Me acaban de conceder un primer premio de literatura erótica por este relato y he querido commpartirlo con todos vosotros, que al fin y al cabo siempre sois mi pista de pruebas....
En esta ocasión ha sido al revés, primero lo presenté al concurso, y despues... Os lo traigo... Je, je, je... Es que, me dió un poco de corte, porque este subía un poco más el tono que los que había colgado hasta ahora...
Pero, claro, al premiármelo he querido compartir mi alegría con vosotros...
Recordad que es "literatura erótica" ¿Eh?... Luego no se me quejen, que quién avisa no es traidor... Ya me contareis...
Dedico este premio a un duende, burlón y travieso. Alguien muy especial para mi...
EL INQUISIDOR
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Intentaba acostumbrar los ojos a la oscuridad. A duras penas podía moverse, solo lo que permitían aquellos grilletes. Sus oídos aun aturdidos captaban lamentos, seguramente de otros reos, y el caminar acompasado del guardia.
Intentaba recordar qué habían dicho, por qué había sido detenida, en su mente tomaban forma las imágenes envueltas en neblina…
El golpe de la puerta al abrirse bruscamente. Un oficial gritando su nombre. Otros entrando tirándolo todo. La olla cayendo al fuego y partiéndose en pedazos. El gentío arremolinándose afuera, tratando de fisgonear y saber que pasaba...
Una a una le fueron llegando todas las escenas...
Un puño le golpeó la cara. Su última visión antes de desplomarse fue la cara del fraile sonriendo satisfecho… ¿Qué dijo?... ¿Qué fue lo que dijo?...
Un par de soldados la levantaron bruscamente del suelo, uno le escupió en el rostro, el otro la miró con la lascivia centelleando en los ojos. Pero de los labios solo salían palabras de desprecio.
El clérigo se acercó a ella con aquella sonrisa babeante que tanto la repugnaba. Estrujó sin piedad uno de los senos mientras le susurraba al oído:
-Te dije que te haría pagar por arrastrarme al pecado- lamió el lóbulo haciéndola retroceder de repulsión y trayendo a su memoria una voz que deseaba olvidar-¡¡Berenice de Lampodier, la Santa Inquisición te acusa de brujería!!...
La sacaron de su casa a empujones, entre el griterío fanático de sus vecinos.
-¡¡Bruja!!
-¡¡Quemarla!!
-¡¡Que arda en el fuego!!
Totalmente enajenados le lanzaban objetos; uno de ellos alcanzó su frente e hizo que perdiese el conocimiento…
¡La Inquisición!… ¡Dios mío, estaba perdida!...
En aquel entonces, nadie que hubiera sido acusado de esa falta salía indemne…
¡¡Ese maldito fraile!!...
Lo maldijo. Lo maldijo para sus adentros con todas sus fuerzas ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquellos horribles días, en que solo era clérigo? ¿Qué no sería capaz de hacer ahora que era inquisidor?, ¿Pero es que no la había torturado ya bastante?, ¿Acaso no había conseguido de ella lo suficiente?, ¿Qué pretendía? ¿Qué más quería ahora?
No tenía con que luchar, estaba indefensa ante él. Ya había echo que perdiera todo cuanto tenía; sus tierras, sus palacios, sus posesiones, su posición en la corte, dejándola como una campesina más del pueblo. Haciendo que tuviera que buscarse como podía la subsistencia. Con todo lo que ello significaba para una joven y hermosa viuda de la época… Haciendo que trabajar para alguien, le fuera mucho más difícil que a cualquier otra mujer del pueblo…¡¡A ella!! ¡¡A Berenice de Lampodier!! ¡¡Cómo se atrevía!!
¡Ese maldito hijo de …! Consiguió con sus maquinaciones que el cobarde de su marido acabara quitándose la vida por intentar huir de él. Dejándola a ella indefensa y a su merced.
¿Qué importaba en esos oscuros tiempos la vida de una mujer?...
-No somos más que objetos sin ningún valor.-Murmuró para sí.
Una sombra se paró junto a su celda...
-¡¿Llamas a tu señor el diablo, maldita bruja?!- El guardián escupió esas palabras lleno de ira, odio y repulsión -Aquí el diablo no tiene cabida, puta, estás en el Palacio de la Santa Inquisición, sólo hay cabida para la misericordia de Dios, tu señor oscuro no tiene cabida aquí dentro.
-Mi señor es Dios, pero no lo veo por ninguna parte entre estas paredes. En cambio al diablo sí, ya está aquí dentro. Todos vosotros le servís y le seguís el juego, pobres incautos.
Se abrió la puerta y vio como la sombra, dueña de aquella voz, se acercaba a ella imponente, amenazante. Cogiéndola por los cabellos la levantó del suelo, los grilletes mantenían los brazos por detrás de su cuerpo lastimando sus muñecas.
Así, recibió un nuevo y violento golpe en el rostro que la hizo tambalearse, pero su torturador no dejó que cayera, para poder seguir golpeándola.
-¿Misericordia de Dios decís?- susurró rn un suspiro
-¡¿Aún imploras al diablo puta?!- Dijo lleno de ira lanzándola contra la pared. Por fin pareció haberse cansado de torturarla. Salió de la celda al amparo de la oscuridad y el silencio de los demás reos.
En sus aposentos; el fraile se sirvió otra copa de vino de la mejor botella que había en la bodega. Tenía que celebrar su triunfo sobre aquella maldita hembra. Era una bruja, una pecadora… Una mujer…- Pensó con desprecio.
Bebió de nuevo, acercándose a la ventana; la pequeña ciudad en sombras, se movía bajo su altiva mirada. Torció el semblante ante la visión de dos judíos y un árabe que paseaban charlando animadamente.
-¡Herejes!- escupió con desdén.
Un soldado llamó a la estancia.
-¿Qué queréis que se haga con la…?- Sopesó como tenía que llamar a la nueva presa
-¿Os referís a la bruja?, ¿A esa endemoniada pecadora?...
El soldado afirmó con un leve movimiento de cabeza. El clérigo meditó que hacer con ella; después de tanto tiempo buscándola no había pensado realmente que haría con ella cuando la tuviera… Pero daba igual, ya estaba en su poder y ahora era, el inquisidor, no un simple fraile como cuando lo conoció. Ahora tenía más poder del que ella hubiera podo imaginar nunca. Mucho más que aquella primera vez… Cuando conocío a la mujer de largos cabellos rojizos, joven, voluptuosa… Aquella hechicera cautivadora que le había hecho caer en la debilidad del pecado de la carne.
El soldado tosió sacándole de sus pensamientos.
-Por ahora y hasta mi orden, en los calabozos podéis hacer cuanto os plazca con ella, oficial- Le observó sonreír con lascivia, y recordó como había posado sus ojos en aquellos turgentes pechos cuando fueron a detenerla- Lo único que os prohíbo es que pierda la vida. Si la pierde…- Sostuvo la mirada del oficial -Pagareis con la vuestra...
Una vez que se fue el oficial, recostó su espalda en el sillón mientras recordaba a Berenice... La primera vez que la vio:
Se encontraba en la pequeña iglesia, sólo era el religioso en el que el inquisidor general empezaba apoyarse. Este veía pronta su muerte a manos de sus enemigos, y en el joven fraile; la fe ciega en la palabra de Dios, la lealtad hacía su persona y una rabia y un odio hacía los enemigos de la cruz, ya fueran sarracenos, judíos, herejes, adúlteros o… Mujeres...
El fraile le estaba dando instrucciones al párroco de aquella iglesia de parte del inquisidor general cuando ella entró del brazo de su marido.
La poca luz que entraba en la iglesia se reflejaba en su cabello y en unos ojos grises que traspasaron su alma. Sus caderas se movían suavemente, con gracia felina. El olor a jazmines que desprendía su piel impregnaba el aire de su alrededor. La cintura fina, parecía querer quebrársele en cualquier momento. Su cuello estilizado, blanco, suave… Invitaba a recorrerlo con la lengua, hasta llegar a aquellos senos firmes de alabastro, que asomaban voluptuosos de sus ropajes. Aun a pesar de ellos, se podía apreciar fácilmente el relieve de unos pezones erectos que reclamaban ser besados, lamidos, mordidos… Adorados…
El fraile sintió como su cuerpo volvía a despertarse ante la llamada incontrolable del pecado… Dándose la vuelta, imploró la ayuda del santo que le miraba con desaprobación desde el altarcito levantado en sus aposentos
Siguió recordando:
El marido despachaba sus asuntos con el párroco, ocasión que él aprovechaba para volverla a mirar; ella sonreía… ¡Aquella sonrisa!... Le hizo estremecer, solo con recordarla.
Durante la homilía no podía dejar de mirarla, sus ojos grises le habían hechizado, su boca se mostraba del color de los corales, carnosa, suave; la veía susurrándole bonitas palabras al oído, mientras él acariciaba su cuello hasta llegar a sus pechos para recorrerlos despacio, dibujando una y otra vez leves caricias en ellos, besarlos suavemente, lamerlos sintiendo el olor y el sabor de aquel joven cuerpo, aquella cintura le llamaba, aquellas caderas le incitaban a poseerlas. Se veía sobre ella, la oía jadear junto a su oído, la oía pedirle más, decirle que le necesitaba. Veía como arqueaba su espalda ofreciéndose deseosa a él. Gritándole que le amaba cuando estallaba su orgasmo; como le besaba ardientemente, como le suplicaba más.
El cuerpo del clérigo se estremecía de placer, sucumbía bajo el deseo…aquella mujer debía ser suya. Pasó a ser para él una obsesión.
Primero quiso averiguarlo todo del marido; un noble venido a menos por culpa de sus malas artes en las guerras donde había perdido parte de sus arcas, ya hubiera sido jugándose el dinero en apuestas o procurando ir a la batalla como su condición lo exigía.
Había perdido también parte de sus tierras en el juego o malvendiéndolas a otros nobles para subsanar deudas y eludir así la cárcel. En las pocas que le quedaban, solo había ancianos o niños que no podían trabajarlas. Los jóvenes habían ido marchado a las grandes urbes buscando la libertad y prosperidad que allá no encontraban.
Debía dinero a muchos y buscaba remedio en el fondo de un odre de vino, en tabernas de mala reputación, junto a gentes que necesitaban poca ofensa para retar con la espada. Con mujeres de sonrisa pícara, vida libertina y mano rápida.
El clérigo indagaba sobre la deuda del noble, amenazando con acusar de herejía a todo aquel que no le complaciera en lo que buscaba. No se le escapaba detalle, amparado en el anonimato, compraba cuanto vendía el necio noble, en su afán por arruinarle. A los campesinos que aún estaban en las tierras, les sobornaba con todo tipo de artimañas, para que quemaran las cosechas. En poco tiempo se convirtió en el único acreedor que le daba crédito. Una tela de araña hábilmente urdida con el único fin de tenerle por completo en sus manos
Supo que el caballero, acuciado por sus deudas, se había casado con Berenice solo por la dote que le proporcionaba la familia. Prestando oído a los chismes de la corte, conoció las inclinaciones de él hacia los de su propio sexo. Seguramente no podía cumplir con ella como hombre, esposo y amante- Se regocijó el clérigo- A pesar de que estando borracho se jactaba una y otra vez de las vejaciones a las que sometía a Berenice.
-La otra noche- relataba entre risas y efluvios del alcohol- la monté como si fuera mi caballo, agarré a la puta de mi esposa por sus cabellos rojizos y se la metí hasta al fondo- se reía- me suplicó que la dejara, ja, ja, ja, que le hacía daño ¡¡Pero ella es de mi propiedad!! Y así se lo hice saber.
El clérigo oía esas mentiras desde el fondo de la tasca, oculto a las miradas y odiando al noble por poder poseer a aquella hermosa mujer y no ser capaz de honrarla. Y además no contento con eso, la denigraba ante os demás… ¡Ojala fuera él quien pudiera adorar esos cabellos, esos pechos!... ¡Dios mío que mal repartes los bienes que nos das!...
Sin que ninguno lo percibiera fue acercándose a ellos. El marido sabiendo de la posición de él, le abrió las puertas de su castillo intentando ganarse el favor del inquisidor general puesto que esa amistad le podría proporcionar beneficios y ayudarle en momentos de enfrentamiento con la justicia.
Ella siempre se mantenía al margen en sus visitas, por detrás de ellos, bordando o leyendo, como exigía el protocolo a una mujer de su rango, siempre en silencio. Si veía que la conversación giraba entorno a la política o temas de los que una mujer no debía saber ni opinar, se retiraba discretamente para dejarlos solos.
El fraile cambiaba varias veces la conversación para que ella pudiera quedarse. Una noche hasta le pidió que les acompañara en la charla.
-¿Qué puede proporcionar una mujer a nuestra conversación?- Dijo el caballero mirando con desprecio a su esposa, que con la cabeza bajada ya se retiraba.
-Sólo belleza, ¿Qué más se les puede pedir?- le contestó sonriendo en tono condescendiente- Por favor, acercaos y contarnos lo que estabais leyendo.
La voz de ella le embriagó. Era dulce, bien modulada. Le envolvía, le transportaba a un lugar idílico. Se la imaginaba una y otra vez susurrándole al oído que le necesitaba, que no podía estar sin él. Que por las noches, en la intimidad de la alcoba, lo imaginaba poseyéndola… El clérigo ardía en deseo, le costaba un mundo ocultar el brillo ardiente de sus ojos a la vista del noble.
Durante la conversación, ella mantuvo una actitud sumisa, con la vista pegada al suelo, en ningún momento los miró directamente a la cara, esa era la costumbre inculcada a las mujeres de buena familia, en señal de respeto a sus superiores los varones.
Cuando hubo finalizado el relato de su lectura, se levantó para retirarse y sus ojos se cruzaron un instante con los del fraile. Una mirada limpia e inocente, en la que él creyó ver una llamada. Una llamada en la que le pedía que aquella noche fuera a su alcoba para hacerla suya. Que también ella ardía en deseo.
-Buenas noches mujer…- espetó con desdén el esposo por haber acaparado durante tanto tiempo la atención del cura. Esto irritó al invitado sacándolo de su ensoñación.
Pasaron las semanas, y el matrimonio perdió las últimas tierras que les quedaban, ahora sólo poseían el castillo y una enorme deuda con el fraile. En noble pedía su ayuda para que intercediera avalándolo ante las exigencias de los acreedores. A la vez que procuraba no contrariarle, puesto que sabía que el fraile podría acusarle por moroso y acabar con sus huesos en prisión.
Ya estaba donde el cura le quería, ahora podría dar el siguiente paso:
-Hay una forma en la que me puedes pagar- le dijo tranquilamente mientras se acomodaba en su silla- pero no creo que te interese.
-Decidme lo que sea…estoy desesperado
El fraile sopesó su propuesta, era el momento que tanto había ansiado.
-Me interesa una de vuestras posesiones, y por como la tratáis, no creo que sea la más preciada- Le miró directamente a los ojos escrutando el semblante del caballero que parecía desconcertado- Me gustaría convertir en mi…cortesana a vuestra esposa. Si accedéis, os dejaré libre de todas vuestras deudas.
-¡¡Jamás, es lo único que aun me pertenece!! ¡¡ Lo único que aun me queda de mi condición de noble!!- dijo el caballero levantándose con violencia, tirando la silla hacía atrás- Antes prefiero morir
-Pues entonces…que así sea… Pobre estúpido…- Pensó para sí mientras le sostenía desafiante la mirada a su anfitrión.
El fraile, protegido por ropajes que ocultaban su persona, pagó a hombres sin escrúpulos para que lo mataran.
-Sólo os reclamo que parezca que el noble se mató… Si hacéis bien vuestro trabajo, recibiréis, en premio, otra bolsa como esta.
Aquella misma noche encontraron al esposo de Berenice ahorcado en los establos. Una de las pocas sirvientas que aún quedaban en el castillo le dio la triste noticia a su señora, que rompió a llorar. Sabía de la cuantiosa deuda por haberla leído en los libros, sumado los pocos ingresos y restado todo lo que debían, puesto que su padre le había dado una educación que no estaba al alcance de las mujeres:
-Cómo te irás de mi casa- recordó las palabras de su padre- cuando te cases, quiero que me escribas y me cuentes lo feliz que eres, hija mía.
Berenice sabía de sobra que estaba en la ruina.
-¿Qué será de mí ahora?- dijo entre sollozos
-Señora vuestro padre o vuestros hermanos…
-No, mi padre murió hace un mes- miró a su sirvienta con tristeza- Recibí hace unos días la noticia. Y mis hermanos están en las guerras de Oriente, no tengo nada. Ni dinero; por culpa de un esposo que prefería gastarlo en juego y apuestas. No tengo tierras, por pagar sus deudas… No hay nada... ¡Nada!
Berenice lloró su desdicha sin consuelo, la sirvienta miraba aturdida a su señora sin poder ayudarla o consolarla ¿Qué podía hacer ella?...
Berenice se quedó solo con el mozo que se ocupaba de los caballos, buscó entre las amistades de su esposo para que la ayudaran pero la repudiaron como simple mujer que era. Se sentía perdida, confusa y dejada de la mano de Dios.
Un día el mozo le comentó que debía irse.
-El hermano de mi mujer tiene un taller en la ciudad- le dijo conmovido por las lágrimas de ella- ha dicho que me dará trabajo y…me pagará. Compréndalo mi señora, he de mantener a mi familia… Le dijo, al tiempo que cerraba la puerta del salón sin mirarla.
Berenice lloraba desconsolada cuando, oportunamente, el fraile llamó a la puerta del salón.
-Entrad- dijo en un leve susurro
-Mi querida Berenice, en cuanto he oído la noticia he venido a veros- Dijo el fraile tomándola por la cintura para levantarla del suelo- Mis criados me lo han comunicado esta mañana…¡Qué disgusto!... Lo han oído en el mercado- mintió-¿Cómo ha podido haceros esto vuestro marido?... No os preocupéis, yo mismo me encargaré de que no os falte nada. Ahora mismo mandó al criado que está esperándome en la puerta, que traiga a una de las doncellas a mi servicio para que os atienda a vos.
Berenice lo miró agradecida, él en aquella mirada volvió a creer ver el deseo, volvió a oírla diciéndole que le deseaba, que no quería doncellas, que solo le quería a él en su alcoba.
Como en trance, besó una de sus manos… ¡Qué suave era esa piel!
-Dejad de llorar, mi señora, os lo ruego
-Fraile os necesito- la veía decir en su deseo- necesito de vuestras caricias, de vuestros besos, necesito sentiros dentro de mí…fraile os deseo
El joven fraile depositó un casto e inocente besó en las suaves mejillas de Berenice. Ella agradeció con una sonrisa lo que tomó por un honesto gesto de consuelo.
-Mi señora, yo os cuidaré. Ya lo veréis.
Bien sabía él que no podía tenerla como cortesana, si el inquisidor general se enterara…Le cortaría la cabeza por pecador y corrupto a modo de escarnio y como advertencia para cualquier otro que osara imitarle.
Entonces ¿Qué podía hacer?...
Tenía a aquella dulce criatura a su merced; como tanto había soñado. Ahora podía hacer lo que le viniera en gana; podía pedirle lo que se le antojara. Estaba sola y nadie vendría a auxiliarla. Él ya se había encargado bien de ello.
-Fraile, no quiero telas- volvió a oír en su mente enferma la voz melosa de ella- no quiero oro, ni quiero doncellas, lo único que ansío son vuestros besos, vuestras caricias…Quiero vuestro cuerpo sobre el mío… Dentro del mío.
En el fraile crecía el deseo, pero ahora que era el momento, le podía la cordura… ¿No era eso lo que tanto había deseado?... ¿No había echo lo impensable por librarse del marido?... ¿No había hecho envenenar al padre o enviar a la guerra a sus hermanos?... ¿No había alejado a todos del lado de aquella preciosa y desprotegida criatura?... ¿Qué le estaba pasando ahora?... ¿Miedo?...
-Fraile- de nuevo la voz susurrante de ella plena de deseo- Os necesito, necesito que vuestra boca beba de la mía, necesito que vuestras manos acarician mi cuerpo… ¿Es que no deseáis tocar estos pechos?... ¿Hacerlos vuestros?... ¿Es que no os gustaría poseer mi cuerpo una y otra vez, hasta dejarme exhausta?... ¿Hasta quedar rendido dentro de mí?... ¿Fecundar mi vientre con vuestra semilla?...
El fraile ardía en deseo. Se debatía con su propio yo… ¿Acaso no era ella quién lo estaba provocando?...
La besó, la besó con encendido deseo, ella se zafo de él.
-¡¿Qué estáis haciendo?!- Gritó asustada
-Berenice os deseo. Os deseo desde el mismo día en que os vi. Sed mía y nada os ha de faltar…
-¡Marchaos ahora mismo! ¡No quiero volver a veros!- Dijo empujándole lejos de ella
-Os deseo, mi señora, con locura. Vos habéis trastornado mi mente haciéndome arder en deseo cuando estáis cerca.
-Ooohh… Yo también os amo, mi señor- aquella voz amada y melosa volvía a dirigirse a él- Tomarme… Hacedme vuestra… Ummm, quiero sentiros en mí…
Desesperado, se abalanzó sobre ella, acorralándola la volvió a besar… Ella gritaba, le arañaba, le mordía, intentaba quitárselo de encima por lo que recibió un fuerte revés en el rostro, que la hizo desestabilizarse, producto de la sorpresa. Él, con una fuerza sobrehumana, juntó las manos de la mujer a la espalda dejándola indefensa.
Siguió besándola; en la boca invadiéndola con la lengua, en la cara bañada por las lágrimas, en aquel cuello que tantas veces había soñado recorrer, ese cuello suave y delicado que lo llevó hasta el nacimiento de sus pechos. Los miró con lujuria, violentamente arrancó esa parte del vestido para poder lamerlos, ¡Dios, qué hermosos! ¡Qué sabor tenían!... Sus pezones del tamaño de un guisante, redondeados, rosados, comenzaban a endurecerse a medida que él los hacía vibrar con su lengua. Los succionaba, los lamía, los chupaba con tal ansia que la lastimaba.
-Por favor- suplicaba Berenice- dejadme. Me hacéis daño.
Él siguió lamiendo sus pechos, recorriéndolos como tantas veces lo había echo en sus sueños. Los tomó con su mano, los apretó, los volvió a besar.
-He esperado tanto, tanto para esto- Le dijo mirándola lleno de deseo, pero sin dejar de atormentar aquellas adoradas cumbres- He esperado tanto porque seáis mía, y hoy habéis dicho que también me deseáis
-Por favor- Le volvió a suplicar- Yo no os he dicho nada, dejadme. Os juró que no diré nada a nadie.
-¡¡¿Qué no me habéis dicho que me deseabais?!!- aquellas palabras llevaron al fraile a la locura- ¡¿Acaso cuando os he ayudado a levantaros no me habéis dicho que me deseáis?!- la miró enloquecido, le asestó varias bofetadas que dejaron semiinconsciente a Berenice- ¡¡¡¡No sois más que una puta que me hace enloquecer!!!!-
Le arrancó lo que quedaba del vestido mientras le gritaba y dejaba a Berenice desnuda ante sus ojos inyectados en locura y deseo-¡¡¡ Os trataré como la puta que sois!!!!
Volvió a besar aquellos pechos, a recorrerlos con su lengua, se llenaba la boca con ellos, sus manos los apretaba con fuerza haciéndola gritar...
Descubrió que eso le excitaba más aun. Una de sus manos bajó a la confluencia de los muslos de la mujer. Asaltó sin piedad el fruto anhelado; con aquellos dedos, largos delgados, huesudos. Frios y crueles como garfios.
Buscaba enagenado, el resorte que la rindiría a sus caprichos, presa del deseo su voluntad. En su mente enferma la veía entregándose a él, Entrando por fin en razón...
Berenice lloraba sin fuerzas, le suplicaba que la dejara en paz, pero era inútil, el fraile estaba enloquecido. Ciego de deseo.
Gritó de dolor cuando él introdujo los dedos en su intimidad moviéndolos con excesiva violencia
-¡Puta, sé que esto es lo que queríais, siempre me lo habéis pedido con vuestros ojos, siempre me lo habéis susurrado presa de deseo!
Ella ya no hablaba, el dolor solo la dejaba gemir. Algo que él, en su delírio, tomaba por los sonidos del placer.
Seguía incansable succionando con fuerza aquellos pechos, los lamía, los besaba. Mordía los lóbulos de las orejas, exploraba con su lengua la boca femenina, acariciaba con la otra mano aquel cuerpo anhelado.
-Ahora tendrás lo que querías, bruja- Dijo susurrando en su oído
El fraile abrió forcejeando las piernas de la mujer e introdujo su imponente miembro de una sola embestida...
Esto la hizo gritar de desesperación y dolor. Él se movía como poseído, con rapidez, descargando el deseo y la rabia a un tiempo, provocando que ella se retorciera de dolor.
-¿Os gusta? ¿Verdad? ¿Os gusta?- Dijo mordisqueando su cuello.
Las embestidas de él se aceleraban, La recién descubierta vena sádica le llevaba a morder los pechos amados, con una fuerza involuntaria, haciéndola gritar de dolor y llevando las cumbres su propia excitación.
Totalmente poseído, aceleró las embestidas hasta que consiguió derramarse en ella, culminando así aquel acto violento.
Cayó sobre ella exausto, sin fuerzas; jadeando aun por aquel diabólico orgasmo. Aplastándola. Saliendo de sus entrañas solo cuando hubo recuperado el aliento.
-Sois una bruja- dijo en un susurro, al tiempo que parecía recuperar la cordura- Si no ¿Cómo he caído en este fuego infernal de tu carne? Ello sólo puede ser fruto de tu brujería…
La miró babeante de deseo, lleno de odio y furia. Comenzó de nuevo a abofetearla; magullando su joven cuerpo, que iba cobrando un tinte rojizo
-¡¡¡BRUJA!!! ¡¡Eso es lo que sois!!... ¡¡Una maldita bruja!!...
Y a medida que la insultaba y la abofeteaba, sintió como su falo volvía a apoderarse de su voluntad... Volvió a sentir la necesidad de introducirse en ella. De nuevo locura le nublaba el juicio
-¿Queréis que os posea verdad, puta?- Arrastraba con rabia las palabras, los dientes apretados y susurrando en el oído de la mujer- ¿Por eso me habéis embrujado, eh zorra?- La aplastaba bajo su peso.
Berenice no podía más. Ya ni se movía, no le quedaban fuerzas para responderle. El dolor se apoderaba de su cuerpo... Un dolor que le traspasaba el alma... Pensó que, ya nada podía ser peor, hasta que...
Sintió como el fraile la volteaba bruscamente en el suelo, apretando su cara sobre la espalda de ella... Tembló de miedo al notar que el fraile acercaba aquel poderoso y despiadado miembro a sus nalgas.
-¡¡¿Es esto lo que queréis, verdad bruja?!!... Relája tu esfinter y veras cuanto te hago disfrutar- Aconsejó empezando a introducirse en él... Un dolor intenso como una lanza, atravesó el cuerpo de Berenice arrancándole un último gritó que la hizo desfallecer sin aliento.
A cada embestida un insulto, con cada embestida, algo moría en ella un poco más... Una muñeca rota contra el suelo.
El hombre sudaba copiosamente, a la vez que intentaba aliviar en la soledade de sus aposentos, el deseo que arrancó de su cuerpo la evocación de aquella endiablada tarde...
Dos días despues, durante el juicio, Berenice no podía dejar de mirar al fraile que la había forzado en varias ocasiones aquel espantoso día.
Recordó como huyó de su castillo, de su casa, tras el horrible episodio. Recordó como tuvo que mendigar diariamente el mendrugo de pan que llevarse a la boca. Recordó como tuvo que trabajar en las tareas más denigrantes para poder subsistir... Le odiaba… Le odiaba como solo se puede odiar desde el asco, la rabia y el rencor
-¡Berenice de Lampodier!- Un estremecimiento recorrió la columna de la mujer al oír la voz grave del juez- se os condena a morir en la hoguera bajo la grave acusación de brujería…- Esa era la sentencia que la condenaba a terminar sus días...
Mientras era conducida al patíbulo, la gente la insultaba... Caminaba con la cabeza gacha; el agotamiento le restaba la altivez de la nobleza a la que pertenecía…
Buscó con la mirada al fraile que la había condenado, que le arrebató su vida, que la había violado hasta vaciar su alma negra en sus entrañas.
Lo buscaba para que lo último que recibiera de ella fuese su mirada de profundo odio...
Tardó en arder...
Cuando las llamas ya acariciaban su cuerpo, las pupilas de sus ojos se fueron estrechando. El iris adquirió un tono amarillo. Su piel fue tornándose roja por momentos...
Fue convirtiéndose en un ser imponente, causando el pavor de los asistentes a aquella cruel ejecución.
El gentío, miraba con el terror reflejado en los rostros. No corrían, simplemente porque el miedo se lo impedía...
De un salto bajó de la pira dirigiéndose con voz grave y tenebrosa a todos:
-¡¡Pobres imbéciles!!... ¡¡No aprenderéis nunca!!...- Continuó, acercándose a alguno de los aterrados testigos- ¡Toda la eternidad temiéndome injustificadamente!... ¡Huyendo de mí sin motivo!... Por ello, os sometéis y rendís culto a seres insignificantes. Pobres charlatanes, que por su labia creéis hombres sabios…
¡A ellos es a los que deberíais temer de verdad y mantenerlos alejados de vosotros!...
Todos lo escuchaban aterrados. De pronto, giró vertiginosamente sobre sus talones, encarándose directamente contra el fraile:
-¡¡Tú, mortal débil y pusilánime!!- le gritó señalándolo con dedo firme y acusador- ¡¡Tu sitio sí que es el infierno, junto a los demonios que tanto temes!!...
Aunque podéis créeme- Dijo dirigiéndose a la concurrencia- Todos ellos palidecerían ante lo que la maldad de este, hombre de Dios, es capaz de derramar sobre sus semejantes…
Dicho esto, fraile y súcubo, desaparecieron ante el estupor de todos los presentes, envueltos en una nube de humo gris amarillento, que impregnó con olores de azufre el aire ...
servido por licemar
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