La cita siguiente transcurrió de forma agradable. Cuando Clara conseguía olvidar que estaba allí bajo coacción, hasta era capaz de disfrutar con las atenciones que aquel hombre cálido, de apariencia fría, sabía prodigarle.
No obstante, se hacía esperar.-Sin duda, Darío disfruta prolongando la agonía- pensaba Clara- ya han pasado dos meses desde la última…
Aun así, no podía olvidar el incidente en los servicios del restaurante, un par de citas atrás. Ni el cúmulo de sensaciones encontradas que la invadieron tras aquel violento episodio.
¿Quizás él se arrepentía de su conducta, e indultarla del último plazo, era su forma de pedirle disculpas?… Rápidamente se reprendía por esa ingenuidad infantil que se negaba a abandonarla.
Hacía bien; nada más lejos de la realidad...
A él le costaba un mundo espaciar tanto sus encuentros con ella, pero necesitaba que el tiempo enfriara el mal recuerdo de tan deleznable conducta en la mente de Clara.
Centraba su atención en los negocios, combatía así la ansiedad por verla, poniendo distancia física, con prolongados viajes de negocios.
Darío era ahora un tipo al que le sonreía la suerte. De naturaleza inteligente; conocía como nadie el fondo del arroyo, por eso sabía aprovechar sacando la mejor tajada de las oportunidades. Su mente práctica y fría, era capaz de oler a la legua los buenos negocios convirtiendo en oro todo cuanto tocaba.
En esos meses puso el alma en ello; era la única forma de poder sacarse a Clara de la mente.
Como es lógico, esa dedicación obtuvo sus frutos. El patrimonio de la empresa creció notablemente. Tanto que pusieron paquetes de acciones en bolsa, siendo consideradas estas como una buena oportunidad por los inversores.
Los éxitos le hicieron sentirse poderoso, quizás por ello consideró que había transcurrido el tiempo suficiente para reanudar lo que quedó aletargado.
La cita, siempre bajo sus condiciones, empezó tensa. Clara se mostraba recelosa, como un cervatillo presto a escapar a la menor señal de peligro.
Darío, desplegó el amplio abanico de sus dotes de seducción, persuasión y paciencia. En el marco adecuado, tomándose el tiempo necesario, consiguió que el incidente del restaurante quedara, si no en el olvido, por lo menos en un segundo plano.
Una velada con aquella mujer era una verdadera delicia. Se reprendía por haber desperdiciado en los encuentros anteriores a tan magnífica conversadora.
Hablaron de mil cosas, abordaron temas que interesaron a los dos y que, en muy raras ocasiones, podían compartir con otros contertulios.
Se sentían realmente a gusto. Solo una cierta intranquilidad, por parte de la mujer, empañaba la velada.
Clara sabía por, y para, qué estaba allí. Aunque quería relegarlo al lugar más recóndito de la mente, el subconsciente la traicionaba, haciéndole dar pequeños respingos ante cualquier contacto de Darío, daba igual que estos solo fueran producto inocente de la conversación.
Claro que, la compañía, la conversación, la cena y… Sobre todo el vino, contribuían a distender el ambiente. Una cosa fue llevando a otra, cada vez estaban más juntos. El brazo de él sobre los hombros de la chica y un sensual beso en los labios, les anunció que era el momento de cambiar de escenario.
Esta vez todo transcurrió de forma algo más convencional.
Besos, caricias, penumbra... El deseo era creciente en los dos. Tras cerrar la puerta principal del ático, los labios de Darío fueron encendiendo regueros de lava por el cuello y los hombros de Clara, mientras la ayudaba a despojarse de las primeras prendas.
Un leve gemido escapó de los labios de ella, era la señal de aprobación que esperaba para proseguir. No quería precipitarse otra vez. Todo debía ser perfecto.
La hizo girar para apoderarse de su boca, a la vez que las manos acariciaban con sensual delicadeza aquellos senos deseados.
La mujer rodeó el cuello masculino, abandonándose a las sensaciones que él, como nadie, sabía despertar.
Deliciosa, le encantaba sentir su entrega, saberla vulnerable a su contacto. La deseaba desesperadamente. La tomó en brazos y juntos llegaron hasta el enorme lecho que presidía la habitación.
Unos instantes bastaron para que se convirtieran en un par de volcanes en erupción. Por ello la ropa de ambos no tardo en yacer revuelta en el suelo. Igual que, momentos después yacerían ellos; enmarañados, unidos, sudorosos y exhaustos entre las sábanas.
Al cabo de unas horas Clara abrió los ojos. Lentamente tomó conciencia de donde estaba...
Le gustaba, se sentía bien. Hasta su nariz llegaba el aroma que desprendía el regazo masculino.
Respiraba acompasadamente, tranquilo, con semblante satisfecho. La verdad es que no le hubiera importado permanecer ahí por siempre, si no fuera porque…
Con sigilo fue liberándose del abrazo de Darío que dormía placidamente.
Envolvió su desnudez con una de las sábanas y tomó asiento en la confortable butaca al lado del gran ventanal… La noche empezaba a romperse con los primeros rayos del día.
Así, en esa penumbra, contemplaba al hombre que unas horas antes la había hecho volar… ¿Qué le estaba pasado? ¿Qué sentía por él?
Debía reconocer que, a su pesar, aquel hombre arrogante había dado un giro a su aburrida vida.
Amaba a su esposo, sí lo amaba. Pero Darío había despertado a una mujer pasional que desconocía; una Clara cuya libido brotaba a flor de piel tan pronto oía aquella voz grave. Su cuerpo reaccionaba con vida propia ante cualquier mirada de deseo que él le dedicara.
Con su esposo, el terreno sexual era tranquilo, convencional. Placentero sí, pero todo dentro de un orden, todo perfectamente predecible y planificable.
Solo en contadas ocasiones tenía cabida la improvisación.
Ya le parecía bien, tampoco había conocido nada mejor. Pero ahora…
Le hubiera gustado poder hacer una composición de los dos:
La conducta ética y la forma de hacer negocios de su esposo, que tanto respetaba y admiraba, por un lado y la osadía erótica de Darío por otro…
-Sí, sería el hombre perfecto- pensó mientras se dirigía a la ducha… -Es increíble lo que un minúsculo pedazo de tela negra ha llegado a cambiar mi existencia- meditaba recordando el incidente con el tanga en su primer encuentro en la fiesta de disfraces- ¡Dios! Pero si después me he comprado decenas… Cerró sus pensamientos al tiempo que el paso del agua en la ducha…
Se vistió en silencio, no quería estar allí cuando despertara, sencillamente porque sus sentimientos encontrados le iban a poner difícil la actitud a tomar…
¿Desearle buenos días con una sonrisa?... ¿Contestar fríamente a su saludo, en respuesta por la situación?... ¿Después de la respuesta de su cuerpo la noche anterior?... La iba a tomar por una histérica… Lo mejor era marcharse sin hacer ruido… Huir… Sí, huir…
Los días pasaban, en cualquier momento tendría lugar la última cita. ¿Qué pasaría después?...
La mente de Clara era un cúmulo de pros y contras. Su mundo interior estaba patas arriba. Darío le había hecho conocer una parte de ella que ignoraba y que, aunque le molestara reconocerlo, le gustaba.
Había intentado introducir esos cambios en su matrimonio, pero Fernando se había acomodado a lo de siempre, no era hombre que aceptara los cambios fácilmente.
Por otro lado, le fastidiaba enormemente que Darío dijera la última palabra, coaccionándola con el chantaje. Su naturaleza rebelde le mordía las entrañas…
Cuando despertó, solo el vaho en el cristal del baño daba muestras de que Clara había estado allí, no hacía demasiado. ¿Por qué esa acción furtiva? No lo entendía… Quizás nunca entendiera a las mujeres… ¿No era de lo que se quejaban todos?...
Pasaron dos semanas, volver a verla era ya una necesidad vital… Sería la última vez… No le gustaba la idea pero, en esos momentos no encontraba la forma de retenerla durante más tiempo sin faltar a su palabra, y eso era lo último que quería hacer… Era de los que aun pensaban que, el cumplimiento de una palabra dada, diferenciaba a los hombres honestos, de los que no lo eran, aunque debía reconocer que con Clara no lo había sido demasiado.
Desde hacía unos meses, un grupo accionista italiano se había hecho con el control de una parte importante de las acciones sacadas en bolsa. Eso le tenía inquieto, consideraba que podía ser peligroso para su seguridad financiera y laboral, así que pensó que lo mejor era organizar una cena para hacer las presentaciones, y según como fuesen las impresiones mutuas, acabaría derivando en una cena de negocios. Podía proponerles asociarse, puesto que parecían gozar de un buen capital.
Pensó en darle el papel de anfitriona a Clara, una cara bonita siempre distiende cualquier reunión de negocios, y ella además de eso, tenía una conversación amena y una mente despierta para los negocios…
Se felicitó por la buena idea. De paso, cuando los invitados se marchasen, podrían prolongar la velada. Hacerla intima e inolvidable. Sería el broche ideal de sus encuentros.
Para que no tuviera excusa, se las ingenió de forma que su esposo tuviera que estar en viaje de negocios, quedando solo ella para salvar el patrimonio familiar.
El equipo de catering, lo tenía todo en su punto y dispuesto cuando ella llegó. Fue la primera, como él le había pedido.
Estaba deslumbrante… Sencillamente deslumbrante. Arrastró sin disimulo la mirada por la figura femenina, ceñida por el vestido negro, largo, cuyo generoso escote permitía, algo más que adivinar la voluptuosidad de sus hermosos senos. Reparó complacido en la exquisita perla que tentadora descansaba entre ambos.
Tuvo que hacer acopio de toda su templanza para no hacerla suya en ese mismo instante.
El recogido en la nuca la favorecía. Le daba un aspecto maduro, pero frágil. Los mechones que descuidadamente caían alrededor de su rostro, le restaban seriedad. Aunque… Había algo distinto en ella…
Darío no alcanzaba a saber qué… Era como si…
En cualquier otro momento, cuando él la miraba con esa insolencia, ella bajaba la vista notablemente ruborizada, en cambio, aquella noche… Le sostenía la mirada, con gesto desafiante… De las verdes pupilas salían destellos que amenazaban con abrasarle. ¿Qué le pasaba a aquella desconcertante criatura? ¿Qué se traía entre manos?
La llegada puntual de los dos invitados, le impidió intentar averiguarlo. Tendría que dejar las indagaciones para más tarde.
Tomaron asiento en la mesa circular, Clara hizo despliegue de toda su coquetería femenina, cuando se lo proponía podía ser realmente seductora, tenía a los dos italianos comiendo de su palma, pero había algo… Darío no alcanzaba a saber qué…
Sentía como si sus tres invitados ya se conocieran de antes, parecía increíble que hubieran congeniado tan rápidamente. La complicidad era tanta que a él, hasta le resultaba molesta… ¿Estaría sufriendo un ataque de celos?
En estos pensamientos estaba cuando el pie de ella empezó a juguetear por dentro de la pernera del pantalón. Tras salir airoso de la sorpresa inicial, consiguió que encima de la mesa la conversación continuara desarrollándose con aparente normalidad.
Sus invitados italianos satisfacían con sus explicaciones la curiosidad sobre las actividades de la empresa. Así supo que, por el momento solo se dedicaban a la inversión, pero no descartaban especializarse y profundizar un poco más en el mundo de la publicidad…
A Darío le estaba costando procesar toda esa información. No por que fuese complicada, sino porque el pie de Clara seguía su excitante camino. Ahora ascendía ya por la pantorrilla; suave, sensual, enloquecedoramente lento, pero… ¡¿Cómo podía mantener ese semblante de niña inocente?!...
Hablaba con todos como si, lo que estaba ocurriendo encima y debajo de la mesa, perteneciera a dos mundos distintos.
Ella también se interesaba por las actividades de los dos invitados y los planes de futuro.
Escuchaban sus proyectos, durante la degustación del postre.
En algún momento, ella dejó descansar la mano en el muslo masculino. Por lo visto se había propuesto ponerlo a prueba durante toda la velada. Los músculos de su rostro se tensaron cuando la mano femenina alcanzó el que, sin duda, era su objetivo…
Era ella la que hablaba ahora, todos la miraban, pero obviamente no con la misma intensidad. Seguía como si nada, los miraba a todos al hablar. Continuaba la conversación con toda naturalidad. En ningún momento puso la vista de forma especial sobre nadie.
La frente de Darío empezó a brillar de forma notoria al sentir como la mano de la mujer traspasaba las últimas barreras que la separaban la meta… ¡¡Dios!!... ¡¡Pero qué pretende!!... Una mezcla de irritación, desconcierto y excitación, amenazaba con hacerlo explotar. Lo más disimuladamente que pudo, intentó hacerla parar… No lo consiguió… y era evidente que no lo iba a conseguir de forma sutil…
¡¡Dios aquella mano seguía avanzando en su propósito!!... ¡¿Intentaba volverlo loco?!...
En unos instantes de lucidez, Darío recompuso su atuendo y pidió disculpas para ausentarse unos instantes.
Al salir, pidió a Clara que le acompañase un momento. Tan pronto desaparecieron de la vista de los presentes, se abalanzó sobre ella agarrándola con rudeza por los hombros, mientras besaba su escote:
-¡Mujer! ¡¿Se puede saber qué te ocurre?! ¿Te has propuesto arruinar la reunión?
-¿Qué pasa?- ronroneó provocadora- ¿No te gusta que tome la iniciativa?... Pensaba que te gustaban los juegos.
-Pero… ¡¿Te has vuelto loca?!... Me estás volviendo loco a mí- espetó a punto de perder los estribos- ¿Te has tomado algo antes de venir aquí?
-No querido, Solo estoy poniendo en práctica todo lo que me has enseñado en estos meses. ¿No te gusta saber que soy una buena alumna?
-¡¡Bruja!!... Sabes que esta es una reunión de suma importancia, está en juego el futuro de la empresa. ¿A caso quieres arruinarla?
´¡¡Bah, no seas tan conservador!! Ellos no se han dado cuenta de nada…- dijo apretándose contra el cuerpo varonil…
-¡¡¡Zorra!!!... Espera a que se larguen… Te voy a enseñar unas cuantas cosas más…
-Ummm… No seas tan engreído… Quizás sea yo, la que te enseñe algo a ti…
Terminó su enigmática frase fundiéndose en un largo y húmedo beso. Tras lo cual volvió al comedor dejando a Darío a punto de convertirse en cenizas por su propia combustión…
Sorprendido y excitado por las palabras de ella tuvo, obligatoriamente, que pasar por el servicio. Necesitaba refrescarse y calmarse antes de reaparecer en el salón.
La velada transcurrió dentro de los cánones de la cortesía, si bien, Darío se vio obligado a guardar las distancias con aquella provocadora criatura; aquella gata en celo, en la que se había convertido Clara en esa noche.
La conversación de negocios consiguió llegar hasta la asociación con los inversores. Esta corporación, significaba una inyección saludable de capital, pero también el cambio de posición en las funciones de Darío dentro de la misma. A partir de entonces pasaría a tener que rendir cuentas a un superior, algo a lo que ya no estaba acostumbrado, tendría que adaptarse, por el interés de la agencia y, claro está, por el propio.
Cuando se marcharon, en el apartamento solo quedaban los responsables del servicio de catering. Estos se movían con eficacia y rapidez en su tarea de recoger y ordenar todo antes de marcharse, sin reparar en nada más…
Darío se refugió momentáneamente en su despacho, sentado en el sofá con los ojos cerrados, pretendía dejar trabajar sin presión a los del catering, y a la vez, aclarar su mente…
No pudo… Clara entró sin llamar, contoneándose provocadora, como había hecho durante toda la noche. Al llegar a su altura, se arrodilló entre las piernas masculinas dispuesta a terminar la excitante labor que había dejado a medias durante la cena.
El hombre intentó apartarla, le incomodaba sentirse dominado, pero la determinación de ella fue más rápida. Y la maestría que demostraba en lo que estaba haciendo, dieron al traste por completo con las pocas reservas que aun le quedaban…
-¿Dónde ha aprendido, una chica con tan buena formación como tú a hacer estas cosas?- musitó con voz ronca y entrecortada, restándole toda la mordacidad que, en principio, quería imprimirle…
-Ummm… soy una buena alumna… aprendo rápido… -Logró comentar entre breves interrupciones de su labor- ¿Es que no lo hago bien?…
-Ufffff…. Como toda una profesional… -Seguía intentando ofenderla y recuperar así algo de control…
-¿Cómo lo sabes?... ¿Tienes mucha experiencia en eso?... ¿Las frecuentas mucho?...
-Lo suficiente para reconocerlas…
Ella le lanzó desde su posición, uno de sus dardos verdes. Pero continuó sonriendo provocadora mientras lo llevaba al éxtasis.
-Yo no te obligo a estar aquí- dijo, rememorando algo que él le había dicho en otra ocasión- si te molesta, paro ahora mismo… --Dijo a la vez que se esmeraba aun más.
-¡¡Ni lo intentes!!...
Clara reptó por el cuerpo masculino hasta alcanzar sus labios. Darío resoplaba cada vez con más fuerza. Apresó los labios femeninos, a la vez que la despojaba por fin de su vestido. Las manos de él se perdían entre los pliegues de la sedosa y cálida piel. Buscaba y redescubría su delicioso cuerpo. Activaba como nadie los resortes conocidos. Estimulaba hábilmente los nuevos y recónditos… Clara, gemía, suspiraba, se agitaba, presa del deseo animal, instintivo, incontrolable...
No cabía duda, perder a Darío como amante, sería un error. Una verdadera catástrofe en su vida… Ahora que había conocido las mieles de su propio potencial, le iba a ser muy difícil ahogarlo de nuevo. Prescindir de ello…
Darío la llevaba al éxtasis, tan pronto como se lo proponía. Estaba perdiendo las riendas... No debía dejarle. Quería ser ella la que llevase la iniciativa...
Se apartó como pudo y comenzó a desabrocharle la camisa. A cada botón su lengua exploraba la piel que descubría. Seguía descendiendo, lamiendo y explorando todo cuanto encontraba a su paso; lanzando miradas llenas de lujuria que aumentaba al percibir la expresión de él. Aquella expresión de deseo la hipnotizaba y la alentaba a seguir.
Volvió a ascender de la misma forma, reptando por el cuerpo de él, hasta convertirse en una deseable y enloquecedora amazona sobre Darío cuando estaba a punto de llegar al límite de su resistencia...
Es tan hermosa… ¡¡Como la deseaba!!... Tanto; que un leve movimiento bastó para unirlos; intima, profunda, apasionadamente… Dando comienzo a una deliciosa danza primitiva… Lenta al principio… In crescendo... Las manos de él atormentaban sus pezones… Las de ella, se aferraban al pecho masculino, para no caer… La danza proseguía… Frenética… Una sinfonía de jadeos y abrazos… Sin tregua… Sin pausa... Sin vuelta a tras… Hasta quedar exhaustos, saciados… Entrelazados… En paz….
Abrazados todavía, recuperando el ritmo en la respiración:
-Bufff… Nena… ¿Te has propuesto hacer inolvidable la última cita eh?... -Quieres que te suplique para que te quedes… ¿Es eso? ¿Verdad?
-Ja ja… Pero qué engreído eres… Solo quería que hoy fuese diferente. Que vieras de lo que soy capaz. Que sintieras a la mujer que has despertado... Que he descubierto… Que esta sea la última cita, o no… Sólo depende de ti.
-Una mujer inteligente, deseable, arrebatadora… ¿Significa eso que quieres que sigamos viéndonos?... Tu, “compromiso”, ha concluido ya eres libre. Esa fue mi palabra, ya no hay nada que te obligue conmigo. Nada debes temer… Cumpliré lo pactado, soy hombre de palabra- dijo esto con un cierto deje de pesar.
-Quizás yo a ti, ya no te deba nada… En realidad, nunca te he debido nada... Pero tú, no puedes decir lo mismo con respecto a mí…
-¿Qué quieres decir?... No comprendo…
-Quizás, yo ya no deba temer tu chantaje, pero tú… Si deseas continuar con tu vida de ejecutivo, y su cómodo nivel social, no permitas que cambie nada… Nada… Nuestros encuentros han de ser tan satisfactorios para ambos- dijo esto dándole toda la intención de la que fue capaz- como lo han sido hasta ahora…
Darío se apartó de aquel abrazo, como si le quemaran, para poder mirarla a los ojos… Ella, con pose ingenua, esbozó una sonrisa maliciosamente inocente, para añadir juguetona:
-Si quieres conservar tu posición en la empresa, solo tienes que continuar sirviéndome más momentos como el que acabamos de vivir…
-¿Qué te hace presumir tanto poder sobre mí?... ¿Acaso tienes un látigo?...
-Nooo… mucho mejor… Tú eres inteligente y te gusta la buena vida y yo… Desde hace unas horas soy la poseedora del sesenta y cinco por ciento de la agencia… Carlo y Roggerio, son mis representantes… Soy, yo, la persona con quien te has asociado durante la cena…
- ¡Serasss!..-No sabía que sentimiento era mayor, la rabia, el asombro, la incredulidad- ¿Dónde has aprendido tanto sobre negocios y finanzas? ¿En el mismo lugar que tusss… otras habilidades?- Quiso ofenderla, pero no lo consiguió. Clara estaba exultante, disfrutando palabra a palabra, momento a momento de su, pequeña, gran victoria…
- Mi querido y arrogante amor… Todo lo aprendí de ti, de tus éxitos... Pero también de tus errores...
Uno de ellos, el mayor, fue el mismo que solemos cometer todos en esta, deshumanizada, sociedad…
Tuviste la torpeza de poner a Tomás en el mismo lote que sus muebles antiguos, al tomar posesión de este ático…
Afortunadamente, en mi costosa formación, esa de la que te mofas continuamente; me enseñaron a respetar, escuchar y dejarme guiar por la experiéncia de los mayores.
Sobre todo por los que me aprecian y Tomás siempre se ha portado como un padre conmigo… Fue fácil. Con él, con su experiencia, con su saber hacer; aprendí todo lo necesario para moverme con soltura y eficacia en el mundo de las finanzas y los parkets…
Con su sabio asesoramiento y mi innata predisposición, solo he necesitado unos meses para poder estar a tu altura en los negocios y…. Ahí tienes... Pavesse Projects…
Hoy accionista mayoritaria de la que considerabas tu agencia de publicidad… Y por lo tanto… Tu Superior… La misma que puede rescindir tu contrato cuando no te necesite… Pero no temas; si continúas siendo tan resistente, excitante y eficaz como hasta ahora, no tengo la minima intención de cambiar nada... Por supuesto, deberás conservar tus dotes… y tu exquisita discreción…
Darío se movió incomodo en el asiento, al comprender que aquella dulce e inofensiva zorra le había atrapado… Aun así quiso saber:
- Pero… ¿Pavesse?... Es un nombre italiano… ¿Qué tiene que ver contigo?... ¿De donde lo has sacado?...
Mirándolo con su mejor cara de inocencia, aun colgada de su cuello y dibujando con la punta del dedo el tenso mentón varonil respondió:
- Ahaaah… Mi querido egoísta… ¿Cuándo te han interesado a ti mis intimidades, más allá de las que cubren mis vestidos?... Yo, como casi todo el mundo en este país, tengo dos apellidos… Nunca adivinarías cual es el segundo...
Estaba disfrutando como nunca viendo las expresiones cambiantes de Darío.
-¿Y qué te hace pensar que accederé tan facilmente a tus caprichos?... Puedo olvidarme de todo y empezar de nuevo, ya lo he hecho otras veces, y lo sabes… Pero primero claro está, me ocuparé de que, a tu esposo, no le quede ninguna duda sobre la clase de bruja con la que está casado…
-Sí, podrías… Es tu elección… Pero te consideraba un tipo inteligente… Yo, ya no dependo de nadie… Solo perderé un marido que, si me deja, habrá demostrado no amarme tanto como dice… En cambio tú... ¿Ya has pensado en todo lo que perderás tú?… Concluyó sonriendo mientras dejaba que la contemplara en todo su esplendor… No, no solo estoy hablando de esto...
De nuevo cruzamos las miradas; la mía, tímidamente implora clemencia, la tuya cruelmente sincera y acusadora. ¿Acaso me juzgas? ¿Con qué derecho?.
Hace tanto que se produce esta situación... Pero no siempre fue igual, te has endurecido con el tiempo.
Antes me mirabas con cariño, con benevolencia, escudriñándome a la menor ocasión, pero no me importaba era por mi bien. A mí me gustaba lo que veía, quizá hubiera cambiado algunas cosas, pero me gustaba verte.
Con el tiempo me jugaste alguna mala pasada; tú, me mirabas de una forma extraña y yo, no estaba segura de lo que veía en ti. Hasta el punto que me indujiste a cometer alguna que otra locura... Por fortuna entré en razón y lo superé. Y fui capaz de aguantarte la mirada.
Después; la imagen que tenías de mí se fue transformando, a veces mejor, otras peor... Tenías días... Yo también...
Aunque, últimamente... Últimamente empiezas a ser insoportable. Soy invisible para todos menos para ti, claro, y tu para mi... Delatador, no te callas ni una sola de mis liviandades, pero... De verdad... ¿Es necesario que siempre seas tan repulsivamente sincero?... A veces, aunque solo fuera muy de vez en cuando... ¿No podrías ser algo clemente y mentir? Una mentirijilla. Solo una. Pequeña, piadosa. Suficiente para hacerme asomar al día segura de mí misma...
No. Nada. Es inútil. Eres incapaz de engañar...
Pues ¿Sabes? Pienso que no te mereces ser el primero que me mire cada día. No señor...
¡Que lo sepas!...Estoy considerando muy seriamente trasladarte al desván, en un merecido destierro... ¡No! No me mires así... En tu lugar, colocaré algún cuadro amable, primaveral. O una fotografía de esas que te animan el día... Si, está decidido. Quedas condenado al exilio. Por lo menos hasta que seas un espejo parlante; bueno y capaz de darle a tu ama más miradas de cal que de arena... ¡Tú te lo has buscado! Ya no me tiranizas más..
Un día cualquiera
Despuntó con las luces del alba, que lo llevaron al mediodía. Jugando con luces y sombras llegó el ocaso, hasta que la negrura de la noche le insinuó el fin de su vida.
He aquí el breve relato de un día. Cualquiera. Capaz, en su presencia fugaz y caprichosa, de transformar y volver del revés nuestra propia historia.
Ni piedra ni flor
Hubo una vez una flor, a la que no le dejaban ser flor, porque tenía que ser piedra.
Más no fue una buena piedra, pues carecía de vocación, porque quería ser flor.
A escondidas, cuando nadie la veía, volvía a intentar ser flor.
Con timidez extendía las hojas. Las cuidaba, sacudía y observaba su reflejo en el lago. Y… Y las volvía a guardar, y seguía siendo piedra, a la vista de los demás. Qué zaherían y anulaban, todo intento de ser flor.
El tiempo iba pasando y en cada ensayo; perdía un pétalo la flor. Y cuando ya, no quedaba flor… Decían, qué bien olía, qué bien hacia de flor… Si lo hubiésemos sabido, no la habríamos hecho piedra
Ahora, que ya no es piedra, ni tierra, ni semilla… Ni flor…
Un ser vivo
La primavera le hizo nacer a la vida y el verano fue el escenario donde desplegó su esplendor.
Con el otoño llegaron sus primeros cambios, hasta que, a la vista de todos ofreció su desnudez.
El frío invierno le enseñó a resistir y lo tornó fuerte, para en primavera volver a renacer cual ave Fénix de sus cenizas.
Así, año tras año, desde hace más de dos siglos, el viejo roble fue mudo testigo de nuestras historias. A veces tiernas, otras sorprendentes, absurdas ofuscaciones la mayoría.
Si el viejo roble hablara...
VANIDAD:
Allí estaba, como cada tarde; dejando que la melancolía fluyera por el arco y las cuerdas del viejo violín.
Cómplice de horas vacías. Camarada de mil conciertos de esquina obteniendo, por todo tributo unas monedas que le permitan cenar caliente esas noches de finales de otoño.
El efímero público, aprovechaba su ceguera para escuchar y después marchar sin, ni siquiera depositar una mísera moneda en la caja que yacía a sus pies.
Harto ya, de ver la ingratitud de todos con aquel virtuoso; cambié el letrero con el que solía mendigar limosna, por otro que confeccioné a tal propósito. Con mejor aspecto y una inscripción distinta al consabido: “Soy ciego y no tengo para subsistir ayúdenme con algo”.
Al poco rato las monedas empezaron a caer en la caja una tras otra, causando algo de confusión en el asombrado mendigo, cuyo oído había suplido con creces la falta de visión; como bien podíamos comprobar en cada recital vespertino.
Cuando ya decidió concluir; a tientas, pero seguro, se acercó a mí. Con voz queda y cerca del oído me preguntó:
-¿Qué le has hecho a mi letrero?- Metódico; con un cuidado extremo, le observé guardar su violín. Como el que guarda la joya más preciosa.- ¿Qué pusiste en él?- Continuó- Noté, por tus movimientos, que hacías algo con él, pero no alcanzo a explicarme qué...
-Ja, ja...Nada especial, amigo, nada especial... Me he propuesto sacar partido de la estúpida vanidad humana... Allí solo dice:
“La música es, como todas las artes, expresión sublime que nace de las almas sensibles.
Ella toca plenamente, las mentes inteligentes.
Si a usted le ha llegado, solo le pido a cambio una moneda,
Si no... no se aflija. Yo, se lo dedico gratis”....
Desde ese día, no solo cena caliente, ahora también tiene un lugar decente donde cobijarse...
(Reedición de algunos relatos, despues de rebuscar por el fondo de saco de mi blog. Estas son las favoritas de mi hija.)
El poeta catalán Joan Margarit ha sido galardonado hoy con el Premio Nacional de Literatura 2008 en la modalidad de Poesía por la obra 'Casa de Misericordia', editada por Proa.
Un arquitecto poeta
Margarit, que se define como poeta bilingüe en castellano y catalán, es arquitecto y catedrático de Cálculo de Estructuras de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, ya jubilado.
Su primer poemario, en castellano, lo publicó en 1963, volvió a publicar en 1965 y después de un largo paréntesis de diez años escribió "Crónica".
Larga trayectoria
A partir de 1980, inicia con "L'ombra de l'altre mar", su obra poética en catalán, en la que aparecen títulos como "Vell malentés", "El passat i la joia" o, más recientemente, "Calcul d'estructures", a las que se suma las antología "Trist el qui mai no ha perdut per amor una casa".
Se han publicado en castellano y catalán, además de "Crónica", "Luz de lluvia", "Edad roja", "Aguafuertes", "Estaciò de França", "Los motivos del lobo", "Joana" (dedicado a su hija fallecida) y "El primer frío".
La obra premiada, "Casa de Misericordia" se corresponde, según el propio autor explica en el libro, con uno de los poemas que contiene y que comenzó a concebir mientras visitaba una exposición sobre la Casa de Misericordia, donde podían verse fotografías y documentos ligados a la historia de esta institución.
Casa de Misericordia
El padre fusilado.
O, como dice el juez, ejecutado.
La madre, ahora, la miseria, el hambre,
la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos
en esta Casa de Misericordia.
El frío del mañana está en la instancia.
Hospicios y orfanatos fueron duros,
pero más dura era la intemperie.
La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.
Casa de Misericordia (Visor.2007, en edición bilingüe, y Proa 2007 en edición en lengua catalana) termina con un Epílogo en el que Margarit disecciona vida y poesía y en el que explica el título del libro de poemas. Copio de él:
"El título de este libro es el de uno de los poemas que contiene y que comencé a concebir mientras visitaba una exposición sobre la Casa de Misericordia, donde podía verse fotografías y documentos ligados a la historia de esta institución. Tres cosas quedaron en mi mente: en primer lugar, el edificio, enorme, austero y bruñido de tan limpio, con los niños y las niñas siempre graves y en orden, en pie o sentados, en un orden casi militar. En segundo lugar, las solicitudes, muchas de las cuales eran de viudas de asesinados en la represión del final de la guerra civil, que pedían el ingreso de sus hijos por imposibilidad de mantenerlos. En tercer lugar, los informes de los jueces y otros funcionarios del nuevo régimen sobre aquellas solicitudes.
Las Casas de Misericordia fueron instituciones de gran severidad, rayana a veces en la maldad, pensaba yo, recordando aquellos años de posguerra, los años de mi infancia, cuando eran referentes familiares en nuestra vida cotidiana. Y en este punto, me venían a la mente las solicitudes de las madres, y la conclusión era clara: la intemperie era mucho más espantosa. Por esto se afanaban para hacer que sus hijos entrasen en aquel lugar. Y en este punto, la mente daba un salto hacia la poesía, hacia lo poco que quizá servía un poema para ayudar a soportar el dolor y las carencias. Pero no hay nada más, y si esto es triste, mucho más triste es la intemperie sin los versos. La poesía: una especie de Casa de Misericordia"
Me acaban de conceder un primer premio de literatura erótica por este relato y he querido commpartirlo con todos vosotros, que al fin y al cabo siempre sois mi pista de pruebas....
En esta ocasión ha sido al revés, primero lo presenté al concurso, y despues... Os lo traigo... Je, je, je... Es que, me dió un poco de corte, porque este subía un poco más el tono que los que había colgado hasta ahora...
Pero, claro, al premiármelo he querido compartir mi alegría con vosotros...
Recordad que es "literatura erótica" ¿Eh?... Luego no se me quejen, que quién avisa no es traidor... Ya me contareis...
Dedico este premio a un duende, burlón y travieso. Alguien muy especial para mi...
EL INQUISIDOR
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Intentaba acostumbrar los ojos a la oscuridad. A duras penas podía moverse, solo lo que permitían aquellos grilletes. Sus oídos aun aturdidos captaban lamentos, seguramente de otros reos, y el caminar acompasado del guardia.
Intentaba recordar qué habían dicho, por qué había sido detenida, en su mente tomaban forma las imágenes envueltas en neblina… El golpe de la puerta al abrirse bruscamente. Un oficial gritando su nombre. Otros entrando tirándolo todo. La olla cayendo al fuego y partiéndose en pedazos. El gentío arremolinándose afuera, tratando de fisgonear y saber que pasaba...
Una a una le fueron llegando todas las escenas...
Un puño le golpeó la cara. Su última visión antes de desplomarse fue la cara del fraile sonriendo satisfecho… ¿Qué dijo?... ¿Qué fue lo que dijo?...
Un par de soldados la levantaron bruscamente del suelo, uno le escupió en el rostro, el otro la miró con la lascivia centelleando en los ojos. Pero de los labios solo salían palabras de desprecio.
El clérigo se acercó a ella con aquella sonrisa babeante que tanto la repugnaba. Estrujó sin piedad uno de los senos mientras le susurraba al oído: -Te dije que te haría pagar por arrastrarme al pecado- lamió el lóbulo haciéndola retroceder de repulsión y trayendo a su memoria una voz que deseaba olvidar-¡¡Berenice de Lampodier, la Santa Inquisición te acusa de brujería!!...
La sacaron de su casa a empujones, entre el griterío fanático de sus vecinos.
-¡¡Bruja!!
-¡¡Quemarla!!
-¡¡Que arda en el fuego!!
Totalmente enajenados le lanzaban objetos; uno de ellos alcanzó su frente e hizo que perdiese el conocimiento…
¡La Inquisición!… ¡Dios mío, estaba perdida!...
En aquel entonces, nadie que hubiera sido acusado de esa falta salía indemne…
¡¡Ese maldito fraile!!...
Lo maldijo. Lo maldijo para sus adentros con todas sus fuerzas ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquellos horribles días, en que solo era clérigo? ¿Qué no sería capaz de hacer ahora que era inquisidor?, ¿Pero es que no la había torturado ya bastante?, ¿Acaso no había conseguido de ella lo suficiente?, ¿Qué pretendía? ¿Qué más quería ahora?
No tenía con que luchar, estaba indefensa ante él. Ya había echo que perdiera todo cuanto tenía; sus tierras, sus palacios, sus posesiones, su posición en la corte, dejándola como una campesina más del pueblo. Haciendo que tuviera que buscarse como podía la subsistencia. Con todo lo que ello significaba para una joven y hermosa viuda de la época… Haciendo que trabajar para alguien, le fuera mucho más difícil que a cualquier otra mujer del pueblo…¡¡A ella!! ¡¡A Berenice de Lampodier!! ¡¡Cómo se atrevía!!
¡Ese maldito hijo de …! Consiguió con sus maquinaciones que el cobarde de su marido acabara quitándose la vida por intentar huir de él. Dejándola a ella indefensa y a su merced.
¿Qué importaba en esos oscuros tiempos la vida de una mujer?...
-No somos más que objetos sin ningún valor.-Murmuró para sí.
Una sombra se paró junto a su celda...
-¡¿Llamas a tu señor el diablo, maldita bruja?!- El guardián escupió esas palabras lleno de ira, odio y repulsión -Aquí el diablo no tiene cabida, puta, estás en el Palacio de la Santa Inquisición, sólo hay cabida para la misericordia de Dios, tu señor oscuro no tiene cabida aquí dentro.
-Mi señor es Dios, pero no lo veo por ninguna parte entre estas paredes. En cambio al diablo sí, ya está aquí dentro. Todos vosotros le servís y le seguís el juego, pobres incautos.
Se abrió la puerta y vio como la sombra, dueña de aquella voz, se acercaba a ella imponente, amenazante. Cogiéndola por los cabellos la levantó del suelo, los grilletes mantenían los brazos por detrás de su cuerpo lastimando sus muñecas.
Así, recibió un nuevo y violento golpe en el rostro que la hizo tambalearse, pero su torturador no dejó que cayera, para poder seguir golpeándola.
-¿Misericordia de Dios decís?- susurró rn un suspiro
-¡¿Aún imploras al diablo puta?!- Dijo lleno de ira lanzándola contra la pared. Por fin pareció haberse cansado de torturarla. Salió de la celda al amparo de la oscuridad y el silencio de los demás reos.
En sus aposentos; el fraile se sirvió otra copa de vino de la mejor botella que había en la bodega. Tenía que celebrar su triunfo sobre aquella maldita hembra. Era una bruja, una pecadora… Una mujer…- Pensó con desprecio.
Bebió de nuevo, acercándose a la ventana; la pequeña ciudad en sombras, se movía bajo su altiva mirada. Torció el semblante ante la visión de dos judíos y un árabe que paseaban charlando animadamente.
-¡Herejes!- escupió con desdén.
Un soldado llamó a la estancia.
-¿Qué queréis que se haga con la…?- Sopesó como tenía que llamar a la nueva presa
-¿Os referís a la bruja?, ¿A esa endemoniada pecadora?...
El soldado afirmó con un leve movimiento de cabeza. El clérigo meditó que hacer con ella; después de tanto tiempo buscándola no había pensado realmente que haría con ella cuando la tuviera… Pero daba igual, ya estaba en su poder y ahora era, el inquisidor, no un simple fraile como cuando lo conoció. Ahora tenía más poder del que ella hubiera podo imaginar nunca. Mucho más que aquella primera vez… Cuando conocío a la mujer de largos cabellos rojizos, joven, voluptuosa… Aquella hechicera cautivadora que le había hecho caer en la debilidad del pecado de la carne.
El soldado tosió sacándole de sus pensamientos.
-Por ahora y hasta mi orden, en los calabozos podéis hacer cuanto os plazca con ella, oficial- Le observó sonreír con lascivia, y recordó como había posado sus ojos en aquellos turgentes pechos cuando fueron a detenerla- Lo único que os prohíbo es que pierda la vida. Si la pierde…- Sostuvo la mirada del oficial -Pagareis con la vuestra...
Una vez que se fue el oficial, recostó su espalda en el sillón mientras recordaba a Berenice... La primera vez que la vio:
Se encontraba en la pequeña iglesia, sólo era el religioso en el que el inquisidor general empezaba apoyarse. Este veía pronta su muerte a manos de sus enemigos, y en el joven fraile; la fe ciega en la palabra de Dios, la lealtad hacía su persona y una rabia y un odio hacía los enemigos de la cruz, ya fueran sarracenos, judíos, herejes, adúlteros o… Mujeres...
El fraile le estaba dando instrucciones al párroco de aquella iglesia de parte del inquisidor general cuando ella entró del brazo de su marido.
La poca luz que entraba en la iglesia se reflejaba en su cabello y en unos ojos grises que traspasaron su alma. Sus caderas se movían suavemente, con gracia felina. El olor a jazmines que desprendía su piel impregnaba el aire de su alrededor. La cintura fina, parecía querer quebrársele en cualquier momento. Su cuello estilizado, blanco, suave… Invitaba a recorrerlo con la lengua, hasta llegar a aquellos senos firmes de alabastro, que asomaban voluptuosos de sus ropajes. Aun a pesar de ellos, se podía apreciar fácilmente el relieve de unos pezones erectos que reclamaban ser besados, lamidos, mordidos… Adorados…
El fraile sintió como su cuerpo volvía a despertarse ante la llamada incontrolable del pecado… Dándose la vuelta, imploró la ayuda del santo que le miraba con desaprobación desde el altarcito levantado en sus aposentos
Siguió recordando:
El marido despachaba sus asuntos con el párroco, ocasión que él aprovechaba para volverla a mirar; ella sonreía… ¡Aquella sonrisa!... Le hizo estremecer, solo con recordarla.
Durante la homilía no podía dejar de mirarla, sus ojos grises le habían hechizado, su boca se mostraba del color de los corales, carnosa, suave; la veía susurrándole bonitas palabras al oído, mientras él acariciaba su cuello hasta llegar a sus pechos para recorrerlos despacio, dibujando una y otra vez leves caricias en ellos, besarlos suavemente, lamerlos sintiendo el olor y el sabor de aquel joven cuerpo, aquella cintura le llamaba, aquellas caderas le incitaban a poseerlas. Se veía sobre ella, la oía jadear junto a su oído, la oía pedirle más, decirle que le necesitaba. Veía como arqueaba su espalda ofreciéndose deseosa a él. Gritándole que le amaba cuando estallaba su orgasmo; como le besaba ardientemente, como le suplicaba más.
El cuerpo del clérigo se estremecía de placer, sucumbía bajo el deseo…aquella mujer debía ser suya. Pasó a ser para él una obsesión.
Primero quiso averiguarlo todo del marido; un noble venido a menos por culpa de sus malas artes en las guerras donde había perdido parte de sus arcas, ya hubiera sido jugándose el dinero en apuestas o procurando ir a la batalla como su condición lo exigía.
Había perdido también parte de sus tierras en el juego o malvendiéndolas a otros nobles para subsanar deudas y eludir así la cárcel. En las pocas que le quedaban, solo había ancianos o niños que no podían trabajarlas. Los jóvenes habían ido marchado a las grandes urbes buscando la libertad y prosperidad que allá no encontraban.
Debía dinero a muchos y buscaba remedio en el fondo de un odre de vino, en tabernas de mala reputación, junto a gentes que necesitaban poca ofensa para retar con la espada. Con mujeres de sonrisa pícara, vida libertina y mano rápida.
El clérigo indagaba sobre la deuda del noble, amenazando con acusar de herejía a todo aquel que no le complaciera en lo que buscaba. No se le escapaba detalle, amparado en el anonimato, compraba cuanto vendía el necio noble, en su afán por arruinarle. A los campesinos que aún estaban en las tierras, les sobornaba con todo tipo de artimañas, para que quemaran las cosechas. En poco tiempo se convirtió en el único acreedor que le daba crédito. Una tela de araña hábilmente urdida con el único fin de tenerle por completo en sus manos
Supo que el caballero, acuciado por sus deudas, se había casado con Berenice solo por la dote que le proporcionaba la familia. Prestando oído a los chismes de la corte, conoció las inclinaciones de él hacia los de su propio sexo. Seguramente no podía cumplir con ella como hombre, esposo y amante- Se regocijó el clérigo- A pesar de que estando borracho se jactaba una y otra vez de las vejaciones a las que sometía a Berenice.
-La otra noche- relataba entre risas y efluvios del alcohol- la monté como si fuera mi caballo, agarré a la puta de mi esposa por sus cabellos rojizos y se la metí hasta al fondo- se reía- me suplicó que la dejara, ja, ja, ja, que le hacía daño ¡¡Pero ella es de mi propiedad!! Y así se lo hice saber.
El clérigo oía esas mentiras desde el fondo de la tasca, oculto a las miradas y odiando al noble por poder poseer a aquella hermosa mujer y no ser capaz de honrarla. Y además no contento con eso, la denigraba ante os demás… ¡Ojala fuera él quien pudiera adorar esos cabellos, esos pechos!... ¡Dios mío que mal repartes los bienes que nos das!...
Sin que ninguno lo percibiera fue acercándose a ellos. El marido sabiendo de la posición de él, le abrió las puertas de su castillo intentando ganarse el favor del inquisidor general puesto que esa amistad le podría proporcionar beneficios y ayudarle en momentos de enfrentamiento con la justicia.
Ella siempre se mantenía al margen en sus visitas, por detrás de ellos, bordando o leyendo, como exigía el protocolo a una mujer de su rango, siempre en silencio. Si veía que la conversación giraba entorno a la política o temas de los que una mujer no debía saber ni opinar, se retiraba discretamente para dejarlos solos.
El fraile cambiaba varias veces la conversación para que ella pudiera quedarse. Una noche hasta le pidió que les acompañara en la charla.
-¿Qué puede proporcionar una mujer a nuestra conversación?- Dijo el caballero mirando con desprecio a su esposa, que con la cabeza bajada ya se retiraba.
-Sólo belleza, ¿Qué más se les puede pedir?- le contestó sonriendo en tono condescendiente- Por favor, acercaos y contarnos lo que estabais leyendo.
La voz de ella le embriagó. Era dulce, bien modulada. Le envolvía, le transportaba a un lugar idílico. Se la imaginaba una y otra vez susurrándole al oído que le necesitaba, que no podía estar sin él. Que por las noches, en la intimidad de la alcoba, lo imaginaba poseyéndola… El clérigo ardía en deseo, le costaba un mundo ocultar el brillo ardiente de sus ojos a la vista del noble.
Durante la conversación, ella mantuvo una actitud sumisa, con la vista pegada al suelo, en ningún momento los miró directamente a la cara, esa era la costumbre inculcada a las mujeres de buena familia, en señal de respeto a sus superiores los varones.
Cuando hubo finalizado el relato de su lectura, se levantó para retirarse y sus ojos se cruzaron un instante con los del fraile. Una mirada limpia e inocente, en la que él creyó ver una llamada. Una llamada en la que le pedía que aquella noche fuera a su alcoba para hacerla suya. Que también ella ardía en deseo.
-Buenas noches mujer…- espetó con desdén el esposo por haber acaparado durante tanto tiempo la atención del cura. Esto irritó al invitado sacándolo de su ensoñación.
Pasaron las semanas, y el matrimonio perdió las últimas tierras que les quedaban, ahora sólo poseían el castillo y una enorme deuda con el fraile. En noble pedía su ayuda para que intercediera avalándolo ante las exigencias de los acreedores. A la vez que procuraba no contrariarle, puesto que sabía que el fraile podría acusarle por moroso y acabar con sus huesos en prisión.
Ya estaba donde el cura le quería, ahora podría dar el siguiente paso:
-Hay una forma en la que me puedes pagar- le dijo tranquilamente mientras se acomodaba en su silla- pero no creo que te interese.
-Decidme lo que sea…estoy desesperado
El fraile sopesó su propuesta, era el momento que tanto había ansiado.
-Me interesa una de vuestras posesiones, y por como la tratáis, no creo que sea la más preciada- Le miró directamente a los ojos escrutando el semblante del caballero que parecía desconcertado- Me gustaría convertir en mi…cortesana a vuestra esposa. Si accedéis, os dejaré libre de todas vuestras deudas.
-¡¡Jamás, es lo único que aun me pertenece!! ¡¡ Lo único que aun me queda de mi condición de noble!!- dijo el caballero levantándose con violencia, tirando la silla hacía atrás- Antes prefiero morir
-Pues entonces…que así sea… Pobre estúpido…- Pensó para sí mientras le sostenía desafiante la mirada a su anfitrión.
El fraile, protegido por ropajes que ocultaban su persona, pagó a hombres sin escrúpulos para que lo mataran.
-Sólo os reclamo que parezca que el noble se mató… Si hacéis bien vuestro trabajo, recibiréis, en premio, otra bolsa como esta.
Aquella misma noche encontraron al esposo de Berenice ahorcado en los establos. Una de las pocas sirvientas que aún quedaban en el castillo le dio la triste noticia a su señora, que rompió a llorar. Sabía de la cuantiosa deuda por haberla leído en los libros, sumado los pocos ingresos y restado todo lo que debían, puesto que su padre le había dado una educación que no estaba al alcance de las mujeres:
-Cómo te irás de mi casa- recordó las palabras de su padre- cuando te cases, quiero que me escribas y me cuentes lo feliz que eres, hija mía.
Berenice sabía de sobra que estaba en la ruina.
-¿Qué será de mí ahora?- dijo entre sollozos
-Señora vuestro padre o vuestros hermanos…
-No, mi padre murió hace un mes- miró a su sirvienta con tristeza- Recibí hace unos días la noticia. Y mis hermanos están en las guerras de Oriente, no tengo nada. Ni dinero; por culpa de un esposo que prefería gastarlo en juego y apuestas. No tengo tierras, por pagar sus deudas… No hay nada... ¡Nada!
Berenice lloró su desdicha sin consuelo, la sirvienta miraba aturdida a su señora sin poder ayudarla o consolarla ¿Qué podía hacer ella?...
Berenice se quedó solo con el mozo que se ocupaba de los caballos, buscó entre las amistades de su esposo para que la ayudaran pero la repudiaron como simple mujer que era. Se sentía perdida, confusa y dejada de la mano de Dios.
Un día el mozo le comentó que debía irse.
-El hermano de mi mujer tiene un taller en la ciudad- le dijo conmovido por las lágrimas de ella- ha dicho que me dará trabajo y…me pagará. Compréndalo mi señora, he de mantener a mi familia… Le dijo, al tiempo que cerraba la puerta del salón sin mirarla.
Berenice lloraba desconsolada cuando, oportunamente, el fraile llamó a la puerta del salón.
-Entrad- dijo en un leve susurro
-Mi querida Berenice, en cuanto he oído la noticia he venido a veros- Dijo el fraile tomándola por la cintura para levantarla del suelo- Mis criados me lo han comunicado esta mañana…¡Qué disgusto!... Lo han oído en el mercado- mintió-¿Cómo ha podido haceros esto vuestro marido?... No os preocupéis, yo mismo me encargaré de que no os falte nada. Ahora mismo mandó al criado que está esperándome en la puerta, que traiga a una de las doncellas a mi servicio para que os atienda a vos.
Berenice lo miró agradecida, él en aquella mirada volvió a creer ver el deseo, volvió a oírla diciéndole que le deseaba, que no quería doncellas, que solo le quería a él en su alcoba.
Como en trance, besó una de sus manos… ¡Qué suave era esa piel!
-Dejad de llorar, mi señora, os lo ruego
-Fraile os necesito- la veía decir en su deseo- necesito de vuestras caricias, de vuestros besos, necesito sentiros dentro de mí…fraile os deseo
El joven fraile depositó un casto e inocente besó en las suaves mejillas de Berenice. Ella agradeció con una sonrisa lo que tomó por un honesto gesto de consuelo.
-Mi señora, yo os cuidaré. Ya lo veréis.
Bien sabía él que no podía tenerla como cortesana, si el inquisidor general se enterara…Le cortaría la cabeza por pecador y corrupto a modo de escarnio y como advertencia para cualquier otro que osara imitarle.
Entonces ¿Qué podía hacer?...
Tenía a aquella dulce criatura a su merced; como tanto había soñado. Ahora podía hacer lo que le viniera en gana; podía pedirle lo que se le antojara. Estaba sola y nadie vendría a auxiliarla. Él ya se había encargado bien de ello.
-Fraile, no quiero telas- volvió a oír en su mente enferma la voz melosa de ella- no quiero oro, ni quiero doncellas, lo único que ansío son vuestros besos, vuestras caricias…Quiero vuestro cuerpo sobre el mío… Dentro del mío.
En el fraile crecía el deseo, pero ahora que era el momento, le podía la cordura… ¿No era eso lo que tanto había deseado?... ¿No había echo lo impensable por librarse del marido?... ¿No había hecho envenenar al padre o enviar a la guerra a sus hermanos?... ¿No había alejado a todos del lado de aquella preciosa y desprotegida criatura?... ¿Qué le estaba pasando ahora?... ¿Miedo?...
-Fraile- de nuevo la voz susurrante de ella plena de deseo- Os necesito, necesito que vuestra boca beba de la mía, necesito que vuestras manos acarician mi cuerpo… ¿Es que no deseáis tocar estos pechos?... ¿Hacerlos vuestros?... ¿Es que no os gustaría poseer mi cuerpo una y otra vez, hasta dejarme exhausta?... ¿Hasta quedar rendido dentro de mí?... ¿Fecundar mi vientre con vuestra semilla?...
El fraile ardía en deseo. Se debatía con su propio yo… ¿Acaso no era ella quién lo estaba provocando?...
La besó, la besó con encendido deseo, ella se zafo de él.
-¡¿Qué estáis haciendo?!- Gritó asustada
-Berenice os deseo. Os deseo desde el mismo día en que os vi. Sed mía y nada os ha de faltar…
-¡Marchaos ahora mismo! ¡No quiero volver a veros!- Dijo empujándole lejos de ella
-Os deseo, mi señora, con locura. Vos habéis trastornado mi mente haciéndome arder en deseo cuando estáis cerca.
-Ooohh… Yo también os amo, mi señor- aquella voz amada y melosa volvía a dirigirse a él- Tomarme… Hacedme vuestra… Ummm, quiero sentiros en mí…
Desesperado, se abalanzó sobre ella, acorralándola la volvió a besar… Ella gritaba, le arañaba, le mordía, intentaba quitárselo de encima por lo que recibió un fuerte revés en el rostro, que la hizo desestabilizarse, producto de la sorpresa. Él, con una fuerza sobrehumana, juntó las manos de la mujer a la espalda dejándola indefensa.
Siguió besándola; en la boca invadiéndola con la lengua, en la cara bañada por las lágrimas, en aquel cuello que tantas veces había soñado recorrer, ese cuello suave y delicado que lo llevó hasta el nacimiento de sus pechos. Los miró con lujuria, violentamente arrancó esa parte del vestido para poder lamerlos, ¡Dios, qué hermosos! ¡Qué sabor tenían!... Sus pezones del tamaño de un guisante, redondeados, rosados, comenzaban a endurecerse a medida que él los hacía vibrar con su lengua. Los succionaba, los lamía, los chupaba con tal ansia que la lastimaba.
-Por favor- suplicaba Berenice- dejadme. Me hacéis daño.
Él siguió lamiendo sus pechos, recorriéndolos como tantas veces lo había echo en sus sueños. Los tomó con su mano, los apretó, los volvió a besar.
-He esperado tanto, tanto para esto- Le dijo mirándola lleno de deseo, pero sin dejar de atormentar aquellas adoradas cumbres- He esperado tanto porque seáis mía, y hoy habéis dicho que también me deseáis
-Por favor- Le volvió a suplicar- Yo no os he dicho nada, dejadme. Os juró que no diré nada a nadie.
-¡¡¿Qué no me habéis dicho que me deseabais?!!- aquellas palabras llevaron al fraile a la locura- ¡¿Acaso cuando os he ayudado a levantaros no me habéis dicho que me deseáis?!- la miró enloquecido, le asestó varias bofetadas que dejaron semiinconsciente a Berenice- ¡¡¡¡No sois más que una puta que me hace enloquecer!!!!-
Le arrancó lo que quedaba del vestido mientras le gritaba y dejaba a Berenice desnuda ante sus ojos inyectados en locura y deseo-¡¡¡ Os trataré como la puta que sois!!!!
Volvió a besar aquellos pechos, a recorrerlos con su lengua, se llenaba la boca con ellos, sus manos los apretaba con fuerza haciéndola gritar...
Descubrió que eso le excitaba más aun. Una de sus manos bajó a la confluencia de los muslos de la mujer. Asaltó sin piedad el fruto anhelado; con aquellos dedos, largos delgados, huesudos. Frios y crueles como garfios.
Buscaba enagenado, el resorte que la rindiría a sus caprichos, presa del deseo su voluntad. En su mente enferma la veía entregándose a él, Entrando por fin en razón...
Berenice lloraba sin fuerzas, le suplicaba que la dejara en paz, pero era inútil, el fraile estaba enloquecido. Ciego de deseo.
Gritó de dolor cuando él introdujo los dedos en su intimidad moviéndolos con excesiva violencia
-¡Puta, sé que esto es lo que queríais, siempre me lo habéis pedido con vuestros ojos, siempre me lo habéis susurrado presa de deseo!
Ella ya no hablaba, el dolor solo la dejaba gemir. Algo que él, en su delírio, tomaba por los sonidos del placer.
Seguía incansable succionando con fuerza aquellos pechos, los lamía, los besaba. Mordía los lóbulos de las orejas, exploraba con su lengua la boca femenina, acariciaba con la otra mano aquel cuerpo anhelado.
-Ahora tendrás lo que querías, bruja- Dijo susurrando en su oído
El fraile abrió forcejeando las piernas de la mujer e introdujo su imponente miembro de una sola embestida...
Esto la hizo gritar de desesperación y dolor. Él se movía como poseído, con rapidez, descargando el deseo y la rabia a un tiempo, provocando que ella se retorciera de dolor.
-¿Os gusta? ¿Verdad? ¿Os gusta?- Dijo mordisqueando su cuello.
Las embestidas de él se aceleraban, La recién descubierta vena sádica le llevaba a morder los pechos amados, con una fuerza involuntaria, haciéndola gritar de dolor y llevando las cumbres su propia excitación.
Totalmente poseído, aceleró las embestidas hasta que consiguió derramarse en ella, culminando así aquel acto violento.
Cayó sobre ella exausto, sin fuerzas; jadeando aun por aquel diabólico orgasmo. Aplastándola. Saliendo de sus entrañas solo cuando hubo recuperado el aliento.
-Sois una bruja- dijo en un susurro, al tiempo que parecía recuperar la cordura- Si no ¿Cómo he caído en este fuego infernal de tu carne? Ello sólo puede ser fruto de tu brujería…
La miró babeante de deseo, lleno de odio y furia. Comenzó de nuevo a abofetearla; magullando su joven cuerpo, que iba cobrando un tinte rojizo
-¡¡¡BRUJA!!! ¡¡Eso es lo que sois!!... ¡¡Una maldita bruja!!...
Y a medida que la insultaba y la abofeteaba, sintió como su falo volvía a apoderarse de su voluntad... Volvió a sentir la necesidad de introducirse en ella. De nuevo locura le nublaba el juicio
-¿Queréis que os posea verdad, puta?- Arrastraba con rabia las palabras, los dientes apretados y susurrando en el oído de la mujer- ¿Por eso me habéis embrujado, eh zorra?- La aplastaba bajo su peso.
Berenice no podía más. Ya ni se movía, no le quedaban fuerzas para responderle. El dolor se apoderaba de su cuerpo... Un dolor que le traspasaba el alma... Pensó que, ya nada podía ser peor, hasta que...
Sintió como el fraile la volteaba bruscamente en el suelo, apretando su cara sobre la espalda de ella... Tembló de miedo al notar que el fraile acercaba aquel poderoso y despiadado miembro a sus nalgas.
-¡¡¿Es esto lo que queréis, verdad bruja?!!... Relája tu esfinter y veras cuanto te hago disfrutar- Aconsejó empezando a introducirse en él... Un dolor intenso como una lanza, atravesó el cuerpo de Berenice arrancándole un último gritó que la hizo desfallecer sin aliento.
A cada embestida un insulto, con cada embestida, algo moría en ella un poco más... Una muñeca rota contra el suelo.
El hombre sudaba copiosamente, a la vez que intentaba aliviar en la soledade de sus aposentos, el deseo que arrancó de su cuerpo la evocación de aquella endiablada tarde...
Dos días despues, durante el juicio, Berenice no podía dejar de mirar al fraile que la había forzado en varias ocasiones aquel espantoso día.
Recordó como huyó de su castillo, de su casa, tras el horrible episodio. Recordó como tuvo que mendigar diariamente el mendrugo de pan que llevarse a la boca. Recordó como tuvo que trabajar en las tareas más denigrantes para poder subsistir... Le odiaba… Le odiaba como solo se puede odiar desde el asco, la rabia y el rencor
-¡Berenice de Lampodier!- Un estremecimiento recorrió la columna de la mujer al oír la voz grave del juez- se os condena a morir en la hoguera bajo la grave acusación de brujería…- Esa era la sentencia que la condenaba a terminar sus días...
Mientras era conducida al patíbulo, la gente la insultaba... Caminaba con la cabeza gacha; el agotamiento le restaba la altivez de la nobleza a la que pertenecía…
Buscó con la mirada al fraile que la había condenado, que le arrebató su vida, que la había violado hasta vaciar su alma negra en sus entrañas.
Lo buscaba para que lo último que recibiera de ella fuese su mirada de profundo odio...
Tardó en arder...
Cuando las llamas ya acariciaban su cuerpo, las pupilas de sus ojos se fueron estrechando. El iris adquirió un tono amarillo. Su piel fue tornándose roja por momentos...
Fue convirtiéndose en un ser imponente, causando el pavor de los asistentes a aquella cruel ejecución.
El gentío, miraba con el terror reflejado en los rostros. No corrían, simplemente porque el miedo se lo impedía...
De un salto bajó de la pira dirigiéndose con voz grave y tenebrosa a todos:
-¡¡Pobres imbéciles!!... ¡¡No aprenderéis nunca!!...- Continuó, acercándose a alguno de los aterrados testigos- ¡Toda la eternidad temiéndome injustificadamente!... ¡Huyendo de mí sin motivo!... Por ello, os sometéis y rendís culto a seres insignificantes. Pobres charlatanes, que por su labia creéis hombres sabios…
¡A ellos es a los que deberíais temer de verdad y mantenerlos alejados de vosotros!...
Todos lo escuchaban aterrados. De pronto, giró vertiginosamente sobre sus talones, encarándose directamente contra el fraile:
-¡¡Tú, mortal débil y pusilánime!!- le gritó señalándolo con dedo firme y acusador- ¡¡Tu sitio sí que es el infierno, junto a los demonios que tanto temes!!...
Aunque podéis créeme- Dijo dirigiéndose a la concurrencia- Todos ellos palidecerían ante lo que la maldad de este, hombre de Dios, es capaz de derramar sobre sus semejantes…
Dicho esto, fraile y súcubo, desaparecieron ante el estupor de todos los presentes, envueltos en una nube de humo gris amarillento, que impregnó con olores de azufre el aire ...
Progreso y retroceso
Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía empujaba un poco con la cabeza y, pop, ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca.
Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa a causa de no se sabe que macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal, que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar dentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte.
Costumbres de los famas
Sucedió que un fama bailaba tregua y bailaba catala delante de un almacén lleno de cronopios y esperanzas. Las más irritadas eran las esperanzas porque buscan siempre que los famas no bailen tregua ni catala sino espera, que es el baile que conocen los cronopios y las esperanzas.
Los famas se sitúan a propósito delante de los almacenes, y esta vez el fama bailaba tregua y bailaba catala para molestar a las esperanzas. Una de las esperanzas dejó en el suelo su pez de flauta -pues las esperanzas, como el Rey del Mar, están siempre asistidas de peces de flauta- y salió a imprecar al fama, diciéndole asi:
-Fama, no bailes tregua ni catala delante de este almacén.
El fama seguía bailando y se reía.
La esperanza llamó a otras esperanzas, y los cronopios formaron corro para ver lo que pasaría.
-Fama -dijieron las esperanzas-. No bailes tregua ni catala delante de este almacén. Pero el fama bailaba y se reía, para menoscabar a las esperanzas.
Entonces las esperanzas se arrojaron sobre el fama y lo lastimaron. Lo dejaron caido al lado de un palenque, y el fama se quejaba, envuelto en su sangre y su tristeza.
Los cronopios vinieron furtivamente, esos objetos verdes y húmedos.
Rodearon al fama y lo compadecían diciéndole así:
-Cronopio cronopio cronopio.
Y el fama comprendía, y su soledad era menos amarga.
Alegría del cronopio
Encuentro de un cronopio y un fama en la liquidación de la tienda La Mondiale.
-Buenas tardes, fama. Tregua catala espera.
-Cronopio cronopio?
-Cronopio cronopio.
-Hilo?
-Dos, pero uno azul.
El fama considera al cronopio. Nunca hablará hasta no saber que sus palabras son las que convienen, temeroso de que las esperanzas siempre alertas no se deslicen en el aire, esos microbios relucientes, y por una palabra equivocada invadan el corazón bondadoso del cronopio.
-Afuera llueve- dice el cronopio. Todo el cielo.
-No te preocupes- dice el fama. Iremos en mi automóvil. Para proteger los hilos.
Y mira el aire, pero no ve ninguna esperanza, y suspira satisfecho. Además le gusta observar la conmovedora alegría del cronopio, que sostiene contra su pecho los hilos -uno azul- y espera ansioso que el fama lo invite a subir a su automóvil.
La tristeza del cronopio
A la salida del Luna Park un cronopio advierte que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj.
Tristeza del cronopio frente a una multitud de famas que remonta Corrientes a las once y veinte y él, objeto verde y húmedo, marcha a las once y cuarto.
Meditación del cronopio: "Es tarde, pero menos tarde para mi que para los famas, para los famas es cinco minutos más tarde, llegarán a sus casas más tarde, se acostarán más tarde.
Yo tengo un reloj con menos vida, con menos casa y menos acostarme, yo soy un cronopio desdichado y húmedo".
Mientras toma café en el Richmond de Florida, moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales.
Instrucciones para llorar
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
Conservación de los recuerdos
Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra".
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempres de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.
Como muchas mujeres de la época, Elizabeth Barret fue educada en el hogar. Allí, bajo la atenta mirada de Hugh Stuart Boyd, un vecino de la familia, Elizabeth logró dominar la literatura clásica antes de cumplir los 14 años.
En esos años de adolescencia, Elizabeth Barret contrajo una extraña enfermedad pulmonar. Muchos coinciden en que se trató de tuberculosis, pero no todos se ponen de acuerdo en este punto, ya que otros historiadores afirman que el mal que la aquejaba era una lesión en la columna vertebral, producida por una caída. Lo cierto es que su familia consideró que sus facultadas estaban limitadas, se la recluyó en el hogar, y desde entonces fue tratada como una inválida.
El Encierro.
El escenario en donde Elizabeth Barret pasaba sus días era abrumadoramente silencioso; los muros de la casa se cerraban a su alrededor: los criados, bajo las estrictas órdenes del padre, sólo tenían permitido susurrar para no alterar los nervios de la joven. Casi podría decirse que en esas condiciones era muy difícil no considerarse enfermo.
La voluntad de Elizabeth era de una mansedumbre conmovedora, pronto aceptó con resignación su solitaria condición, y jamás cuestionó las imaginarias limitaciones impuestas por los médicos. Su padre, un hombre pragmático y lleno de sabios ideales sobre lo que debía o no hacer una mujer, era una presencia omnisciente en la casa. Creía que el deber de su hija era resignarse, y prohibió que recibiese visitas por temor a que despertasen en ella nuevas dolencias.
Así fue que Elizabeth Barret se convirtió en un lívido fantasma, cuya única alegría consistía en aquellas temerosas expediciones a la biblioteca de su padre, dónde entre suspiros y lágrimas, su espíritu se saciaba de dolorosos cielos azules y profundas bóvedas nocturnas.
La Poesía.
La figura de Elizabeth Barret comienza a crecer en aquella biblioteca: su inteligencia prodigiosa la llevó a recorrer los pasajes más laberínticos de la literatura. No sabemos cuando oyó la llamada lacerante de la poesía, pero sí sabemos que alguna perdida tarde entre viejos volúmenes, con su pálida piel acariciada por la luz de una tibia lámpara, Elizabeth Barret urdió sus primeras fantasías.
En 1844 las visiones de Elizabeth Barret fueron conjuradas en un libro, dividido luego en dos volúmenes, y titulado sencillamente Poems.
Robert Browning, de quien ya hemos hablado, leyó los poemas de Elizabeth y quedó profundamente conmovido por la dulzura y la musicalidad de los versos de nuestra dama. Presa de aquella romántica impresión, el poeta le escribió una bellísima carta a Elizabeth, de la cual sólo citaremos una línea, acaso la que marcaría la vida de ambos para siempre:
Adoro sus versos con todo mi corazón, querida miss Barret... así como la amo a usted...
Así comenzó una de las relaciones epistolares más románticas e intrincadas de la historia. Ambos utilizaban una infinidad de términos oscuros en las cartas; con constantes citas a los clásicos griegos. Poco a poco fueron creando un lenguaje común, propio de todos los enamorados, salvo que en este caso se trataba de la lengua de los poetas.
El Encuentro.
Cierta tarde, Elizabeth Barret se dispuso cómodamente a leer una nueva carta de su platónico amante. En ella, Robert Browning le comunicó su firme intención de conocerla. Ella reaccionó con gran angustia, ya que siempre se había visto ajena a los embates masculinos. En una rápida carta, Elizabeth le respondió que el encuentro sería imposible, asegurando que los médicos le tenían prohibido cualquier encuentro social, y más aun si éste era con un desconocido.
Pero Robert Browning no cedió. Con una astucia que sólo proveen la desesperación y el amor, le respondió que entendía la posición de los médicos, pero que seguramente ellos no se opondrían a que salga a pasear con su prometido.
No había manera de negarse a semejante propuesta.
Elizabeth Barret y Robert Browning acordaron en salir a pasear en coche; solos, sin damas de compañía ni molestos criados que viniesen a importunar aquel primer momento de intimidad. Por lo que comentan sus biógrafos, tampoco su padre estuvo al tanto del encuentro. Como es sabido, ciertos espectros pierden poder ante el amor.
Imaginamos la angustia y la ansiedad de Elizabeth minutos antes de encontrarse con su amado. Hacía años que no salía a la calle, y realmente temía sufrir una indisposición en un momento tan inoportuno.
Primero caminaron algunos metros en silencio, luego ella posó una mano sobre un árbol, y comprobó que el aire fresco no la perjudicaba.
Esa misma tarde acordaron en escaparse. Se casaron en secreto y a los pocos días huyeron a Italia.
Su padre nunca perdonó lo que consideraba una traición. Cada carta que Elizabeth le enviaba era prolijamente quemada. Su orgullo no cedió en ningún momento, ni siquiera cuando los padecimientos de su hija se agravaron peligrosamente.
La pareja participó activamente en la vida social de Italia; y ambos apoyaron fervientemente su lucha contra Austria.
Vivieron en una felicidad que no tuvo precedentes en sus vidas. Florencia les brindó un refugio paradisíaco, y allí pasaron los quince años de matrimonio que compartieron.
A comienzos de 1861, las dolencias de Elizabeth Barret Browning fueron creciendo en intensidad, y a mediados de ese año su voluntad finalmente se quebró. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio protestante de Florencia, pero su alma siguió agitándose en los versos de Robert, y aun persiste, brillante e incansable, en los corazones de quienes nos hemos sentido acompañados por sus poemas.
¿De qué modo Te Amo?
¿De qué modo te amo? Deja que cante las formas:
Te amo desde el hondo abismo hasta la región más alta
que mi alma pueda alcanzar, cuando persigo en vano
las fronteras del Ser y la Gracia.
Te amo en el calmo instante de cada día,
con el sol y la tenue luz de la lámpara.
Te amo en libertad, como se aspira al Bien;
Te amo con pureza, como se alcanza la Gloria.
Te amo con la pasión que antes puse
en mis viejos lamentos, con mi fe de niña.
Te amo con la ternura que creí perder
cuando mis santos se desvanecieron.
Te amo con cada frágil aliento,
con cada sonrisa y con cada lágrima de mi ser;
y si Dios así lo desea,
tras la muerte te amaré aun más.
Esta obra de Elizabeth Barret Browning es la mejor poesía de amor de toda la literatura victoriana; y al contrario de lo que sucede con muchos poemas románticos, aquí no se intenta conquistar o persuadir: como el verdadero amor, este poema no plantea necesidades.
Decir que se trata de una declaración de amor es también inexacto, ya que quien anuncia sus secretas pasiones, por lo general espera una respuesta, aunque sea negativa. En esta delicada poesía, Elizabeth Barret no declara su amor, lo confiesa.
Para aliviar mis males de soledad, busqué a la demás gente:
Quise pertenecer a la familia cristiana; esa que se jacta de ser misericordiosa, de hacer el bien y albergar el amor y el perdón en sus corazones.
Pero me rechazaron por mi condición homosexual. No obstante, grité que eso también era amar.
Busqué compañía en la comunidad islámica; esa que dice que Allah es grande y el resto, solo sus criaturas, a las que ama con amor infinito. A todas por igual.
Pero me relegaron, al triste papel de insignificante sierva; por ser mujer.
En mi incesante búsqueda, quise cobijarme entre los que sentí mis semejantes; pero, era demasiado negra.
Y entre los negros; demasiado blanca. Entre los ricos; demasiado pobre. Y los pobres, creen que poseo demasiado, no me quieren entre ellos.
Para los maestros, muy necia y... Sabía en exceso, según los iletrados.
¿Quién me dará hospedaje? ¡Dónde diantre pertenezco!...
Los de aquí, dicen que soy de allí, y los de allí... Que aquí es, donde está mi sitio.
Los que mandan señalan que causo conflicto, por pretender mis derechos, en cambio los oprimidos, dicen que no me rebelo.
¡Qué estúpida!... Empeñada en no ver lo que se muestra diáfano, claro que tengo tribu. Más numerosa de lo que pensamos, porque callan, porque no se ven o mejor; no queremos verlos. Y para colmo de males, se ignoran entre ellos.
Por fin sé quien soy, ya sé donde hallar cobijo. Desde el principio de mis días solo a ellos pertenezco.
¿Qué cual es su identidad?... Ay, amigos. ¿Cual va a ser?... Los marginados.
¡AMIGO!...
-¡¡Hey, amigo!!- No falla, muchos se vuelven ante este grito; pero solo él se abre camino hacia mí.
Quiero presentároslo.
Sin lugar a dudas es el mejor amigo que tengo. Cuando lo necesito, no vacila. En los días que estuve enferma, no consiguieron apartarle de mi lado. Por más que lo intentaron. No sé como lo conseguía, pero cuando volvía a abrir los ojos ahí estaba, mirándome fijamente. Solo con la mirada sabía transmitirme su preocupación por mí.
Me encanta salir con él, es divertidísimo. ¡Tiene cada ocurrencia!... Para eso cuando le da por perseguir chicas... Es un descarado, cuando le gusta de verdad una, no tiene freno... El otro día... Pues ¡¿No quería...?!... ¡¡Si, si, allí mismo!!... ¡Me hace pasar cada una!... Y él como si nada, vaya, lo más natural del mundo.
Sin embargo, después, he de reconocer que me ha proporcionado más de un ligue. Es muy fácil entablar conversaciones con desconocidos cuando él está de por medio. Es tan zalamero. Le encanta ser el centro de atención y que lo acaricien, no duda en ponerse panza arriba para que lo soben... ¿Por qué me miráis así?... ¡Ah! ¿Que todavía no os lo he dicho?...
Mi mejor amigo; es un precioso Teckel de suave pelo largo en tono rojizo y ojos vivarachos. Se llama así, “Amigo”. Nadie se merece este nombre, con todo lo que significa, como él.
No soy lo que buscas, soy lo que encuentras... En definitiva, soy; con eso tengo bastante...
Mas vieja de lo que me gustaría, pero bastante más joven de lo que les gustaría a mis "amigas"...
¿Mis aficiones?... Pues depende:
Unas son más caras de lo que me puedo permitir.
Para otras, (la mayoría) dependo sola y exclusivamente de mi misma:
mi garganta, mi imaginación, mis manos, mi esfuerzo...
Einstein y yo estamos estrecha, íntimamente ligados; por la ley de la relatividad:
Soy relativamente alta, relativamente guapa, relativamente delgada (aplíquese aquí el mismo varemo que con lo de la juventud...) relativamente feliz... Y no me quejo...
Relativamente.......
"EL QUE NO IMAGINA NUNCA, ES COMO EL QUE NO TANSPIRA... ALMACENA VENENO"... (Thruman Capote
Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales. (Mahatma Gandhi)