Perdida en un mundo mágico
Acostumbrada a pasar por la vida de puntillas, sin molestar, intentando no ser vista, como si de esa forma pudiera evitar que volvieran a herirla. Así, ceptaba agradecida lo que le daban, ignorante de que pudiera aspirar a más, de que tuviera derecho a desear más.
A solas, su mundo interior la mantenía viva, ayudándola a soportar el excluyente y tedioso mundo exterior. Hasta que, como si de una fabula se tratara, la técnica le brindó la oportunidad de navegar por mundos desconocidos. Y, navegó. ¡Vaya si navegó!...
En uno de esos viajes virtuales, visitando lugares cargados de promesas, quiso la fortuna que fuera a parar a un extraño edén. Un lugar lleno de sonidos atrayentes y melodiosos. Un paraje de ensueño, ideal para sentarse a meditar.
Además de ser su pasatiempo favorito, las leyendas que en aquel oasis encontraba convidaban a hacerlo. Resultaba tan refrescante como pasear descalza sintiendo el rocío y la hierba bajo los pies.
Sumida en su mundo la sorprendió el jardinero. Un apuesto caballero, de trato amable, pero reacio a mostrar el lado humano. Prefería parecer egoísta y caprichoso a los ojos de los demás.
Ella, acostumbrada a escuchar y observar más que a hablar, percibía en su ocasional anfitrión, bastante más de lo que este estaba dispuesto a admitir.
El caso es que, no se sabe por qué, (Ella, aun no sabe por qué) congeniaron. Él le hablo, con palabras hermosas, de mundos increíbles. Le mostró cosas que ella nunca hubiera imaginado. La enseñó a confiar en sí misma, a entender, que tenía un lugar en el mundo. De su mano, descubrió que también era mujer.
Por animarla, hasta fue capaz de crear sueños mágicos, y le enseñó a convertirlos luego en posibles realidades. Dándole todo el coraje necesario para atreverse a soñarlas como propias. Y lo que es más dificil; a vivirlas.
Enormemente agradecida, la mujer prometió no revelar nunca su secreto. Si él no lo quería, nadie sabría que aquel vergel estaba cuidado por un entrañable y afectuoso ser humano. En poco tiempo le había demostrado saber de la vida mucho más que ella. Sus razones tendría para quererlo así.
Desde entonces, la dama, aprendió a caminar por el mundo con paso firme . A no pedir permiso para vivir. A reclamar su sitio y no dejarse eclipsar nunca más... Aun hoy, sigue dandole gracias al jardinero...












fenicia dijo
Que bonito!!
kisses
18 Julio 2009 | 10:22 PM