La sombra de la duda...
Entro en casa después de un día de trabajo. Nadie, sé que en casa no hay nadie. Todo está como lo dejé esta mañana al marchar. Pero yo; aun tengo esa sensación, que me acompaña desde hace días a todas partes. De no estar completamente solo en ningún momento.
Se acerca la noche de brujas. Y eso siempre me predispone a pensar en macabras historias. Pura supercherías unas, lo sé. Crueles realidades otras, por desgracia para quienes las sufren, también lo sé.
Enciendo la luz y me dirijo al salón con la asfixiante sensación de ser seguido y observado. Casi podría decir que siento su aliento en la nuca, si la fuente de mis sospechas tuviese aliento. Pero...
¿Quién ha dicho que no lo tiene? ¿O que no tiene vida propia totalmente independiente de mi? No. No puedo contar nada a nadie, me tomarían por loco. ¿Cómo decir a alguien que mi sombra se desvincula y hace lo que le viene en gana sin estar yo?
De alguna manera sé que es la luz quien la domina y me mantiene a salvo de sus perversos actos. Tampoco estoy seguro de que la doblegue, solo la acota, coarta su libertad de movimientos; pero no podría ser tajante al respecto. En cambio, la oscuridad es su reino, su refugio; se mimetiza con ella y le pierdo el rastro.
Estoy en clara desventaja ante sus intenciones... desventaja; porque algo me dice que sus intenciones son de su mismo color y yo, de una u otra manera, soy su principal víctima. Su víctima, porque cualquier rastro que ella deje, me delata y me convierte en culpable. Su víctima, porque debo controlar hasta la extenuación mis más bajos instintos. Esos que todos tenemos, pero que en este caso, estoy convencido se nutre de ellos. Los pone en práctica en cuanto bajo la guardia haciéndome sentir un monstruo ante los demás, y ante mí mismo.
Es un autodomínio que me agota física y mentalmente. Es imposible controlar la mente veinticuatro horas sobre veinticuatro. En algún momento he de descansar. Y es entonces, aprovechando mi debilidad humana, cuando actúa.
Mis sospechas empezaron cuando, al levantarme, observé cosas a las que durante la noche les había ocurrido algo. Casi siempre desagradable. No cualquier cosa, si no, cosas importantes para mí y que ocupan pequeños santuarios dentro de mi apartamento. De mi vida cotidiana.
Soy obsesivamente metódico y estricto, nunca cambio nada de lugar así como así, sin que haya un motivo de fuerza mayor que me obligue a ello. Mucho menos objetos que ocupan un lugar determinado por alguna razón especial. Como por ejemplo el retrato de mi madre delante del último libro que me regaló.
Ayer lo encontré en el suelo, con el cristal roto. Podría deberse a una fortuita ráfaga de aire, pero cómo se explica que el libro yaciera a su lado, contra el suelo.
No sería más que una mera casualidad, de no ser porque, al recogerlo y darle la vuelta, vi que se había abierto por la página de la dedicatoria; las palabras más dulces y cariñosas que ella me había dedicado en toda su vida pocos meses antes de morir. Unas palabras que disiparon toda incertidumbre sobre sus sentimientos hacia mí... o quizá no. Tal vez solo fuesen producto de la cortesía...
Vale, también pudiera ser que el libro estuviese viciado por la de veces que he leído y vuelto a leer esa parte, pero.... ¿Y la cruz en aspa que cruelmente la emborrona? Seguido de la palabra "FALSEDAD"... siempre me he preguntado si aquellas líneas salieron de su corazón, o solamente de su puño... Pero eso nadie más lo sabe. Jamás expresé en voz alta esa duda.
De los objetos que se han movido de su sitio, ese, es el más significativo y... Si; también el más doloroso... Pero son muchas otras cosas las que no están donde siempre; recuerdos, regalos apreciados, objetos que me son muy especiales. Por ejemplo, el cajón donde guardo los pequeños tributos que me regalan mis fugaces conquistas; aventuras de una noche, de dos a lo sumo. El fin de semana pasado apareció abierto y todas aquellas delicadas prendas de encaje revueltas... incluso algunas estropeadas y por el suelo. Yo jamás las trataría así; por lo menos no de forma consciente.
Que yo recuerde hace mucho que no he dejado de estarlo. Desde que desistí de abandonarme con desenfreno al influjo de los destilados y las sustancias alucinógenas. Prefiero ser consciente y recordar qué he hecho la noche anterior... y lo que es mejor, con quién he estado.
No. No es propio de mí ese desorden. Tampoco entra nadie aquí sin estar yo ¿Exceso de celo? Es posible...
Entonces ¿Cómo puedo atrapar in fraganti a quién me asedia? ¿Cómo puedo demostrar mis sospechas?
Sólo he observado una posibilidad cuando ilumino la estancia con velas. Se mueve sigilosa, apenas es perceptible, pero la he visto separarse de mí. Hasta diría que me mira con una sonrisa sardónica... Pero vuelve a permanecer estática en cuanto me ve pestañear. Probaré dejando las velas encendidas toda la noche. Espero poder permanecer despierto. Aunque le haga creer que no. Si existe alguna posibilidad es esa...
La luz del día bañaba la habitación...
¡¡Mierda!!... -Bramó, mientras intentaba soltar el cinturón del albornoz que le mantenía los tobillos atados entre sí y a los barrotes de la cama-...¡¡Pero qué es esto!!... ¡¡Como diablos ha llegado esto hasta aquí!!... ¿Quién le había atado?... No tenía tiempo para pensar ahora. Se había vuelto a dormir y, lo que es peor, apenas sí tenía unos minutos para pasar por la ducha e ir a trabar.
¡¡¡Diossss!!!... ¡Como odiaba su trabajo! Y más que a nadie al inepto lameculos de su jefe.
Un ser pusilánime que no desperdiciaba oportunidad para humillarle y menospreciar su talento en público. Le producía nauseas sólo de pensar en su expresión babeante, cada vez que le hacía morder el polvo ante sus compañeros... Si se dejase llevar por los primeros impulsos ya haría tiempo que lo hubiese borrado, a él y a su risita estúpida, de este mundo... Hubiese empleado para ello la maldita corbata, del maldito uniforme, que le obligaba a llevar a todas horas. Montando una escena fuera de tono, si alguna vez no estaba colgando del cuello de su camisa...
De camino a la ducha examinaba el recorrido. Contrariamente a lo que se pudiera pensar, las velas no estaban consumidas. Alguien las había apagado. Hacía muchas horas, a juzgar por lo frías que estaban. Cada vez dudaba menos. Sus sospechas eran cada día menos infundadas. Pero, cómo puede una sombra apagar una vela... ¿Soplando?... Y mejor aun... ¿Cómo demostrarlo?...
Seguía dándole vueltas a su obsesión mientras se vestía. La dichosa corbata le estaba haciendo perder un valioso tiempo. El que marcaba la diferencia entre llegar, o no llegar, tarde.
Irritado desistió. Seguramente la habría dejado en el coche. La odiaba; era lo primero que se quitaba al concluir su jornada y lo último que se ponía al comenzarla.
En el vehículo la buscó; en el asiento de al lado, en el bolsillo de la puerta, en la guantera, en el asiento de atrás... pero nada... ¡¡Al diablo!!... Ya pediría otra, total, seguro que aquel imbécil estaría encantado de tener una nueva oportunidad para clavarle la primera bronca del día.
Aparcó en su plaza de garaje, como de costumbre. Al entrar en el ascensor, un presentimiento asaltó su mente, no todo era como de costumbre, algo le decía que había más agitación en el personal de edificio de la normal a esas horas.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta correspondiente, todas las miradas se dirigieron hacia él y la pechera de su camisa alternativamente.
La expresión que veía en sus rostros le hizo preocuparse, al principio pensó que sería la anticipación a la bronca que le esperaba. A pesar de ello, se encaminó con decisión hacia la oficina de su superior para pedirle la estúpida corbata que necesitaba.
La puerta estaba flanqueada por dos policías que, al verle aparecer, le hicieron identificarse... sólo tuvo que decir su nombre para que las esposas de uno de los agentes rodearan sus muñecas, al tiempo que le informaba de sus derechos.
Le empujaron al interior de la oficina. No podía creer lo que estaba viendo; desmadejado en el suelo, como un muñeco roto, yacía aquel desgraciado... con una corbata de la empresa alrededor del cuello. Para que no quedasen dudas de a quién pertenecía; el pisa corbatas que en letras doradas gritaba su nombre completo, permanecía prendido en el lugar de la tela donde él lo había dejó la tarde anterior...
Estalló en delirantes carcajadas diciendo algo parecido a... ¡Lo sabía!... ¡Lo sabía!... ¡Sabía que algo iba a ocurrir!...
Una letanía que aun hoy repite una y otra vez desde la habitación del psiquiátrico donde permanece internado desde ese día... sine die...
Cada vez que revisan el caso y vuelve a relatar sus sospechas, el expediente con su historial es relegado hasta ocupar el último lugar en el montón....

(Dar mil gracias a nuestro amigo Navegante; él plantó la semilla de este relato, que regado debidamente... je je je, no, no es un eufemismo, regado con agua... dió lugar a este desvarío que espero sea de vuestro agrado... Besos y... ¡¡Feliz Halloween!!...) ![]()








fenicia dijo
Que fuerte!!
Magnifico relato Lidia.
kisses
27 Octubre 2010 | 05:12 PM