Superando adversidades.
Mi hermano y yo, irrumpimos en este mundo a la misma vez… Bueno, quizás uno, unos minutos después que el otro; pero prácticamente a la misma vez. El parecido entre los dos era innegable, con algunas sutiles y necesarias diferencias, apreciables a simple vista, pero igualitos los dos. Casi, como dos gotas de agua.
Al poco de existir, unas manos rudas, pero amables, nos agarraron a los dos y unos ojos críticos nos escudriñaban detenidamente. En seguida, el dueño de las manos y los ojos, asintió satisfecho de lo que tocaba y veía. Con la sonrisa amplia del trabajo bien echo, cogió una gamuza para lustrarnos a conciencia; sin olvidar ni uno solo de nuestros rincones. Asegurándose definitivamente que todo estaba, como debía estar, perfecto.
Una vez estuvo seguro de ello, nos envolvió en un papel de seda a cada uno y nos acomodó en el interior de una rígida caja de cartón. Hasta en eso se notaba la profesionalidad de largos años dedicados al mismo oficio. Para que estuviéramos cómodos, sin apreturas ni roces, nos puso capiculados. Así aprovechábamos al máximo el espacio y quedábamos mejor presentados. Nadie sabía cuanto tiempo íbamos a permanecer allí. Cerró la tapa y se aseguró que en el exterior figuraran todos los datos que hacía falta saber sobre nosotros. Ahí concluyó nuestro contacto con el artesano, no nos hemos vuelto a ver.
Una vez cerrados y debidamente identificados; emprendimos un largo, larguísimo, interminable y tedioso viaje; en tren, en camión, algún que otro vehiculo más, no recuerdo bien… Tampoco recuerdo cuanto tiempo; mucho, interminable, una eternidad. Todo ese tiempo estuvimos los dos juntos, muy juntos. Compartiendo oscuridad y silencio, a veces también estruendo. Sobre todo cada vez que cambiábamos de medio de transporte. Hubo un zarandeo especialmente violento, casi como un terremoto, después; la quietud, una larga y aburrida quietud. Parece ser que por fin habíamos llegado a nuestro destino, por lo menos de momento.
Al cabo de varias horas de la última sacudida, otras manos destaparon aquella especie de ataúd temporal. Estas eran unas manos muy diferentes; finas suaves delicadas, y cuidadosas con nosotros como las otras. Aunque… a nosotros… nos parecieron las más crueles.
Sí; crueles porque ellas fueron las que nos separaron por primera vez. Así, de repente, sin avisar, sin miramiento alguno. Después de contemplarnos unos minutos, decidió que yo era el elegido. Nos pasó un trapo a los dos, pero a mi hermano lo envolvió otra vez en su papel de seda y volvió meterlo en la celda de reclusión.
Yo tuve más suerte. A mí, me llevó a una gran vitrina acristalada y me colocó en uno de los múltiples estantes de cristal del interior. Me puso semi inclinado; recostado ligeramente en un compañero que acababa de conocer, al que pedí disculpas por esas confianzas. Me dijo que no me preocupara, que se hacía cargo de que aquella postura no era voluntad, ni decisión mía.
Tras eso, miré a mí alrededor, para tomar conciencia de donde estaba...
Era un lugar bastante espacioso, donde había más compañeros desparejados como yo. Pero sobre todo, lo que llamó mi atención fue la luz.
Luz, luz, mucha luz. A todas horas luz, con el calor del sol durante el día y al caer la tarde; el calor natural de la luz artificial. Claro teniendo en cuenta el montón de horas que había estado en la más absoluta oscuridad, aquello me pareció un paraíso. La ciudad de la luz.
No pude menos que pensar en mi hermano, mi compañero de viaje, y… Aaaayyy, sentir lástima por él.
Enfrente de donde estábamos los chicos, había otro escaparate igual. Era el de las chicas. Mucho más hermosas y divertidas que nosotros. Su vitrina estaba igual de iluminada, pero ellas solas ya eran toda una explosión de luz y color… y… Y también sin pareja… Ummmm… Volví a sentir pena por él.
Pasados unos días, no recuerdo cuantos, entró alguien que se interesó por mí… Aunque en realidad no eran mís servivios los que precisaba… Me explico:
Le gusté, le gusté mucho pero… a la hora de la verdad, al que necesitaba era a mi hermano pues… Al hombre… Le faltaba un pie, el izquierdo, justo el que yo calzo… Vaya mala suerte la mía… Ahora el que saldría del claustro para siempre sería mi hermano y yo… ¡¡Condenado a pudrirme a oscuras para toda la eternidad!!....
La decepción momentánea me volvió egoísta, pero pronto me resigné y supe alegrarme por él, había pasado mucho tiempo solo y encerrado. Bastante había aguantado ya el pobre. Y yo pues… ¡¡Cualquiera sabe!!...
Le informé de los cambios, en el interior de la caja, durante el trayecto a casa de nuestro nuevo dueño. También le conté donde había estado yo y todo lo que había visto en el tiempo en que vivimos separados.
Lo que ninguno de los dos nos esperábamos era lo que nos íbamos a encontrar al llegar acasa de aquel hombre...
Nuestro dueño no vivía solo, compartía piso con otro hombre que tenía el mismo problema que él, pero del otro pie… Si, si, como lo habéis leído.
Se conocieron un día, en otra zapatería, cuando se disponían a comprar dos pares completos del mismo modelo y del mismo número.
Eso sorprendió y les hizo gracia a la vez. Ese mismo día se dieron cuenta que gastando lo mismo, se podían comprar dos pares diferentes y así tener mas variedad para combinar con su indumentaria.
Unas cosas les llevaron a otras, comprobaron que eran complementarios en más cosas. Tenían sus diferencias, sí, como todo el mundo, pero sabían salvarlas, perfectamente. Sólo tenían que respetarse mutuamente.
También tenían soledad… eso era mucho más difícil de solucionar sin la ayuda de nadie, así que decidieron que podrían vivir juntos y hacerse compañía, además de poder comprarse pares de zapatos completos desde ese día.
Nosotros estábamos que no cabíamos en la caja, de gozo… Qué cosas; yo todo el camino mentalizándome para pasar la eternidad recluido en el claustro, y resulta que ahora íbamos a salir los dos todos los días. Y hasta una cierta independencia, porque a veces íbamos por separado.
Además, eran unos dueños muy cuidadosos. En cuanto llegaban a casa, se ponían unas zapatillas, nos limpiaban, nos lustraban y nos guardaban juntitos en el zapatero del pasillo… ¿Se puede pedir algo mejor?...
Es curioso como algunos seres, son capaces de salvar todos los obstáculos y superar todas las adversidades de la forma más sencilla... ¿Verdad?...

(Dedicado a todos, los que la vida, nunca nos lo pone facil...)










tenemosimagenes dijo
Me ha encantado, me gustan mucho los relatos que al principio no se sabe de qué van, y además este tiene moraleja :)
7 Octubre 2010 | 04:59 PM