¿Está seguro de que es aquí?... ¡¿?!...
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer...Pero fue muy, muy ayer. Tanto como el principio de los ochenta...
Durante cinco años estuve trabajando para el taller de bisutería de Joan Olivella (Digo el nombre porque ya no existen; ni el taller, ni él).
Trabajábamos para firmas importantes de la época: Santa Eulalia, Boulevard Rosa, Samblancart.
Confeccionábamos todo tipo de abalorios; collares, pendientes, pulseras, cinturones, bolsos…
Pero lo que más me gustaba era el apartado que teníamos de bisutería y adornos para espectáculos: Collares como petos, tejidos con cuentas, vestidos de lentejuelas y también del estilo de Paco Raban, ese de los cuadraditos de metal. Además de boas y adornos de plumas para los tocados de las vedettes del Molino, del teatro Aranu y el teatro Apolo. Los teatros del Paralelo barcelonés. En esos años aun coleaba el género llamado “revista” y nosotros les abastecíamos.
Todo eso, permitía dar rienda suelta a mi creatividad, era la parte del trabajo que más me gustaba.
A mi jefe también le gustaron mis ideas, por eso me contrató mas tarde como diseñadora. Y es que, usando la imaginación, es como mejor me lo paso.
Pero, bueno, todo eso vino después de lo que os quiero contar.
Esto lo hacía en casa, con tres amigos más. Estaba bien pagado y me dejaba organizarme.
Una vez a la semana me desplazaba al centro para entregar la faena acabada y recoger la nueva.
El lugar estaba en “Rambla de Catalunya”, que es el tramo siguiente, (después de pasar la plaza del mismo nombre) a las populares Ramblas.
Era una casa señorial de finales del XIX. Con entrada para carruajes y doble escalinata que conducía al piso principal. O sea, uno de esos edificios enormes, pertenecientes a la burguesía barcelonesa. Mi jefe también… Pero venido a menos… Y claro, había que hacer de todo para poder mantener la casa, y el palmito.
La primera vez que fui, me impresionó, tanto el edificio, como el interior del piso donde debía entregar mi trabajo:
Una enorme entrada que daba a lo que, antaño, había sido un patio interior, pero que ahora estaba cerrado y acristalado, de tal forma, que lo habían convertido en una gran pajarera.
Con un robusto y frondoso árbol en el centro, cuyas ramas sostenían los nidos de varias clases de pájaros; de todos los colores y de todos los tamaños; agapornis, papagayos, periquitos, algún canario. No sé, seguro que me dejo alguno…
Tal como entrabas, a la derecha estaba el taller donde intercambiábamos el trabajo hecho, por el nuevo. Más tarde, allí fue donde se instaló mi mesa de dibujo.
Era una estancia no demasiado grande y con estanterías por toda la pared, con innumerables cajoncitos en los que, se clasificaban perlas, cuentas, hebillas, tupís, rocallas, esmaltes, brillantitos, etc., etc.
De la entrada, a la izquierda… no sé... Se divisaba una estancia espaciosa, con algo de buen tamaño en el centro, pero como estaba todo apagado y oscuro, no se acababa de apreciar qué era… Je je je… En la segunda visita me enteré… ¡Ya lo creo que me enteré!...
Como luego sería costumbre en esos cinco años, aparqué el coche en el garaje de la casa, subí al principal, llamé a la señorial puerta de madera y….
Y me recibe una AUTÉNTICA tableta de chocolate…
Al menos, eso es lo único que atiné a ver de primeras… Cuando conseguí salir del trance, roja como un tomate, pude apreciar que era todo un adonis bronceadísimo y cubierto solo por una toalla blanca sujeta a la cintura…
(Ay… con lo bien que hubiera sabido apreciar esas vistas ahora… Maldita inexperiencia… Solo 22 añitos… Pero muy bien puestos…)
Claro, mi primera reacción fue dar un paso atrás, (sin que se notara demasiado el corte, porque aun me hubiera dado más corte) para mirar el piso y la puerta… ¿Me habría equivocado?... ¡¿?!...
Él sonrió y me dijo que podía pasar, señalándome hacia la izquierda. Yo, extrañada por la dirección, entré, miré y… No, no… Esta vez no estaba oscuro, ni mucho menos. Más bien parecía que la estancia tenía un sol para ella sola.
La cosa enorme del centro, era una especie de sofá circular, tapizado en terciopelo rojo y con una gran palmera en el medio. En él estaban sentadas dos señoritas, despampanantes, con menos ropa aún que quien me salió a abrir. Y de pie, junto a ellas, dos adonis más, pero estos… Sin toalla...
No sé cual sería mi expresión en esos momentos; pero creo que, igual que vosotros, puedo imaginármela…
El de la toalla me dijo que pasara, que me estaban esperando para empezar…
-… ¡!...¿A mí?
-Si claro, ya está todo dispuesto para empezar a rodar…
-…¿?... ¿Rodar?... No, creo que no…
Afortunadamente, justo en esos instantes apareció mi jefe, me saludó y… De paso, les sacó de su error…. Uuffff… Y a mí de un buen apuro.
Las actores sonrieron y siguieron a lo suyo como si tal cosa. Pero yo… Yo no sabía donde meterme.
Luego, el Sr. Olivella, me explicó que esa parte de la casa la alquilaba a una productora para hacer películas porno... Je, en más de una ocasión intentó persuadirme para figurar en el elenco de artistas, pero no logró convencerme. La casa era demasiado fría en invierno…
Afortunadamente, yo le convencí a él de que, creando bisutería, era mucho mejor…
Luego, durante los cinco años que trabajé allí, tuve tiempo de acostumbrarme a las “excentricidades” de aquella casa… Pero eso, son otras historias…












1971 dijo
ostras, menos mal que te rescato, o quizas no, no se, cosas del cuerpo, que contradiciones.
8 Julio 2008 | 09:03 PM