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Terra
La Coctelera

Nada es imposible, todo puede suceder...

Para que se haga realidad, primero hay que soñarlo

21 Junio 2010

Cuando le importas a alguien... el aspecto exterior es lo de menos...

Soy incapaz de poner una cifra al tiempo que pasé en aquel escaparate. No sé si porque fue mucho, o porque mi cabeza está rellena de algodón. Podría ser peor, las hay que están huecas o llenas de serrín...

La tienda, ubicada estratégicamente en el camino a una escuela cercana en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, atraía las miradas curiosas de todos los niños y niñas que desfilaban diariamente por allí. Los conocía prácticamente a todos:

Había un grupo, siempre bien vestidos y acicalados, que presumían entre ellos por las caras marcas de su indumentaria. El que ese día no llevaba nada con el logotipo de moda sufría las despiadadas mofas de sus compañeros. La más frecuente era que le dijeran que tenía mi aspecto, con el consiguiente cabreo por parte del mártir de turno. No me extraña, a mí tampoco me gustaba tener mi aspecto...

También pasaban diariamente por allí, otro grupito formado por dos niñas y un niño algo menores que los anteriores, tal vez por ello más inocentes y más sinceros, que se divertían ante el aparador imitando cómicamente mis mofletes regordetes, mis ojos redondos siempre abiertos, y mi boca desproporcionada con el resto en una diminuta y perpetua “O” de sorpresa. Se reían, los unos de ver las cómicas caras de los otros. Me gusta el sonido de las risas de los niños. ¿Hay algún sonido mejor?

Yo, permanecía tontamente impasible, testigo de todo aunque no quisiera. En el mismo lugar y en la misma postura. Sin pestañear; sencillamente, porque no podía. Pese a tener la cabeza de trapo, me daba perfecta cuenta de la diferencia entre lo que me rodeaba y yo:

Muñecos adorables, con aspecto de bebé casi real unos. Capaces de hacer las cosas más complicadas otros como; cantar comer, hablar, llorar... Hasta los que hacían las cosas más escatológicas eran mucho más atractivos que yo a los ojos de nuestro joven público itinerante.

Y qué decir de las Barbies: Tan emperifolladas ellas, con toda su moda y todos sus complementos exclusivos que podían compartir con las ocasionales amitas, la mayoría de ellos en un rosa estridente que llenaba de luz y vida aquella vidriera. Un tono al que las niñas, dándose cierta importancia delante de sus compañeros, llamaban fucsia.

Compartía el lugar con algunos juegos de mesa y dos o tres puzzles en cajas muy vistosas. También habían varios juguetes multifunciones y plurirruidosos llenos de luces parpadeantes de variados colores.

No, desde luego no me aburría en absoluto. Lo que me tenía al borde de la locura, (si hubiera sido una de las muñecas parlantes creo que hubiera gritado) era el trenecito. Venga dar vueltas y más vueltas, desde que se abría la juguetería hasta su cierre. Una vuelta y otra vuelta y otra, y otra... ¡Dios!... A veces pienso que mis ojos se han quedado así por su culpa. Producto, no se si del mareo o del hastío...

Con todo este derroche de alegría y destellos a mi alrededor. ¿Cómo podría llamar la atención de alguien? Yo, una tosca muñeca de trapo rechoncha, con la boquita pintada y el pelo de lana, de un marrón difícil de definir, peinado en dos coletas de tirabuzones sujetas con dos enormes lazos amarillos pasados de moda. Tan pasados de moda como el vestido de granjera estampado de pollitos que cubre mi cuerpo rollizo.

¿Y mis zapatos?... ¡Cielos! Son unas cosas negras, con gruesos cordones naranja, cosidas a los pies... De verdad que el que me diseñó, lo debió hacer después de haber tenido una noche de pesadillas... Pero... ¿Y yo?... ¿Qué culpa tenía?...

El único rasgo que juega a mi favor, es el tacto mullido y suave de mi cuerpo abultado. A algunos, les resulta bastante cómica la postura en cruz de los largos brazos con las manos abiertas en un eterno ademán, que parece querer abrazar a quién se atreva a adoptarme. Pero eso es algo en lo que muy pocos reparan, solo los más perceptivos o los necesitados de afecto.

Todos mis compañeros de exposición iban cambiando, algunos los ponían por la mañana y al mediodía ya no estaban. Casi no me daba tiempo a conocerlos. Otros tardaban un poco más, pero no demasiado. Yo, era la única que permanecía allí día tras día, semana tras semana, mes tras mes... Cada vez que don Vicente, el dueño de la juguetería, hacía la limpieza del aparador me cogía, me observaba y me apretujaba preguntándose en qué momento se le había ocurrido comprarme. Estaba seguro que él no había sido. Sin duda se la había colado doblada Sebastián, el mozo del almacén de juguetes... Es que este engendro- pensaba mirándome- o te lo ponen sin que te des cuenta, o no hay manera de que tenga salida.

Mientras torcía el gesto, su mirada iba alternativamente del rincón de la basura a mí y viceversa... Yo creo que en más de una ocasión lo único que me salvó fue su tacañería. Le dolía como si le sacaran una muela tener que deshacerse de algo por lo que había pagado, sin poder recuperar ni un euro de lo invertido. Las palabras donar y regalar, no figuraban en su vocabulario. En esta ocasión decidió que estaba harto de verme, así que me colocó un cartelón bien rampante rebajando bochornosamente mi precio. Según él; más valía eso que nada.

¡Eureka! el reclamo surtió efecto. A media tarde una señora algo desquiciada me adquirió, como por casualidad, junto con algunos de mis compañeros. Dijo que, yo, sería el premio de consolación en no sé qué concurso escolar. El dueño estaba encantado de poder perderme de vista, pero le oí mascullar mientras me envolvía:

-¡¿Consolación?!... ¡¿Quién será el pobre desgraciado que le toque acarrear con esto?! Para que encima le recuerde constantemente que ha perdido... Por supuesto, se guardó muy mucho que la señora oyera su comentario...

Mi nuevo amo me acepto resignado, avergonzado diría yo, pero fui a parar de golpe al rincón más escondido de su habitación, donde me lanzó en un ademán de frustración por no haber quedado en uno de los primeros puestos del concurso donde, además del prestigio, los regalos eran mucho mas atractivos que yo, sobre todo para un chavalote. ¿Qué iba a hacer él con una horrenda muñeca?... ¡Los niños no juegan con muñecas!...

Allí estuve durante meses, sepultada por el resto de peluches a los que el crío tampoco hacía ni caso. Solo cambiaba de lugar esporádicamente. Cuando la madre hacía limpieza de la habitación.

Al concluir esta, la mujer volvía a colocarme otra vez en el mismo sitio hasta que volvía a tocar limpiar.

En una ocasión, en las proximidades del cumpleaños del muchacho, la señora decidió que convenía hacer espacio para los nuevos regalos que recibiría su hijo. Resuelta, la vi aparecer con una gran bolsa de plástico negro, a cuyo fondo fueron a parar gran parte de mis compañeros de refugio. Los mutilados y los más estropeados fueron los sentenciados. También acabaron allí todos los trastos y restos de juguetes con los que ya no jugaba el niño.

Por último me cogió a mí dispuesta a darme el mismo destino pero se detuvo. Aún no sé por qué; quizás por que vio la etiqueta que todavía pendía de mi vestido.

-¡Santo cielo! ¡Pero si, ni siquiera la ha estrenado!... ¡Este niño tiene demasiados caprichos!-

No recordaba en ese momento de donde había salido yo... El hecho de que aún estuviera nueva hizo que se apiadara de dar ese triste fin a mi corta vida... Si supiera cuan equivocada estaba. No se imaginaba lo larga y tediosa que era mi existencia hasta ese momento. Acabó de llenar la bolsa, la ató y me colocó a mí bajo su brazo dispuesta a salir a la calle para tirar la basura. Cuando llegó al contenedor correspondiente, con la mano libre, levantó la tapa de éste y lanzó con fuerza la bolsa en su interior. Acto seguido lo cerró y me dejó encima bien a la vista, así, como crucificada, con mis grandes e inmóviles ojos mirando a un cielo que oscurecía en aquellos momentos y amenazaba con lloverme encima.

¡Solo me faltaba eso!... No se cuanto tiempo permanecí en aquel lugar y en la misma postura. Medir el tiempo no es lo mío, mi cerebro de algodón no da para más. Suplicaba, todo lo que una muñeca de tela es capaz de suplicar, para que alguien me encontrara antes de que empezara a llover.

De pronto noté como alguien me levantaba, me sacudía enérgicamente. ¿Así iban a ser escuchadas mis súplicas? Pero no, no era lo que parecía. Noté como aquel ser humano me colocaba bien la ropa, el pelo y me miraba detenidamente. Yo, imploraba que no se fijara demasiado, mi alma de trapo sabía que si me observaba en exceso mis posibilidades de ser acogida disminuirían poderosamente. Finalmente, vi dibujarse una sonrisa en su rostro.

Era la sonrisa de alivio, la de alguien que había encontrado una buena solución a algo. El hombre que me estaba mirando, me acarició los cabellos, se aseguró que todo estuviera en buen estado y en su sitio. Luego, me estrechó con ímpetu contra su pecho, donde noté que latía con fuerza un corazón. Eso me tranquilizó. Estoy segura de que, de haber podido, me habría puesto a temblar de emoción. Pero... ¿Qué podía haber visto aquel hombre de rostro amable en mí, para que se sintiera de aquella manera? No parecía tener edad de ponerse a jugar conmigo. ¿Tendría algún problema mental?

No tardé demasiado en conocer la respuesta. Si, tenía más de un problema, pero desde luego no eran mentales.

Me guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Nunca había estado tan confortable. Después de mucho, muchísimo, rato caminando llegamos a una casa donde me sacó de mi cómodo escondrijo y me entregó a dos niñas diciendo:

-Tomad hijas. Os dejo esto, para que la cuidéis juntas y os acordéis de mí siempre que juguéis con ella.

-¡¡Gracias papi, es preciosa!! Pero no es necesario que nos regales nada para que pensemos en ti.

-Si papá, claro que pensaremos en ti y solo por que nos la has regalado tu la cuidaremos mejor.

-Ya lo sé hijas, ya lo sé. Pero esta vez voy a estar mucho tiempo fuera. He de ir a otro país para trabajar y ganar el dinero necesario para que vosotras podáis estudiar y no tengáis que hacer lo mismo. También para que mamá y yo podamos vivir.

-Oye papi- dijo la más pequeña tirando de mi etiqueta- y si no tenemos dinero ¿Como has comprado una muñeca tan bonita?

- ¿Y eso que más da? -Contestó el hombre acariciando la cabecita de su pequeña curiosa, al tiempo que se encogía de hombros. A veces la vida tiene estas cosas, pensó, con una mano te ofrece un regalo oportuno, para compensarte por todo lo que niega con la otra.

Enseguida me di cuenta de mi error, no había entrado en una casa; había entrado en un hogar. Desde entonces estoy aquí, soy la mimada, la consentida de las dos pequeñas. Juegan conmigo durante horas y a mí me encanta. Me llevan a todas partes. Cuando alguna vez no me encuentran, remueven cielo y tierra gritando mi nombre: ¡Bonita! ¡Bonita!... Hasta que dan conmigo.

¿Os habéis dado cuenta? ¡Me han puesto como nombre Bonita!... ¿Cómo no las voy a querer?. Cada noche, después de cenar y poco antes de ir a dormir, se acurrucan en el sofá junto a su madre. Siempre hablan del padre e intentan imaginarse qué estará haciendo en ese momento, entonces ellas salen corriendo a buscarme para continuar hablando de él conmigo en brazos. Una me achucha, la otra me besa. La madre de vez en cuando también me coge y me abraza con nostalgia, haciendo como que me está poniendo bien la ropa para que las niñas no lo noten...

Ssssshhh... Que no se entre nadie; pero he notado más de una vez, como caía alguna lagrima suya sobre mi cuerpo de trapo.

Yo, rápidamente la he absorbido para que las pequeñas no se dieran cuenta. Ojala pudiera hacer algo más por ellas.

Qué vueltas da la vida; quién me iba a decir a mí, en aquel frío aparador, que mi vida sería tan útil y placentera. Si mis estirados compañeros de escaparate pudieran verme... Seguro que se morirían de la envidia. Apuesto lo que queráis, a que muchos de ellos yacen olvidados en algún rincón de la habitación de cualquiera de aquellos niños que nos visitaban a diario...

¡Quién lo iba a decir!... Yo, después de una larga espera, inicié mi andadura como premio de consolación y eso es lo que sigo haciendo; consolar a mis niñas de la ausencia de su padre y ellas me devuelven el favor con su cariño, abrazándome y jugando conmigo como si fuera la más hermosa de las muñecas.

Y es que... Cuando le importas a alguien de verdad; el aspecto exterior es lo de menos...

(Mientas vuelven las musas  )... Reedición especial para la Mini-Bruji... es su favorito

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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

la-mini-bruji

la-mini-bruji dijo

Espero que te vuelvan las musas porque , tus relatos son muy chulos maxi-bruja. Muchas gracias por dedicarme este post . Me gusta mucho esta história , pero me gusta más la escritora :P .
Petonets bonica i a més a més soc la 1ª en comentar.

22 Junio 2010 | 08:36 AM

fenicia

fenicia dijo

Esta historia me encantó la primera vez que la leí y ahora igual.
Tus historias tienen alma.
Besotes cuñada y sobrina.

22 Junio 2010 | 10:57 AM

Navegante

Navegante dijo

ya lei esta historia en su dia y me gustó. la leo ahora y me vuelve a gustar.
las historias con final feliz deberian abundar más.
y es cierto que el aspecto no importa. eso pensamos Brat Pitt y yo.

un precioso relato que me hace exclamar una cosa.
Madelman!!!! ¿ande leches estas?

un beso gamberro, guiado y todo eso.

22 Junio 2010 | 11:42 PM

Lidia Cervantes

Lidia Cervantes dijo

Mini-Bruji:
Y que no me entere yo que dices otra cosa... o te dejo sin merienda :o))
Je je je, gracias preciosa. Ahora te toca a ti inventarte alguna ¿Ok?
Un beso preciosa, y bona revetlla... com bones bruixes, veurem les fogueres... Oi?

Feni:
Je je je, sé que esta es una de tus favoritas... juego con ventaja. Estoy dando tiempo a que vuelvan las musas... no sé donde se han ido. A ver si vuelven despues de la verbena.
Un beso guapísima.

Navegante:
Aaaayyyy... ya que las escribimos nosotros y podemos elegir final... por lo menos... A ver si seme ocurre alguna que tenga suegras incluidas.... Nooo, ese final nooo.. otro :o)

Si, lo de la belleza interior, es uno de esos eufemismos que está en el mismo apartado que lo de "políticamente correcto".

Je je, seguro que tu Madelmán, debe estar en el mismo lugar que mi Nancy... jeje, a lo mejor hasta se conocen y todo. Mira que si se confabulan y abren un blog para empezar a contar el par de trastos que debimos ser...

Besazosss, guapoooo.

23 Junio 2010 | 09:47 AM

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No soy lo que buscas, soy lo que encuentras... En definitiva, soy; con eso tengo bastante... Mas vieja de lo que me gustaría, pero bastante más joven de lo que les gustaría a mis "amigas"... ¿Mis aficiones?... Pues depende: Unas son más caras de lo que me puedo permitir. Para otras, (la mayoría) dependo sola y exclusivamente de mi misma: mi garganta, mi imaginación, mis manos, mi esfuerzo... Einstein y yo estamos estrecha, íntimamente ligados; por la ley de la relatividad: Soy relativamente alta, relativamente guapa, relativamente delgada (aplíquese aquí el mismo varemo que con lo de la juventud...) relativamente feliz... Y no me quejo... Relativamente.......

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Bertolt Brecht



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