UN RINCÓN POR DONDE PASA LA VIDA...
El viejo búho 
El estampido de la persiana daba el pistoletazo de salida a su jornada de cafés, cortados y cañas. Como de costumbre puso en marcha la gran cafetera mientras involuntariamente esperaba oír el tintineo de los cascabeles que anunciaban a su espalda la entrada del habitual primer cliente.
Esta vez falló. El repiqueteo dio paso a alguien que le pidió un café con leche bien caliente, para combatir la fría mañana, frotándose las manos con energía.
Mientras lo preparaba, con la destreza mecánica que da la práctica, sus ojos se posaron en la discreta mesa del rincón que normalmente ocupaba él.
Ya ni recordaba cuando fue el primer día que empezó aquella rutina. Solo sabía que, sin darse cuenta, se había acostumbrado a su presencia. La presencia de aquel hombre de aspecto atractivo y silencioso, extraño, que apenas sí hablaba pero cuyos ademanes daban muestra de ser alguien culto y educado en los buenos modales.
De tanto en tanto lo había descubierto mirándola pensativo. Con aquella mirada de ojos ávidos que lo observaban todo. Siempre tenía una palabra amable para ella y una conversación amigable para todo el que quisiera entablarla con él.
Pertrechado con su bloc de notas, su bolígrafo y su eterna gorra de viejo marino que no había navegado más que con la imaginación.
Durante años aquella figura siempre había estado allí, con apenas algún cambio en el tono de su cabello, otrora oscuro y que con el paso del tiempo había ido encaneciendo añadiéndole el atractivo de la madurez. El resto igual, siempre igual.
Los demás clientes también se habían acostumbrado a encontrarlo en el mismo lugar, por eso cuando entraban aquella mañana, al no verlo, le preguntaban a Laura:
-¿Dónde esta nuestro viejo marino?
-No lo sé. Hoy todavía no ha aparecido.
-Que extraño... Se le habrán pegado las sábanas...
-Puede ser... Pero sería la primera vez en tanto tiempo... No se
-Bah, mujer ¿Quién sabe?... A lo mejor se ha ido a navegar por fin...- dijo el cliente intentando imprimir unas notas de humor.
Las horas transcurrían pero su mesa continuaba inusualmente vacía, era curioso Laura también se sentía vacía, jamás pensó que echaría tanto de menos su presencia. Sus esporádicas y escuetas conversaciones habían conseguido que la chica dejara de sentirse como un busto parlante tras el lustroso y frío mostrador. Un mero trámite para conseguir lo que a cada cliente le apetecía en ese momento y ya está.
A pesar de todo, poco sabía de él; solo lo que de vez en cuando el hombre le había querido contar, y lo que ella misma había deducido por intuición. Por él supo que su nombre era Miguel y por su intuición, que debía vivir solo a juzgar por las horas que se pasaba en aquel rincón, su rincón, como le gustaba llamarlo.
Ya eran más de las dos de la tarde y seguía sin aparecer.
Los clientes continuaban entrando y saliendo del bar, la mayoría expresaban su extrañeza al no encontrarlo escribiendo en el lugar de siempre, otros embebidos en sus propias cotidianidades ni siquiera habían reparado en ello... Todo muy normal.
A eso de las cuatro de la tarde, cuando el servicio de comedor ya disminuía, era cuando Laura aprovechaba para comer y descansar un poco de tanto ir y venir.
Era el mejor momento del día, no solo por el sosiego que representaba para sus pobres pies, si no porque era el rato que podía dedicar a su pasatiempo favorito; leer en el periódico la columna diaria de “El viejo búho”. Le encantaban aquellas historias cotidianas. Eran tan reales, tan de tu a tu que en ocasiones le parecía estar viéndose a sí misma en alguna de las protagonistas. Incluso a veces, hasta hubiera jurado que algunos de aquellos relatos habían ocurrido en su presencia, solo algunos pequeños cambios en los personajes o en la descripción del ambiente no la dejaban estar segura del todo.
Con decisión fue pasando las hojas del diario hasta llegar a la página donde solía aparecer. Allí, en lugar de su amada columna, lo que encontró fue una escueta nota de la redacción del periódico informando del óbito repentino del Viejo búho. Después de un sentido descanse en paz, el diario informaba a los lectores que al día siguiente publicarían la ultima columna de su habitual colaborador...
La chica, lentamente devolvió a su lugar el tenedor con el último bocado que se había quedado suspendido a medio camino entre el plato y ella. Sus ojos se inundaron de un agua cálida que la desbordó y resbaló por sus mejillas al tiempo que fijaba la vista en la mesa del rincón sintiendo como si una mano invisible apretara dolorosamente en el interior de su pecho. Acababa de descubrir dos cosas a un tiempo. De súbito su intuición le decía que ahora si sabía quién era Miguel y que lo que sentía por él no solo era el cariño de la costumbre.
Aquel cliente tenía razón, el viejo marino se fue a navegar. Emprendió el largo viaje que no tiene retorno.
Desde entonces la mesa permaneció reservada de forma tácita. Como si secretamente esperase que la intuición le hubiera fallado en esta ocasión y que alguna vez quisiera volver a sentarse a escribir en ella...
El tiempo pasaba y ella se sentía cada vez más triste. No acertaba a entender qué la desasosegaba más; si saber que nadie, incluida ella, se hubiera ocupado más que superfluamente de aquel hombre discreto, o que a él le hubieran importado tanto sus vidas que los había adoptado como fuente de inspiración sin que nadie reparara en ello.






mixcelaneas dijo
Por lo que veo tu amiga INSPIRACION sigue fiel a tu lado. Me encantó este cuento!
Cuántas veces no reparamos en alguien hasta que lo perdemos!!
Besossss!!
16 Agosto 2007 | 02:41 PM