POR UN EURO UNA SONRISA...
Pagó el billete y subió al tren. Ocupó un asiento en el piso de arriba, desde allí se divisaba una panorámica completa del vagón.
En otro momento, se hubiera entretenido en ver pasar la vida, como solía decir. Pero ese día… Ese día le era difícil no perderse en sus pensamientos. Sumida en ellos, se contemplaba la mano abierta con la última moneda que le quedaba- “He aquí toda mi fortuna. ¿Qué puedo hacer con esto?” – Una sonrisa irónica le asomó a los labios, cuando la imagen de la vanidosa ratita tomó forma en su mente… No; ella no podría adquirir nada de lo que presumir con aquel capital… Impensable, los precios actuales, no estaban como para poder sacarle tanto rendimiento a aquel euro… ¡¡Diosss!! Eso era todo lo que poseía, y lo peor es que no sabía hasta cuando...
No; hoy no tenía ánimos para ver pasar la vida... ¡¡Pero, si ni tan solo sabía lo que iba a hacer con la suya instantes después!!
¿Un café?... Psss… Según donde, ni eso… Además, le sabría más amargo que nunca; no porque le faltase azúcar, no; si no porque le faltaría futuro y estaría cargado de reproches… ¿Cómo había llegado a eso? ¿En qué momento perdió las riendas de todo?... ¿Café solo, en soledad?…
A cada pregunta sin respuesta, su moral bajaba otro peldaño. Cerró a un tiempo sus ojos y la mano. Apretando el puño; como si con ese gesto consiguiera destripar el papel de todos sus errores y eliminarlos de un plumazo.
Un largo y pesado suspiro se le escapó de los labios, al tiempo que la mirada se le perdía en los paisajes que divisaba desde la ventanilla. Como le hubiera gustado poder perderse a ella entera también.
Le estaba costando mantener la serenidad; el brillo acuoso en los ojos la traicionaba. La angustia oprimía dolorosamente su garganta cuando, las primeras notas de una conocida melodía andina llegaron a sus oídos.
Primero leve, luego poco a poco se fueron haciendo más intensas. Por las escaleras del fondo, fueron apareciendo tres hombres, de inconfundible aspecto sudamericano. Cada uno con un instrumento; una guitarra el primero, una flauta de pan el segundo, el charango era el elemento que rasgueaba el último.
Las notas de “Miguela” se colaron por todos los rincones del, hasta entonces, aburrido vagón. La chica se fue dejando atrapar por aquel sonido. Desde siempre, los acordes típicamente andinos tenían aquel efecto en ella. Escuchándolos, sentía que los pulmones se le ensanchaban, aligerando el pesar de momentos antes.
Miraba atenta a los músicos. Incluso, se atrevía a repasar la letra, moviendo levemente los labios sin darse cuenta. Eran realmente buenos, pensaba. Le parecía indignante que gente con tanto talento tuviera que ganarse la vida así.
Aunque, a veces, el contacto directo con la gente llana podía ser mas gratificante y enriquecedor que cualquier público elitista y engreído.
Los músicos terminaron su interpretación. De nuevo se había obrado el milagro; otra vez la música la había transportado a otros lugares, consiguiendo que, por unos instantes, olvidase sus problemas inmediatos.
El músico del charango, un indio con una larga trenza negra, era el encargado de pasar, por los pasillos del vagón la funda de su instrumento a modo de gorra para las propinas.
Pensativa, volvió a mirar su mano… Aquello era todo lo que tenía, limitado sí, pero suficiente para permitir mostrarles su gratitud.
No lo pensó dos veces. Cuando el hombre llegó a su altura, la chica lanzó la moneda al interior de la funda.
-Gracias señorita, parece que le hemos gustado
-¡Oh, sí! Vuestra música me encanta- dijo sorprendida porque él se hubiera dado cuenta- y vosotros, además sois buenos, muy buenos.
-Gracias. Los tres hemos visto como nos seguía atentamente. Incluso canturreaba con nosotros.
-Je, es que precisamente Miguela- dijo sonrojándose ligeramente- es una de mis predilectas. Es una pena que tengáis que hacer esto para sacar algunos euros.
-Nooo, no crea señorita. A nosotros también nos gusta cantar aquí, se viven experiencias muy gratificantes y se conoce a buenas gentes, como usted ahora. Todos los días ocurren cosas interesantes, que después nos sirven para hacer nuestros temas.
-Muchas gracias. Que tengáis un fructífero día – dijo levantándose, al ver que el tren se aproximaba a la estación donde debía apearse.
-Gracias, señorita, espero que también lo sea para usted- se despidió él, bajando con sus compañeros las escaleras que conducían al piso inferior.
Un día fructífero… Esas palabras se quedaron bailando en su cabeza… Aquellos músicos no sabían la falta que le iba a hacer que se cumplieran sus deseos.
Llegó por fin a su destino; una entrevista laboral.
Durante la misma, le quedó bien claro tanto a ella como al entrevistador que; aptitudes le sobraban, pero le faltaba experiencia… Eso la irritaba ¡¡¿Cómo iba a adquirir, de una vez, la una sin el otro?!!... En fin, la absurda sociedad en la que le había tocado vivir funcionaba así y poco más podía hacer ella si nadie estaba dispuesto a darle una oportunidad…
Regresaba en busca del tren que la devolviera al punto de partida. Afortunadamente el billete que adquirió era de ida y vuelta por que si no…
Aguardaba en el andén de cercanías cuando se le acercó una mujer visiblemente apurada. Con voz queda, casi al oído, le preguntó si podía ayudarla para comprar un billete hacia una localidad cercana. Su hijo acababa de tener un accidente de moto- le explicó- y lo habían ingresado en el hospital de ese lugar.
La mujer, de aspecto humilde, parecía estar atravesando un mal momento y no tenía medios en ese instante para comprar un billete.
-Lo siento, pero me ha pillado a mí también en una situación delicada. Lo único que le puedo ofrecer es este billete. Es sólo de ida hasta mi ciudad, pero el lugar al que usted va está antes, así que le permitirá llegar hasta él sin problemas. No tengo nada más.
-Gracias muchacha, pero no lo puedo aceptar... ¡Tú estás igual! No puedo hacer eso.
-No, buena mujer, no estoy igual. Yo no tengo a nadie en un hospital que me esté necesitando. Del resto no se preocupe. Soy joven, me gusta andar y no tengo ninguna prisa en llegar a mi destino. Cójalo por favor, no tenga pesar, que yo estaré bien- insistió, al tiempo que le ponía el pedazo de cartulina en la mano cerrándosela- Deseo que lo de su hijo no sea nada grave.
Dicho esto salió de la estación seguida por la mirada agradecida de aquella desconocida.
Las manos en los bolsillos vacíos, sin prisa, sin rumbo aparente, y con un largo camino como perspectiva…
-¡Bravo, lo conseguiste!! Ahora sí que no te queda nada... Mira que eres boba- se regañaba resignadamente- Pero qué pocas veces te has sentido tan bien con tan poco…- Concluyó, al tiempo que una sonrisa complaciente se le dibujaba en su rostro.
El día estaba espléndido, por qué no aprovecharlo en hacer esas cosas para las que nunca tenía tiempo y que no costaban un céntimo.
Tomó el paseo que bordeaba el mar. El solo hecho de poder contemplar el paisaje que se desplegaba ante sus ojos ya era suficiente regalo, además, por allí siempre habían cosas que atraían su atención, después de todo, si era capaz de dar rienda suelta a su optimismo habitual, el largo camino a casa no iba a resultar tan ingrato.
Tras un par de horas de camino, se encontraba aproximadamente a la mitad, sus pies empezaban a pedirle una tregua. Pensó que si se sentaba un rato en uno de los bancos de piedra del paseo y luego bajaba a la orilla, dejando que el mar los refrescara, haría el resto del trayecto sin ningún problema.
Las mariposas del estómago hacía rato que le indicaban que llevaba demasiadas horas sin probar bocado, pero qué iba a hacer; tendría que buscar la forma de distraerlas y olvidarse de ellas.
En ese empeño estaba cuando:
-Vaya, señorita, nos volvemos a encontrar. ¿No regresa en tren?
-¡Hola!- respondió sorprendida- Hace un hermoso día, me apetecía pasear, y vosotros, ¿Qué hacéis por aquí?
-¡¿Pasear, veinte kilómetros?! ¡Caaraaayy! No me extraña que se mantenga con tan buena figura… - Bromeó uno de los tres músicos- Nosotros estamos trabajando. Volvemos también andando, pero nos vamos deteniendo en las distintas terrazas de los restaurantes del paseo, ofreciendo nuestras canciones y así, conseguir unos euros más.
-¿Y eso lo hacéis cada día?- se interesó la chica, consciente del gran esfuerzo-
-Bueno, siempre que hace un bello día como este. Es cuando a la gente le apetece salir y disfrutar. Entonces, también está más receptiva y generosa.
-¿Y ahora que vais a hacer?
- Ahora hemos parado para comer- dijo el que se había sentado al otro lado de ella- Trabajamos mientras todos comen, y comemos después, para volver a trabajar mientras todos cenan. Así que esta es la hora de nuestro almuerzo. ¿Quiere compartirlo con nosotros, señorita?
Ella sonriendo, dio las gracias y aceptó el trozo de pizza que le ofrecían. En otros momentos quizás hubiera dicho que no, al menos un par de veces, por educación pero las circunstancias… El vacío en el estómago le recordaba que no estaba para andarse con etiquetas.
Por la forma en que la vieron devorar aquella porción, los tres músicos terminaron de confirmar sus sospechas. Algo que conocían muy bien, pero no dijeron nada; también sabían lo que era el orgullo herido.
Solo se miraron entre ellos y parecieron llegar a un acuerdo tácito. Siguieron bebiendo, comiendo y charlando los cuatro.
Después, aun disfrutando del descanso, ellos cogieron los instrumentos y empezaron a cantar. Por gusto, por pasar el rato, solo porque era lo que más les apetecía.
Con un gesto, intentaron animarla a ella para que les siguiera en la canción, era la misma que habían cantado en el tren.
Tímidamente al principio, con más confianza después, fue dejando que la melodía saliera de su garganta. Los chicos se miraban sorprendidos, cantaba realmente bien. No se lo pensaron dos veces.
-¡Oye, que linda voz! ¿Por qué no te unes a nosotros? Contigo; estoy seguro de que las propinas aumentarán.
-¡¿Yooo?!
-Si -dijo el del otro lado- tienes una voz muy bella, si quieres puedes probar a cantar con nosotros.
-Pero…- La idea la seducía, mas el exceso de timidez no la dejaba acabar de decidirse.
-Mira, no tienes nada que perder- comentó el que estaba a su espalda- ven con nosotros, ves lo que hacemos, y si te decides cantas. Cuando te canses repartimos lo que hayamos recogido y hasta podrás volver en tren.- La chica bajo la mirada ligeramente ruborizada, al verse descubierta- Si no te cansas, harás el camino acompañada y repartiremos igualmente.
-¿Qué te parece? ¿Te decides?- La animó el primero tendiéndole su mano.
-Bueno, por probar…- respondió aceptando aquella mano que le tendían… En todos los aspectos- Pero como sabíais que yo no tenía…
-Ayyy señorita… Una caminata de veinte kilómetros solo por pasear… Ummm conocemos bien esos síntomas.
-Por no decir, la forma en que atacaste nuestra comida… Ahí, la confirmación de nuestras sospechas…
Riendo todos se encaminaron hacia la hilera de terracitas que flanqueaban el paseo. Fue en la cuarta, donde por fin se decidió, y ya no pudo parar.
Ya era de noche cuando llegaron a su destino.
-Bueeeeno, señorita, aquí se separan nuestros caminos.
-Por favor dejad de llamarme señorita, mi nombre es Laura y yo creo que después de esta experiencia hay confianza suficiente.
-Claro Laura -dijo el de la flauta- Ahora solo queda repartir, y a juzgar por lo que pesa esta funda, creo que no va a estar nada mal.
-No por favor, me basta con que me hayáis acompañado hasta aquí. Gracias a vosotros, no he muerto de inanición- dijo bromeando- y el resto del camino, lo he hecho casi sin darme cuenta. Para mi, es suficiente pago con eso.
-Pero tómalo, te lo has ganado, es tuyo.
-No, no y no. No insistáis, no lo voy a aceptar. Se volvieron a mirar los tres…
-Pues permítenos que te invitemos a cenar, prometemos que solo gastaremos la parte que te tocaría a ti, así te daremos las gracias y también de paso, solucionaremos tu cena. ¿Ok?...
Sonriendo, se dio por vencida. No podía rechazar esa invitación; habían sido encantadores con ella y quizás no volviera a verlos…
Era curioso, pensaba mientras invocaba al sueño de esa noche, nunca tan poco le había dado tanto.
Un euro le permitió agradecer a aquellos tres artistas los momentos tan gratos de evasión que le habían proporcionado.
Con la vuelta de un billete de tren, también pudo echar una mano a alguien que lo necesitaba más que ella.
Esas dos circunstancias la habían hecho sentir bien consigo misma. Y para rematar la jornada; no tener un céntimo le había dado la oportunidad de vivir una historia que, de otra forma, ni se la hubiera imaginado. Permitiéndole además, conocer a tres buenos amigos…
¿Acaso se puede pedir más por menos?










fenicia dijo
Me ha gustado tanto como la primera vez que lo leí.
Tus cuentos tienen vida cuñada y ahí está el misterio y la chispa.
Buen dia!!
kisses
24 Marzo 2010 | 11:00 AM