El apagón...
Cuando bajó del autobús, en su parada, el sector de la ciudad por donde debía caminar para volver a casa se hallaba inmerso en un apagón. No se sorprendió, era lo habitual. Cada vez que caían cuatro gotas, y a juzgar por los destellos que los faros de los pocos coches que transitaban a esas horas arrancaban del pavimento y el leve chapoteo de sus zapatos, ello no hacía mucho que había ocurrido.
No se tenía por una muchacha especialmente miedosa; pero la hora y las circunstancias hacían que un cierto hormigueo de intranquilidad recorriera su estomago. Se oían tantas historias truculentas todos los días que...
No quería sugestionarse por esos pensamientos, pero si sus sentidos hubieran sido antenas, estas se hallarían extendidas en toda su longitud, como las de un satélite artificial a la caza de cualquier indicio.
Fugazmente sonrió por lo estupida que se sentía al estar haciendo tiempo para que el semáforo le permitiera cruzar la calle... ¡¿Se puede saber qué estas esperando?!... Se reprochó moviendo la cabeza por tan tonta situación. Con precaución se aventuró a cruzar. Paró en la esquina de enfrente tomando aire para infundirse valor. Apretujó el cuello del abrigo y con decisión guió sus pasos hacia la estrecha y larga calle que la llevaría a su domicilio.
Había caminado unos cuantos pasos cuando le pareció oír un extraño tintineo. Solo se oía de vez en cuando, pero lo curioso es que lo escuchaba incómodamente cerca. La chica apretaba con más fuerza el cuello del abrigo y la brida del bolso de bandolera que colgaba de su hombro diciéndose a si misma que se estaba dejando influenciar por las circunstancias. Aceleró el paso sin siquiera girar la cabeza, no atreviéndose a mirar más que de reojo hacia atrás.
El ruidito seguía pero ahora era más frecuente, aunque no continuo. Le empezaron a sudar las manos y en la boca tenía el sabor metálico característico que provoca el miedo. Las sombras de las inútiles farolas, el crepitar de las copas de los árboles, la oscuridad de los portales de entrada de los edificios como bocas de lobos acechantes, todo adquiría un aspecto tétrico producto de la oscuridad.
Miró al cielo como implorando clemencia y allí estaba la luna, su única aliada esa noche, gracias a ella y a haber pasado mil veces por aquella calle podía caminar tan deprisa, pero aun así, temía perder el equilibrio a causa de los nervios. El repiqueteo metálico sonaba con más frecuencia haciendo que la ansiedad de la chica fuera cada vez mayor. Empezaba a respirar con dificultad. Caminaba tan rápido que un leve tropezón la hizo trastabillar de forma peligrosa. Esto no podía seguir así.
Se detuvo determinada a plantar cara a quien quiera que fuese; más valía eso que ir a dar con sus huesos contra el brillante pavimento, ofreciéndose aun mas indefensa a un posible asaltante. Con los ojos de par en par oteó a su espalda todo lo que la intensa oscuridad le permitía, despacio, giró sobre si misma... Nada, no había nadie...
No sabía si tranquilizarse o inquietarse aun más. El sonido era real y estaba ahí. Aunque ahora se había detenido. Que extraño...
Sacudió la cabeza, más por querer apartar aquellos turbulentos pensamientos que por despejar del rostro unos molestos mechones de pelo.
Volvió a respirar hondo. Se aferró al bolso y al cuello del abrigo, como si ello le proporcionara algún tipo de protección, reemprendiendo la marcha anhelando cubrir lo antes posible la corta distancia que le separaba ya de su destino.
Otra vez... Ahí estaba el sonido...
¡Dios, que largo se le estaba haciendo!..
Ya había recorrido más de la mitad, quedaba poco. Aceleró el paso más aun, deseosa de acabar cuanto antes con aquel tormento.
De pronto, sin saber de donde ni por qué, un extraño y desgarrador grito la paralizó por completo. Se detuvo en el momento justo que un gato, maullando con todas sus fuerzas, trepaba como alma que lleva el diablo por el tronco de uno de los robles que flanqueaban la acera. Resultaba difícil valorar quién de los dos estaba más asustado.
Tuvo que apoyarse brevemente en la pared para no caer. Totalmente pálida, no sabía si reír o llorar... ¡¿Qué más iba a ocurrir aquella espantosa noche?!
Cuando su respiración volvió a tener el ritmo normal, un relámpago iluminó la oscura calle sobrecogiéndola. A este le siguió un estentóreo trueno, preludio del torrencial chaparrón que se precipitaba en esos momentos sobre la ciudad... y sobre ella.
Desesperada se dispuso a recorrer los escasos veinte metros que la separaban del portal del edificio de apartamentos donde se encontraba el suyo. Cubrió la distancia como una exhalación, perseguida en todo momento por aquel angustioso tintineo...
A resguardo de la marquesina de la entrada, empapada y respirando aun agitada por la carrera, buscaba con manos temblorosas el bolsillito exterior de su bolso donde acostumbraba a guardar la llave, sin dejar de lanzar rápidos vistazos a su espalda.
¡Usssh... ahora la cremallera se resistía!... ¿O era ella?... Por fin logró acceder al interior del dichoso bolsillo...
¡Dios, no está!...
Siguió buscando frenéticamente por todos los compartimentos... ¡No está, no está!... ¡Dios mío!... Giró y rebuscó una y otra vez en el bolso... Pero... ¡No es posible!... ¡¿Dónde está?!...
De pronto, una luz como la del relámpago anterior iluminó su mente. Cerró los ojos y aferrándose a los barrotes metálicos de la puerta estalló en carcajadas.
Unas carcajadas mezcla de risa, sollozo e incredulidad. Cualquiera que la hubiera visto pensaría que el pánico había hecho saltar algún resorte dentro de su cabeza y la había llevado a perder la razón...
Con resignación metió la mano en el bolsillo del abrigo sacando un pequeño llavero de donde pendían tres llavines. Los miró y volvió a reír...
¡Ellos eran los que habían estado sonando a cada uno de sus pasos!...
Ahí, colgando de su mano, estaban los causantes del misterioso tintineo aterrador... No podía creerlo... No lo podía creer.
Acababa de recordar que la última vez que utilizó las puñeteras llaves no tenía el bolso a mano y, provisionalmente, las guardó allí, con la intención de ponerlas en su lugar a la primera oportunidad...
Por desgracia, para su maldita desgracia, evidentemente no lo hizo... Lo había olvidado por completo.









Navegante dijo
puñeteras llaves. el corazon en un puño.
si es que no estamos a lo que estamos
vaya susto
pero que muy bueno. como esta noche tenga pesadillas te vas a enterar
un beso grande
15 Julio 2010 | 10:56 PM