¿Problemas de peso?... Yo no... ¿Y ustedes?
Yo no tengo, demasiados, problemas con mi peso. Todos, me los causa esta sociedad estereotipada en que vivimos.
En múltiples ocasiones da la impresión de que mis dimensiones incomodan más a los demás que a mi misma. Vivo sin acordarme de ellas (bueno, no demasiado) hasta que el alma caritativa de turno me dice:
-¿Por qué no te operas?... Como si mandar a alguien al quirófano fuese algo parecido a desearte unas buenas vacaciones en un balneario.
-Pues no. No me pienso operar. Opérese usted la vista, ya que parece molestarle mas ver mis quilos que a mí tenerlos.
Yo vivo mi vida haciendo las cosas que me gustan sin ponerme barreras, subo, bajo, vengo, voy. Me arreglo, me mimo. Me miro por fuera y, bueno, tengo un “rotundo” atractivo que no descuido, y por supuesto no ignoro.
Por dentro, mi atractivo es aún mayor, según dice el que se ha tomado la molestia de querer descubrirlo. Entonces, si estoy conforme, por qué tengo que cambiar mi volumen al gusto de los demás. Y por qué me marginan si no estoy dispuesta a hacerlo.
Más de una vez he sorprendido a mis amistades hablando de mí:
-Es guapa, y tiene trato agradable, posee un gran corazón. Y se preocupa por los demás, siempre está pendiente de que los que están a su alrededor estén a gusto... Que pena que...
¡¿Pena?!... ¡¿Pena por qué?!... A mí no me da ninguna. ¿Ser delgada y esbelta me haría mejor persona?...
¿Y lo cómodo que les resulta a la hora de identificarme, cuando quieren referirse a mí?
-Si; aquella chica, la gordita… - Los más benévolos, claro... Los otros, ya podéis imaginaros cuales deben ser los comentarios descriptivos…
No deja de tener gracia (maldita) entrar en la consulta del médico y que un señor orondo de mofletes sonrosados te diga, repasándote de arriba abajo...:
-Hay que perder peso.
-¿Por qué?
-Para evitar problemas de hipertensión, colesterol, huesos...
-Y… ¿De rechazo social?...-pienso para mí, mientras le digo que- Pero si usted está viendo que mis últimos análisis son como los de un bebe.
-Si. Pero hay que prevenir. Lo mejor es una dieta sana y no caer en el sedentarismo...
¡¡Sedentarismo!!... ¡A mis talones, le engancharía yo! Mientras limpio la casa, recojo a los niños, cuido de ellos, los llevo a las extraescolares, hago la compra, me peleo con el papeleo en las distintas administraciones, etc., etc., etc.... Sedentarismo... ¡Tiene narices la cosa! Mis quehaceres cotidianos, no son menos que los de cualquier otro mortal, por pesar más...
Y eso, lo de hacer ejercicio, te lo está diciendo alguien, que desde que has entrado no se ha dignado a moverse de su butaca ni para saludarte y que el otro día pillaste in fraganti, en un restaurante dando buena cuenta de una opípara cena de compañeros...
-Según usted qué debería hacer. Si ya ha visto que el único asterisco que consta en mi exploración no tiene solución y no tiene nada que ver con la comida.
-Intenta hacer esta dieta y vuelve dentro de tres semanas (en el papel que me extiende consta que tal dieta es de mil calorías, compuesto por desayuno, comida, merienda y cena)
-¡Pero si yo no he comido tanto en mi vida!...
El doctor te mira con cara de “¡Venga ya!” y tu, pones cara de “bueno, como usted diga”.
A las tres semanas vuelves y la primera pregunta, mirándote con aire de displicencia, es:
-¿Has perdido algo?...
-Si. El tiempo... Y la paciencia con usted... ¿Por qué no pone en practica los experimentos con su persona, como hizo el Dr. Jeckyl ?... Así, con la evidencia, nos costaría menos obedecerle... ¿O quizás ya lo hizo y es usted Hyde?...
Y es que, no siempre, el obeso está preocupado por su peso o su apariencia. Puede que en casos muy extremos si. Pero no todos queremos ser sílfides, ni modelos de pasarela. A veces es al entorno al que le preocupa.
En el teatro, cuando quiero sentarme y las dimensiones de la butaca no me lo permiten, o me lo permiten a duras penas, el problema también es del gerente de la sala. Parece que los que nos gusta disfrutar de una obra teatral tenemos todos las mismas medidas y el que se sale de ellas, se queda castigado sin ver el espectáculo.
En realidad lo que me preocupa no es la estrechez del asiento, sino la estrechez de miras de sus diseñadores y de la sociedad. En el cine, tres cuartos de lo mismo, sobretodo en las actuales multisalas.
Una persona obesa no tiene el mismo derecho que las demás de disfrutar de una proyección. Y no se te ocurra protestar, porque te volverán a recordar tus dimensiones en el tono más grosero y ofensivo posible.
¿Y que me decís de intentar sentarse en un avión?... ¡Cielos! Si ya es una tarea complicada para el resto de los mortales, para nosotros es imposible. Ya no solo incrustarte en el asiento, además has de pelearte con el maldito cinturón de seguridad, el cual se te quedará literalmente grabado en la piel varias horas después de haber abandonado el avión.
Eso por no hablar de la cara de horror que se le ha puesto a tu compañero de asiento, cuando te ha visto aparecer.
¿Es culpa mía que las compañías aéreas se empeñen en embutir trescientos pasajeros en el lugar que deberían ocupar ciento cincuenta?... En una ocasión leí en un periódico que una compañía aérea europea intentó cobrarle doble pasaje a un “gran” señor. No quedó claro si el señor se resigno o no. Pero yo me pregunto ¿Le dio eso derecho a doble de todo? Doble bandeja de comida, doble bebida, doble atención por parte de las azafatas... ¿O solo era un recargo por la osadía de salirse de la medida?
Luego, claro está, tengo el problema de la moda. ¿Qué clase de energúmenos satánicos se reúnen cada temporada a decidir qué debemos llevar y cual ha de ser el tamaño de las tallas?
Sin duda alguien que nos odia. Porque, vamos a ver, si un metro mide en todas partes igual y un kilo pesa en todas partes lo mismo. ¿Por qué las tallas no son universales? Es más, yo juraría que son menguantes...
Tengo la impresión de que estamos dominados por una secta, cuyos templos son las distintas firmas de renombre y el altar para los sacrificios, las pasarelas.
Cada templo tiene su gurú se reúnen en aquelarre y bajo, ves a saber que sustancias, para decidir de qué color vamos a ir todas, qué diseños extravagantes y escuetos vamos a lucir y que medidas imposibles le van a aplicar esa temporada a la talla cuarenta y seis...
Luego nos atontan con dietas draconianas para entrar en esas tallas y ya nos tiene a todas sumisas y rindiéndoles culto.
Claro que yo, hace mucho tiempo que me declaré, tercamente, atea. Me niego a ser legión. Además de quilos, tengo personalidad. Por qué tengo que vestir como una señora o un señor, que ha demostrado que me odia, dice...
Lamentablemente hay mucha joven sacerdotisa del “fashion victim” totalmente entregada y excesivamente dispuesta al sacrificio. Esto sí que debería preocuparles a todos y no mis quilos, sobre todo cuando yo no doy ninguna muestra de estar preocupada...
También giran entorno a nosotros (que ya es mucho girar) una serie de tópicos, que parece molestar a la concurrencia cuando no se cumplen.
Pues lo siento pero miren, no siempre estoy de buen humor, ni de malo, como todo el mundo. No soy simpatiquísima, solo lo justo, a veces incluso antipática como todo el mundo. Camino erguida, me arreglo y soy orgullosa, llevo la cabeza bien alta, como todo el mundo.
Si la música me provoca me da igual el tamaño de mi culo. ¿Y a usted?... Bailo y me muevo, como todo el mundo. También tengo mis limitaciones, más o menos, como todo el mundo... Entonces ¿Por qué os empeñáis en que me sienta diferente?... ¿Quiénes os creéis que sois para ponerle limitaciones a mi vida?
Lo que ya me pone enferma del todo es, cuando en la playa; ataviada con un traje de baño y un pareo atractivos, que yo sé que me sientan bastante bien; mi piel limpia morena y lustrosa, el pelo corto extremado y con estilo, oigo el siguiente comentario:
-¡Joder!... ¿Has visto esa?... Debería estar prohibido que gordas así se paseasen en bañador por la playa...
Entonces te giras y ves a dos seres sudorosos enfundados en unas bermudas que hacen juego con todos los parasoles de la playa. Peludos por donde deberían ser calvos y calvos, por donde deberían tener pelo. Con sendas jarras de cerveza en la mano y sendas prominencias abdominales dignas del mejor Buda.
Al encararte advierten en los dardos de tu mirada una pregunta que no necesita voz:...-¿Cuánto hace que no os miráis al espejo?... ¿Acaso para los caballeros está todo permitido?...
Algunos, parecen creer que el mar, el sol y la arena están puesta ahí solo para que ellos se sienten en el chiringuito de turno, a ver pasar ante sus ojos el escuadrón de las chicas Play Boy...
Ahora resulta que tomar el sol, solo es lícito si tus medidas son, noventa, sesenta, noventa. Para el resto... ¡Marchando un burka!...
Releyendo mi relato, he observado que da la impresión de que tengo algo en contra de los quilos masculinos. Nada más lejos de la realidad. Lo que pasa es que también en esto impera el proceder machista:
A nosotras, se nos da el toque de atención en los primeros cinco o seis quilos de más En cambio a ellos, cuando alguien les empieza a decir que se cuiden, ya van por la veintena.
Lo que más cuesta entender es que nosotras hagamos lo mismo... Nos enamoramos, sin problemas de hombres con sobre peso... Y nos ponemos a dieta para enamorarles nosotras a ellos... Aaaaayyyyssss.... No tenemos remedio...
Por otro lado. ¿Alguien ha intentado comprar ropa de “prêt-à-porter” en las grandes superficies?...
A las señoras solo nos permiten llegar hasta la talla cuarenta y cuatro, en algunos modelos como favor especial, hasta la cuarenta y ocho. Pero esta claro que fueron diseñados por algún puritano como remedio antilujuria.
A los señores por lo visto, se les considera normales hasta tallas como la cincuenta, cincuenta y cuatro. Y juraría que he conseguido ver en alguna ocasión hasta la cincuenta y seis sin desmerecer el diseño...
Estas son las cosas que podría reprochar a mis, rotundos, camaradas masculinos. Por lo demás tienen los mismos problemas que yo para ir al teatro, al cine, en avión, en autobús o en metro.
Bueno si me han acompañado hasta aquí, se habrán dado cuenta del porqué del título. No tengo complejos. No tengo manías. Estoy conforme como soy. Mis problemas de peso empiezan cuando intento moverme dentro de las medidas que me ofrece la sociedad en la que vivo. Por eso proclamo:
-¿Problemas de peso?... Yo no... ¿Y usted?...











sleipnir70 dijo
Hay que tener una fuerza mental extraordinaria para sobrevivir a la cruel sociedad....
T equedó genial
Una sonrisa desmesurada
5 Marzo 2010 | 12:14 PM