Defectos y virtudes... (Fábula)
Como de costumbre, paseaba por la parte de la montaña que más le gustaba. Al llegar a la altura de la gran roca, también como de costumbre, tomó asiento a su sombra.
Allá pasaba el rato en sus aficiones favoritas; leer, ojear el periódico, escribir, observar el paisaje, respirar paz... Con la espalda bien apoyada en ella, musitaba a veces, sobre lo bien que se estaría en un asiento mejor, mirando con deseo el hermoso banco de madera brillante que estaba unos cientos de metros más abajo... ¡Qué hermoso era! Cómo le gustaría que fuese aquel el asiento que estuviese en el lugar que ocupaba aquella tosca piedra... pero claro, desde el lugar que ocupaba el banco, las vistas no eran iguales... suspiraba resignado diciéndose a sí mismo que todo no se podía tener.
No obstante, no desperdiciaba ocasión para ensalzar las cualidades del asiento de madera, a la vez que reprochaba a la roca que no fuese perfecta. Ni era bonita, ni tan cómoda como a sus ojos prometía ser aquel banco....
Luego, para sí mismo, quizá reconociera que la roca, su roca, siempre estaba cuando y donde la necesitaba... Siempre en el mismo lugar, su lugar. Sin protestar, sin quejarse. Brindándole sombra en los días de calor y cobijándolo del viento los que hacía frío... Pero eso, muy raras veces se lo hacía saber a ella.
El asiento de madera, con las inclemencias del tiempo, fue perdiendo su lustre. No importó, fue sustituido por otro; más nuevo, más bonito, con el barniz flamante... pero... otra vez en el mismo lugar.
El caminante volvió a lamentarse de que aquel banco desaprovechado no estuviese en el lugar que ocupaba aquella roca ruda. Pero debía elegir, y siempre acababa escogiendo placer por encima de belleza. El paisaje que se divisaban desde el lado de la roca, no se podía ver desde ningún otro lugar... tenía que ser honesto y reconocerlo... pero, el banco era tan hermoso y la roca tan grotesca...
Un día, por motivos que él ignoraba, la roca desapareció de donde, durante años y años, había estado... Él, tras la desagradable sorpresa, sintió que algo le faltaba; un vacío en su interior que no supo identificar. La verdad es que no era su fuerte identificar ese tipo de sentimientos.
Se consoló pensando que trasladaría sus horas de ocio al banco deseado... aunque claro... no era lo mismo. No le satisfacía igual.
La echaba de menos; dentro de su fealdad, la roca era confortable y acogedora. Todo lo que había a su alrededor era mucho más interesante que cuanto pudiese ver y hacer desde aquel duro y frío banco... que además, sólo servía para estar sentado, como mucho tumbado... pero ni daba sombra, ni cobijaba del viento... Ni invitaba a meditar... ¡Cuanto quería a la roca ahora que ya no estaba! Lo que daría hoy porque volviese a su lugar.
Ignoraba que la roca, a su manera, no era tan dura, además tenía sentimientos. Por eso, cansada de los reproches del caminante, decidió buscar lugares donde sentirse mejor. Más valorada y respetada... Ahora decora un parque infantil, donde siempre hay niños que juegan con ella y aprecian las paredes llenas de huecos para guardar sus tesoros. Enamorados que, se dicen cosas hermosas al cobijo de su sombra, donde escriben sus nombres entrelazados en los salientes de las ásperas paredes... Ahora, lo que fueron defectos para él, se han vuelto virtudes para otros.

*Cuando encuentres lo que te gusta, ya sea objeto o persona; valóralo, cuídalo, aprécialo; de lo contrario puede ocurrir que se canse de sentirse desatendido y decida desaparecer... Siempre habrá quien sepa ver la belleza donde tú... sólo viste defectos.









fenicia dijo
Cuando perdemos las cosas o personas que teniamos y valian pero no valorabamos,nos damos cuenta de lo grandes que eran y las echamos de menos.
Precioso relato!!
Besos
28 Octubre 2010 | 10:45 AM