No reniego, ni he renegado, ni renegaré nunca; de haber vivido en barraca.
Estos días, a fuerza de rememorar cosas de otros tiempos, han venido a mi memora las vivencias de una niña que, aunque llenas de dificultades y esfuerzo, no dejan de tener su cara entrañable y sonriente. La parte humana de toda esta historia.
Como ya he conté en un post anterior; vivíamos en una barraca, dentro de un barrio de barracas. En ese barrio, vivía gente honrada, y no tan honrada. Limpia, y no tan limpia. Trabajadora y no tan trabajadora... Exactamente igual que en cualquier otro barrio, de cualquier estatus social, en cualquier ciudad del país. Sólo nos diferenciaba que, teníamos lo justo para vivir y gracias al poder... yo diría magia... de mi madre para estirar el sueldo, aun podíamos ahorrar y de vez en cuando darnos un lujo... por ejemplo, ir una tarde al cine, los cuatro que éramos de familia... eso sí, con nuestras mejores galas. Que para eso mi madre se daba buena maña, arreglándonos a mi hermano y a mí, la ropa que nos daba la familia, que afortunadamente para ellos, gozaba de mejor posición que nosotros. Creo que la primera vez que estrené algo comprado expresamente para mí, debía tener doce años y me lo compré con mi primer sueldo. Pero ello no significa que no fuésemos siempre bien vestidos.
Volviendo a la barraca... gracias a las buenas manos de mi abuelo, primero; y de mi padre después, sólo se le llamaba barraca, por el tamaño y el lugar en el que estaba, pero tenía toda la pinta de una casita de cuento. El resto de casas, también tenían una pinta aceptable. Siempre bien encaladas y con macetas de geranios, que le daban el aspecto de esas calles andaluzas, que vemos a veces en las fotos.
Lo primero que se hacía cada día era, regar la puerta y barrerla. Esa era la tarea de primera hora para todas las vecinas. Se cruzaban saludos y ala, a empezar el día.
Mi casa tenía doble puerta de entrada, porque al principio era doble vivienda, separada por un tabique, que compartíamos mis abuelos maternos, y nosotros. Al marchar ellos y nacer yo, y debido a un par de sustos que les di, ausentándome inesperadamente, mi padre valló una de las puertas con una reja hecha por él en madera y pintada de verde, de esas de listones, como las hay en algunos jardines eso les permitía tener la puerta siempre abierta pero... poco tardé en trepar la valla y volver a salir de expedición... tenía unos tres años, y era excesivamente curiosa y padrera. Así que, en cuanto lo veía salir por la puerta, allá que me iba detrás... Lástima que a veces, me iba en dirección contraria. En una ocasión, fue un señor el que me encontró y, como me tenía vista por el barrio, me cogió de la mano y preguntando a los vecinos, llegó hasta mi casa. Claro, en seguida supo que era ahí, por el revuelo que se había montado al darse cuenta todos de mi ausencia.
Mi padre, subió un par de palmos más la dichosa valla. Y yo... tarde unos tres días en superar el obstáculo... je je je... ahora que lo pienso, de haber seguido así quizá hubiera podido ir a las olimpiadas, como saltadora de obstáculos... desde luego por entrenamiento no sería. Pero no... en vista de mi obsesión por las expediciones tempranas, mi padre decidió tapiar definitivamente la segunda puerta. Y mi madre jejeje... casi coserme a sus faldas para tenerme vigilada.
Ya he contado en otras ocasiones, la solidaridad reinante en el barrio. Todos se echaban una mano para todo. La primera tele fue en mi casa y eso se compartía montando una platea improvisada en la puerta y con el aparato en la entrada. Muchas sesiones de sábado tarde vimos así, con la tortilla de patatas y la sangría que aportaban todos, corriendo de mano en mano.
Las comodidades... brillaban por su ausencia. Pero eran suplidas con ingénio. Y de eso mi padre andaba sobrado. Lo que más recuerdo es el grifo de agua "corriente" del fregadero de la cocina. El aguan no estaba canalizada aun. Ibamos a buscarla a la fuente... garrafas y garrafas para pasar el día... y los domingos por la tarde, eran un viaje y otro y otro a la fuente con un carretón de madera hecho por él, para tener el agua suficiente para el lunes... tocaba colada. Pero lo que decía; el agua que salía del grifo de la cocina, era producto de un estante alto en un rincón donde se subía una garrafa de 50 litros... no sin esfuerzo, claro... y por el procedimiento de los vasos comunicantes; una manguera transparente, introducida hasta el fondo del recipiente y en cuyo extremo opuesto se encontraba el grifo, que a los vecinos les parecía milagroso, y gracias al cual podíamos beber y fregar los platos durante todo el día... eso sí... sin dejarlo abierto claro. Con todo el cuidado para aclarar los platos sin desperdiciar una sola gota de agua.
Cuando la garrafa estaba vacía, entre mi hermano y mi padre, hacían el cambio. Bajarla, estaba tirado, pero subirlaaaa... bufff... Pero la subían.
El agua canalizada en las casas, no llegó al barrio hasta la segunda mitad los 70... yo ya no vivía ahí.
Ducharnos, era muy divertido... bueno, en invierno, no tanto... El lavabo, estaba en el patio y era una habitación hecha de obra que constaba de un wc, y una especie de gran plato de ducha, que hizo mi padre con cemento porland, el cual tenía un sumidero central y una barra para la cortina de ducha que iba de pared a pared. En medio y a la misma altura, otra barra igual cuya finalidad era aguantar el gancho donde se colgaba la gran lata de aceitunas con el fondo agujereado que hacía las veces de ducha. Ya digo que el agua no estaba canalizada, así que, no podíamos poner una alcachofa normal.
Calentábamos varias ollas en la cocina, llenábamos el barreño que había en un rincón del lavabo y con la lata, la íbamos llenando y colgándola en el gancho mientras nos poníamos debajo... je je je... Rudimentario, pero eficaz. Aunque como dije antes... en inviernoooo.... bufff... Je je je... lo de la imaginación al poder, no lo inventó el mayo francés, no.... Lo inventamos nosotros.
Recuerdo que me maravillaba ir a casa de mis tíos y que el cuarto de baño estuviese dentro de casa... creo que era lo que más me hacía desear vivir en piso.
Ya digo... son evocaciones que, a pesar de las peripecias, no las recuerdo con tristeza. Mucho menos con vergüenza. Esos han sido mis orígenes y no pienso renegar jamás de ellos. Bueno, mis orígenes, y el de varios miles de ciudadanos de este país.












fenicia dijo
Es que no hay que renegar nunca de nuestra historia Lidia,si ha sido digna,ni de lo que nos tocó.
Yo se todas tus cosas,pero me ha encantado el post porque me demuestra que aqui casi todos tenemos rostro,identidad,que decimos quien somos,a donde vamos,de donde venimos.
Preciosa la descripción de ese troz de tu niñez y lo que te rodeaba,de ese barrio no mejor ni peor que otro si en tu hógar hay amor.
Guapa,el agua aqui,para todos se puso en los 60,ya nacida yo.La gente se servia de pozos propios,de aljibes o de fuentes,asi que lo de calentar ollas no eras tu sola bonita.
Fuiste féliz Lidia,una niña féliz,como yo y por eso podemos mirar atrás sin témor.
kisses
1 Diciembre 2011 | 10:40 AM