Dura lucha contra los elementos
De cómo, los elementos, pueden dar al traste con una velada que se prometía inolvidable… Y lo fue… ¡Ya lo creo que lo fue!...
Tras un paseo disfrutando de ver como las luces del atardecer van transformando el paisaje, dirigimos los pasos, y nuestro objetivo, en buscar el lugar idóneo para cenar. Un broche acorde con tan bucólico día.
Al fin, y sin demasiado esfuerzo, lo encontramos.
Una trattoría. ¡Bravo! Un pedacito de la bella Italia al alcance de nuestros pies.
Buena carta al uso, buena decoración... ¡Buena idea! Todo prometía…
Nos hubiera gustado poder degustar nuestra cena disfrutando un poco más del paisaje y de la refrescante brisa marina en las mesas de la terraza, pero estaban todas ocupadas y nosotros demasiado hambrientos para esperar, los más de tres cuartos de hora que, el camarero había estipulado.
Él fue quién nos convenció de pasar al interior. Era aun mas bonito y acogedor que el exterior; no tenía aire acondicionado, pero al haber poca gente y ser espacioso la temperatura resultaba bastante aceptable.
El atento maître, observando el continuo aleteo de mi abanico, nos acomodó en una mesa estratégicamente colocada donde se percibía una brisa leve.
No era lo mismo, pero bueno, tampoco íbamos a realizar una sesión de aeróbic, todo debía ser tranquilo y sosegado ¿No? Pues ya está…
¡¡JA!!... El aire, si era fresquito; siempre y cuando a nadie se le ocurriera pedir una pizza, ya que el horno para tales delicias se encontraba detrás del mostrador situado a mi izquierda… Cada vez que el maestro pizzero abría la portezuela, el mismísimo aliento de Lucifer, me susurraba al oído… ¿No tenías prisa?... Pues ahora te jo…
¿Cómo protestar a nadie si, ignorantes de ello, fuimos nosotros los que encargamos tres?...
Bueno; no pasa nada, intensifico el aleteo del abanico y ya está… Tampoco hay que ser tan quejica.
Lógicamente, el vino también contribuía a aumentar la temperatura propia. No pasa nada; mentalización, más aleteo… Y paciencia…
Al fin, llegaron nuestras pizzas, el horno dejó de caldear el aire y yo cambié el vino por una “biarra”, más al uso y por supuesto más fresquita… Todo estás bien. No pasa nada…
-¿Mamá, me la troceas? Es que el cuchillo no corta…
-¡Trae anda, que os rendís enseguida!
¡¡Jolín!!, pobre niña, tenía toda la razón. Yo, no había probado bocado todavía, por eso no sabía si era la pizza que estaba muy dura, o los cuchillos, como más tarde se demostró, que no cortaban ni la mantequilla bajo el sol…
A causa del esfuerzo, mi frente empezaba a brillar y no tenía un tercer brazo para poder accionar el abanico…
Ommmm… Vamos, vamos, no puede ser tan terrible, calma y enseguida estás…
Pero no, cada vez sudaba más. Mi esposo, apiadándose de mí, asumió la tarea de abanicador ocasional. Pobrecillo… Le daba con tanta energía que…
Que, bueno, que su copa de vino tinto, se la llevaron a partes iguales el mantel y mi pantalón, ambos de un blanco impoluto hasta el accidente.
¡¡Dioss, que bochorno!! Afortunadamente, mi asalto con la cena de la niña había concluido.
A punto estuvo de ganar la pizza, pero fui yo la que se alzó con la victoria… Y la que se quedó acalorada con tanto esfuerzo.
El incidente del vino me dio la excusa para hacer un paseo al lavabo, limpiar como pude el desaguisado y de paso refrescarme un poco. De vuelta a mi lugar… Ommm…
Trago de cerveza, airecito de abanico y… Ommmm… A por mi cena.
Nada, que el puñetero cuchillo no corta ni el aire. Pues este trasto no me conoce a mí hambrienta…
Decidida lo cojo, y entro a matar, a duras penas lo consigo… Pero lo que si consigo es que la mitad de mi pizza se deslice cual surfista por encima de la mesa y aterrice en el plato de mi marido. Allí, como si de una cría de cuclillo se tratara, desbanca a la mitad correspondiente de su plato, y esa mitad con su temperatura y todo, va a parar a la entrepierna de él…
¿Venganza?... Yo no quería. ¡¡La madre que me pa…!!
¡¡Cada vez tengo más calor y menos hambre!!... ¡Qué vergüenza!
Desisto. Paso de comer, solo bebo y rezo para desaparecer de allí cuanto antes.
Bueno, todo superado. Todo en su sitio. Aquí no ha pasado nada. Compostura, airecito y… Ommmm….
Llegan los postres, bueno, podré resarcirme, por lo menos un poco.
Pedimos todos y yo me decanto por un tiramisú helado… Ummm… Ya me relamo.
Aquí lo tengo, tomo la cucharilla y… Y…
Y se convierte en algo parecido a un sacacorchos al intentar clavarla en aquel iceberg…
Afortunadamente, el humor y la risa lo cura todo. Porque ese es el ataque que me dio al ver la cuchara y no sé si por contagio, pero a ellos dos también. Aunque yo, seguía sin ver el momento de salir de allá…
Luego, de vuelta al hotel por el paseo, un granizado de café al aire libre y las notas de Los Panchos como fondo, volvieron a reconciliarme con los elementos… Lastima que entre mis manchas de vino y las manchas de tomate de él parecíamos una pareja de leopardos…

(Lidiada reeditada, a petición de mi hija, que le hace gracia. Este fue uno de mis primeros posts en La Coctelera, hace ya más de tres años)












CORSARIO . dijo
Aún te dura el abanico?? Jo vaya tute que le diste Jajaja.
Me gustó el post.
Besicos.
22 Julio 2009 | 09:53 PM