Breve historia de un Ying y un Yang... Egos fatuos...
Ying, era un ser apuesto, de carácter, inteligente, con una gran personalidad. Sabía cuales eran sus armas, y utilizarlas con destreza.
Erudito conversador. Las artes, no guardaban secretos para él, se sentía capaz de dominarlas a todas. Y en verdad lo era..., las siete, las ocho. ¡Y mil que hubieran habido! Pero, se hallaba tan pagado de si mismo que la soberbia le mantenía prisionero en la cárcel castrante de su egocentrismo.
Allá, desde su inalcanzable atalaya de petulante sapiencia, observaba al resto del mundo pasar a la altura de sus talones. Solo... con la soledad que reporta creerse, rara y maravillosa avis, convencido de que nunca iba a encontrar a nadie a su altura.
¿Con quién departir que merezca la pena?... ¿Con quien cambiar impresiones; si no va a haber nadie con la suficiente cultura e inteligencia, como para que compense el esfuerzo de quer conversar?... Cabía la posibilidad de bajar unos peldaños en su torre de marfil. Pero entonces... ¿Dónde iba a quedar su prestigio?.
No, la humildad, no era una de sus muchas virtudes. Quién le iba a escuchar boquiabierto como su vanidad demandaba para sobrevivir, para conseguir mantenerse en alto...
Así pues, no le quedó más remedio que inventar a Yang.
Mientras Ying permanecía oculto entre las sombras, Yang sería el que el vulgo, tendría el privilegio de conocer. Así podría divertirse con las mentes mediocres sin que su yo prestigioso sufriera mella por ello.
Yang aparecía cuando menos te lo esperabas, soltaba palabras lacerantes como chasquidos de látigo que hieren y humillan a los ocasionales conversadores. Utilizaba las tertulias como interminables partidas de ajedrez en un toma de ingenio y un daca de mediocridad.
Acorralaba al oponente igual que el gato que no necesita del ratón para saciar su apetito, pero que jugando con él demuestra quién manda, quién es el ser superior.
No contaba con que el ratón, consciente de que su autoestima intelectual está en juego y acorralado en la esquina del cuadrilátero, toma acopio de ingenio y acierta a darle una buena dentellada que le lastima dolorosamente el ego.
Entonces Yang, como niño caprichoso y pillado en debilidad, asesta un zarpazo al tablero, al ratón, y al juego, y se retira a lamer su vanidad maltrecha gimoteándole a Ying... Que emerge de las sombras, suelta tres frases humillantes, lapidarias, y vuelve a retirarse a la humbría soledad del genio prodigioso en su torre de marfil; en espera de que Yang se reponga y vuelva a salir a jugar, en busca de nuevas víctimas.
Lo que pasa es que ya, cada vez menos incautos se prestan a ese juego, a esa travesura cruel que despedaza la autoestima y aniquila moralmente al contrario. Yang, también empieza a ser vencido, Yang comienza a conocer el sabor amargo de la soledad...










tess dijo
Cuando Yang compruebe que sólo ha sido un juguete, una marioneta que Ying mueve a su antojo, sentirá la soledad y la humillación y ya no habrá solución, pasará a ser lo que antes fueron otros... solo pasado.
Infelices aquellos que se creen superiores, pronto mostrarán su inferioridad.
BesoTess equilibrados.
7 Octubre 2009 | 02:48 AM