Encontrar algo único.
Una vez, un emperador de un país lejano, estaba harto de ver que no tenía ningún amigo de verdad. De aquellos que, igual te dicen lo bueno como lo malo.
Vivía rodeado de gente servil, que siempre le daban la razón en todo. Era listo y sabía que no se podía fiar de ninguno de ellos. Se sentía tremendamente solo para gobernar; que solo te adulen no es beneficioso, pues te impide ver cuando te estás equivocando.
Acostumbrado como estaba a tener de todo, entendía la vida de una forma muy materialista, por eso creyó que su mejor amigo, sería aquel que fuese capaz de llevarle como regalo la cosa más extravagante y exclusiva que existiera.
Convencido de que había tenido una magnífica idea, hizo colgar un bando anunciando que convertiría en su hombre de confianza, con todo lo que ello significaba, al hombre o mujer que llevara ante sus ojos algo, de lo que no hubiera igual en el mundo.
Al principio, los súbditos pensaban que su emperador era un estúpido, o se había vuelto loco. Aún así, se esforzaban en encontrar cualquier cosa que le pudiese agradar. El premio que estaba en juego, bien lo valía.
El primero que lo intentó, puso ante su soberano, un baúl hecho de oro plata y diamantes. Tremendamente valioso, pero...
El señor, se levantó y acto seguido, puso ante las narices de su súbdito otro cofre igual...


Los días pasaban y cada cosa que le presentaban, él mostraba al momento otra de igual.
Empezaban a pensar todos en el imperio, que nunca encontrarían nada que fuese único en el mundo.
Pero un día; se presentó en palacio un hombre humildemente ataviado. Decía que él portaba algo, que no había nada de igual en todo el planeta.
Todos se lo miraban, medio extrañados, medio incrédulos, pensando:
¿Qué podrá tener este infeliz, que no tenga nadie más?
-¡¿Quién es ese hombre?!- preguntó el emperador a uno de sus sirvientes.
-No es nadie. Es un pordiosero, que se pasa el día en un rincón de la taberna del pueblo leyendo y escribiendo poemas. Nadie repara en él, solo los niños a quienes les cuenta cuentos, llenando de fantasías absurdas sus cabezas.
Intrigado, por saber qué era lo que podría ofrecerle aquel anciano, lo dejó pasar y le ofreció asiento:
-Dime, buen hombre; qué es lo que crees que me puedes ofrecer tú.
Él, rebuscó durante unos segundos en el interior de su zurrón y acto seguido extrajo un antiquísimo, pero humilde, espejo hecho de cobre y bronce...
El otro, sonriendo, dijo; gracias por tu esfuerzo, pero tengo cientos de iguales repartidos por todo el palacio.
-No, mi señor, se confunde... Yo, no le estoy mostrando el espejo. Lo que yo le estoy enseñando, es la imagen que se refleja en él... Estoy convencido de que, en todo el mundo, no hay otro igual... Yo, no puedo regalarle a usted mismo, pero sí que puedo hacer que se dé cuenta... Usted es único, igual que yo, o que ese, o aquel... Aclaró el poeta, señalando a cada uno con el dedo a la vez que hablaba.
El vanidoso emperador, quedó tan complacido con la ocurrencia de aquel hombre, que no dudó en ofrecerle su amistad incondicionalmente. Además, como daba muestras de ser alguien muy sabio, lo tomó como consejero personal.
También lo nombró poeta de la corte y le concedió el deseo de abrir una biblioteca, bien provista de libros, donde podría entrar todo aquel que quisiera ensanchar sus horizontes.En especial los niños; a los que él mismo se encargó de enseñar a leer....











CORSARIO . dijo
A veces la riqueza se halla en las cosas más sencillas.
Bointa historia Lidia.
Un beso.
20 Julio 2009 | 11:19 PM