El acantilado
De nuevo mi vista se pierde en el horizonte. El mar embravecido golpea las rocas de la abrupta bahía esparciendo minúsculas gotas de agua salada por todo el paraje. Eso y la habitual humedad reinante, cubre la hierba de una pátina resbaladiza. Debido a ello y a la ligera pendiente, hay que acercarse con cautela al borde del acantilado.
Es curioso, hoy apenas percibo esa dificultad. Me estoy aproximando al lugar desde donde me gusta otear el paisaje, sin sentir la fatiga habitual, mis pies, más que caminar, se deslizan por la superficie.
No me extraña; son tantas las ganas de volver a estar ahí, que la ansiedad engulle cualquier otra sensación. Ni siquiera siento mis brazos húmedos y pegajosos como de costumbre.
-Ya vuelves a estar aquí- me sorprendió una voz desconocida a mis espaldas. A pesar de ello no di muestras de sobresalto alguno- hacía mucho que no venías.
-Sí, es verdad, ya lo echaba de menos. Pero quién eres. ¿Cómo sabes que he venido otras veces?- pregunté mientras me giraba lentamente. Un hombre, joven, de aspecto serenamente hermoso y cuidado se alzaba ante mí. Ignoraba de donde había salido. Tal vez estuviera dando un paseo como yo, pero no me había dado cuenta de su presencia hasta ahora.- ¿Me conoces de algo?
-Sí, te conozco. Te he visto todas las veces que has venido, siempre acompañada, quizá por eso no te dabas cuenta de mi presencia, no hacía falta; pero siempre he estado aquí.
Me resultaron confusas sus palabras. Si siempre había estado, por qué no me había dicho nada nunca.
-Jamás te he visto, hasta ahora.
-Lo sé
-¿Por qué hasta hoy no me has dirigido la palabra?
-Ya te lo he dicho, no ha hecho falta.
Girándome de nuevo para llenarme de las vistas, respiré hondo dejando que el peculiar aroma a mar, hierba y musgo llenase mis pulmones. Qué extraño, tampoco el olor me pareció el de siempre.
-Es cierto, he venido mucho por este paraje, disfruto con sus colores, sus olores, sus sonidos. Siempre vine acompañada por mi padre, el también disfrutaba. Tanto o más que yo. Je, je, pobre- añadí mirando el hermoso rostro del misterioso desconocido- siempre le tenía con el alma en vilo, me gusta tanto acercarme al acantilado para sentir el viento en mi rostro... Me encanta que el aire revuelva mi pelo, convierta en aleteos de paloma las ropas de mis vestidos. Es una sensación de libertad. Pero a él le hacía padecer, lo sé. Pobre- volví a repetir, caminando unos pasos más hacia delante.
-Yo también lo sé.
Le miré extrañada...
-Murió el mes pasado, aun no me he hecho a la idea, por eso he venido hasta aquí. Este era su sitio, nuestro sitio, creía que aquí lo podría sentir más cerca, pero...
-Pero hoy no estaba él para prevenirte, para decirte que tuvieras cuidado, por eso... Por eso estoy yo aquí... - detuvo sus palabras y el hermoso rostro adquirió un semblante sombrío - pero llegué tarde... -añadió al tiempo que se asomaba al acantilado, invitándome a hacer lo mismo, con una mano sujetando mi cintura- y tú... esta vez, te asomaste demasiado...
Mis ojos, con expresión de alarma, pasaron de los suyos tristes a mirar hacia donde él me indicaba con un leve gesto de su mentón.
En el fondo del acantilado, en la estrecha franja de arena de la ensenada, yacía de bruces el cuerpo desvencijado y sin vida de una mujer joven con mi misma indumentaria. A primera vista, tenía el aspecto de la muñeca de trapo que alguna niña hubiera tirado allá. La altura engañaba, haciéndola parecer diminuta.
-¡Pero!... ¡Qué!... ¡¿Quién?!... ¿Quién es ella?
-¿De verdad necesitas que te conteste?- Dijo suavemente, mientras rodeaba mis hombros con su brazo.- Esta vez, ni él ni yo estuvimos a tu lado... Viniste aquí, para sentirle más cerca... Y lo lograste... Sé que no fue tu intención, lo sé. Pero era tal tus ansias de encontrarle que olvidaste sus advertencias de cautela. Ahora ya está. Todo terminó.
Vamos, ven conmigo, te llevaré a su encuentro...

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Veréis que sus historias nos os dejaran indiferentes y os harán pasar buenos momentos. Creedme, vale la pena. Gracias. ![]()

El Navegante











fenicia dijo
Que historia tan bonita Lidia,a pésar de su tristeza.Es ideal para esta tarde de lluvia con café,que hoy sin problemas de butano o enchufes he tomado.
Los acantilados,los faros,la mar,todo eso ejerce gran misterio para mi,a pesar de lo conocidos que me son.
kisses
28 Septiembre 2009 | 04:27 PM