las provocaba demasiado podían morder fuerte. Y no le interesaba que dejaran de pasearse por su jardín, la verdad es que lo entretenían; y hasta podía tener largas e interesantes charlas con ellas, además de mantener siempre bien alimentado el ego, pues las muy ladinas sabían adularle cuanto hiciera falta a sabiendas que unas cuantas palabras, que no sentían, les proporcionaba pingües beneficios... No obstante, la debilidad de Misifú, eran los incautos ratoncitos. Astuto y retorcido; les permitía confiarse. Se le acercaban, jugueteaban con él, y él con ellos, como un buen camarada, hasta que... Se tomaban demasiadas confianzas. Cuando el Sr. Gato consideraba que se le estaban subiendo a los bigotes, o podían hacerle sombra, les asestaba uno de sus virulentos zarpazos para ponerlos en su sitio y demostrarles que allí, quién mandaba era él.
Cuando los ratoncitos, heridos en su orgullo, le recriminaban su actitud, Misifú, con aire fastidioso, clamaba a los cuatro vientos: -¡Qué poco aguante tienen los ratoncitos de hoy en día!.. Los pobres roedorcillos conscientes de que en todo aquello, ellos eran los más débiles, tomaban la decisión de no volver por aquel jardín. Era hermoso, sí. Pero tampoco era el único.
El cruel gatazo, satisfecho por su hazaña, volvía a arrellanarse en su cómoda atalaya, convencido de que gracias a él, aquel jardín se mantenía siempre limpio de ratoncitos mocosos y llorones.
Su enorme ego le impedía ver que aquel hermoso lugar se estaba quedando ya sin roedores vivarachos y divertidos. Cada vez había menos vida joven con ganas de hacer cosas. Sin ellos, otro tipo de alimañas irían ganando territorio...
No soy lo que buscas, soy lo que encuentras... En definitiva, soy; con eso tengo bastante...
Mas vieja de lo que me gustaría, pero bastante más joven de lo que les gustaría a mis "amigas"...
¿Mis aficiones?... Pues depende:
Unas son más caras de lo que me puedo permitir.
Para otras, (la mayoría) dependo sola y exclusivamente de mi misma:
mi garganta, mi imaginación, mis manos, mi esfuerzo...
Einstein y yo estamos estrecha, íntimamente ligados; por la ley de la relatividad:
Soy relativamente alta, relativamente guapa, relativamente delgada (aplíquese aquí el mismo varemo que con lo de la juventud...) relativamente feliz... Y no me quejo...
Relativamente.......
"EL QUE NO IMAGINA NUNCA, ES COMO EL QUE NO TANSPIRA... ALMACENA VENENO"... (Thruman Capote
Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales. (Mahatma Gandhi)