El botas
No sabemos ni cuando apareció, pero siempre está ahí. Quién lo ve por primera vez, no puede evitar mirarle, aunque pronto se acostumbra uno a él. Parece que nadie le hace caso, pero, si pasan más de dos días sin que aparezca deslizándose como una sombra por sus rutas habituales, pronto nos preguntaremos que donde está.
Es; nuestro particular indigente voluntario.
En la urbe ocurre menos pero, algunos antiguos barrios, respiran una cierta vida de pueblo, hasta el punto de disponer de su propio mendigo adoptivo.
Pintoresco personaje este, “El Botas”, ese es su apodo. Por el que popularmente le conocemos. ¿Su nombre?... ¡Ussh!... Cualquiera sabe... Si alguien ha conseguido averiguarlo, en las escuetas y extrañas conversaciones que se pueden mantener con él, no ha trascendido, quizás porque no lo ha dicho o porque lo han olvidado. El caso es que para todos es, el Botas.
Basta mirar sus pies para saber por qué. Resulta evidente que esas botas rígidas, toscas, gastadas; conocieron tiempos mejores y están muy por encima de su número. La extrema delgadez de sus piernas, hace que dé la sensación de que, le cuesta tirar de ellas. Que le pesen más que su pasado. Una especie de “Popotitos” barbudo, harapiento y desgreñado.
Aah, su pasado… Nadie tiene la mínima idea de cual debe ser. Y él, con su cabeza ves ha saber donde, no suelta prenda. Porque no quiere, que cuando quiere, se centra. Pero, si le observas bien. Si te tomas tu tiempo y le miras discretamente a los ojos (pero muy discretamente, porque es orgulloso y susceptible. Si te descubre en falta, no dudará en mirarte descarado mientras exclama… ¡¿Y tú qué miras?! ) Si, por ventura, consigues mirar el fondo de esos ojos ausentes, intuyes mundos perdidos que sólo su recuerdo sabe. Imaginas historias vividas, que nada más él conoce.
Descubres además, una juventud que desmiente la impresión avejentada que, a primera vista, transmite su apariencia. Tiene costumbres, claro, como las tenemos todos. Se ha marcado un itinerario que nadie sabe donde empieza, ni donde acaba. Es, la ruta del Botas.
Cada parada es un bar distinto, almas compasivas que sin darse cuenta le fueron adoptando por lástima. Sutilmente, sin decir nada, para que no se ofenda. He visto muchas veces esas muestras discretas, más de cariño que de caridad y, lo confieso, me conmueven. Me hace pensar que entre la gente corriente, aun hay esperanza, no está todo perdido. Aun somos capaces los seres humanos de ser, humanos. Le dejamos vivir su vida tranquilo, le aceptamos así, como es.
Si el frío está que corta, accede dócilmente. Si no; lo agradece y dando media vuelta, se arrebuja en el nido de mantas, cartones y periódicos, que se ha construido en su escondrijo. El que toque en ese momento, el que tercie. Nunca dura demasiado en el mismo lugar, aunque sí los repite de forma itinerante. ¿En verano? Hacia la playa. En primavera en el rincón más apartado de algún parque a resguardo de niños, mirones y curiosos. En otoño e invierno, bajo algún puente o paso subterráneo de peatones… Vaya, donde le apetece.
Así es su vida, la que vemos, la de diario, La que conocemos todos. Porque la del alma, esa que asoma en el fondo de sus ojos grises, esa…. No creo que nunca la sepamos.
Si amigos, este es el Botas. Nuestro Botas... Nuestro vecino indigente...
(Hoy me he enterado que me han premiado este relato y, como siempre, he querido compartir mi alegría con vosotros... Gracias por estar siempre ahí... Besos)






lilian fernandez dijo
Merecido premio, y real quien no tiene un@ cerca un abrazo
BUENAS NOCHES
5 Junio 2009 | 10:30 PM